Esta página está a su disposición también en: Inglés, Francés

A recipient of Caritas food aid in the Santa Clara township in Talcahuano. Talcahuano, Chile was devastated by the February 27th, 2010 earthquake and subsequent tsunami. Credits: Katie Orlinsky/Caritas

A recipient of Caritas food aid in the Santa Clara township in Talcahuano. Talcahuano, Chile was devastated by the February 27th, 2010 earthquake and subsequent tsunami.
Credits: Katie Orlinsky/Caritas

Víctor Chandía está parado delante de lo que queda de su pequeña casa amarilla. No hay puerta, las ventanas están destrozadas y parte del techo se ha caído. En el interior, nada es como eras antes. La que una vez fueron paredes blancas, ahora son marrones y están cubiertas de barro, al igual que los pavimentos y la escalera.

“El agua llegó hasta aquí”, dice Víctor, señalando una línea negra situada en la pared a una altura de cuatro metros. “Encontré dos peces grandes en lo que era mi dormitorio, pero he perdido todo lo que tenía”, añade con lágrimas en los ojos.

El terremoto de 8,8 grados de intensidad registrado el sábado 27 de febrero de 2010, no ocasionó grandes daños en el pequeño pueblo de Dichato, cerca de Concepción, lugar muy frecuentado por turistas durante la estación de verano. Fue el tsunami, o mejor dicho los tsunamis, que vinieron tras el terremoto los que destruyeron todo. Cuatro olas se abatieron sobre Dichato en pocas horas y todas penetraron unos 500 metros tierra adentro.

“Pero no fue hasta la tercera ola cuando ocurrió la mayor destrucción”, afirma Víctor Chandía. Ahora, nada queda en pie. Las casas están todas derrumbadas o listas para tirarlas abajo. Las calles están llenas de escombros, barro, maderas y todo lo que el mar trajo consigo. Las personas que vivían en la zona afectada han tenido que trasladarse a terrenos cercanos, situados un poco más arriba en la colina. La mayoría de los campamentos se encuentran aquí.

“Desde el sábado pasado, nos ayudamos recíprocamente. Ofrecemos al vecino un lugar donde poder quedarse, trocamos o nos prestamos bienes básicos, no abandonamos a nadie en estos momentos”, afirma Víctor Chandía.

Poco después, bajando por la calle, Roberto Pereira no puede creer lo que ven sus ojos. La devastación lo sorprende. “No sabía que era tan grave”, afirma.

Si en estos días viajamos por la autopista que viene de Santiago, nos superarán pequeños camiones, camionetas y coches normales con letreros de “Vamos Chile” y “Chile ayuda a Chile” pintados sobre ellos. Estos vehículos viajan llenos hasta el techo de alimentos, rollos de papel higiénico y otros bienes que pueden necesitar las personas que viven en las zonas afectadas por el tsunami.

En una de las camionetas viaja Roberto Pereira. En San Fernando, a unos 500 kilómetros de Concepción, se dirigió directamente a la casa de sus vecinos y les pidió que le dieran lo que les sobrara. Tras cargar todo en su vehículo, prosiguió su viaje por la autopista y repartió su carga a las primeras personas que encontró. “Voy a regresar a mi pueblo natal para cargar de nuevo de nuevo mi camión y volver”, dijo.

La solidaridad nacional es una cuestión fundamental en estos días en Chile. “Cuando las cosas son normales, nos ocupamos sobre todo de nosotros”, afirma Gabriela Gutiérrez, Secretaria Ejecutiva de Caritas Concepción. “Pero en períodos excepcionales como este, adquirimos un sentido especial por la necesidad de los otros. Nos movilizamos y no escatimamos esfuerzos para tratar de ayudarnos recíprocamente. Este es nuestro virtud particular.”

Por tanto, no sorprende que tantas personas vengan a ayudar. De hecho, todos parecen estar esperando a que los llamen. Bastan unas cuantas palabras en Facebook para que al día siguiente aparezcan decenas de voluntarios dispuestos a ayudar. Por la oficina de Caritas, un día pasaron 60 jóvenes y al día siguiente 120 dispuestos a dar una mano.