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Cuando hace más de un año de la guerra, Gaza sigue sufriendo la pobreza, la angustia y un acceso escaso a la asistencia médica.

El dispensario ambulante de Caritas está compuesto por el Dr. Jebril Barood y su equipo: una enfermera, un psicólogo, un laboratorio técnico y un chófer. Ellos visitan seis áreas diferentes a la semana en la zona central y sur de Gaza, que carecen de servicios médicos básicos.

“La guerra tendrá consecuencias a largo plazo entre la población. La diabetes, el asma y otras enfermedades cónicas son más frecuentes en los niños de aquí, que en otras partes. También el trauma psicológico de posguerra se puede vincular a ellas. Algunos niños manifiestan un comportamiento agresivo, otros siempre juegan entre ellos, mojan la cama o sufren ansiedad”, dice el Dr. Barood.

Se facilitan consultas, análisis y curas, a los pacientes a cambio de una pequeña cuota por el servicio. Normalmente, la gente ya está en fila cuando llega el equipo médico.

Mientras el Dr. Barood y sus compañeros ven a sus pacientes, otros equipos de Caritas distribuyen paquetes con comida y productos higiénicos:

“Nuestras acciones son complementarias, porque muchas enfermedades que tratamos están causadas por la pobreza y las malas condiciones higiénicas. Hay muchos niños que sufren diarrea, malnutrición, dermatitis y anemia”, nos indica el médico.

Un ochenta por ciento del millón y medio de habitantes de la Franja de Gaza vivía por debajo del umbral de la pobreza en 2007. Esa situación empeoró ulteriormente tras las hostilidades entre Gaza e Israel, entre diciembre de 2008 y enero de 2009. El acceso a al agua potable segura es un gran problema: “Los cortes de electricidad son frecuentes. Sin embargo, las familias pobres no pueden permitirse el lujo de tener un generador, por eso no pueden sacar agua con la bomba durante los cortes de corriente”, señala el Dr. Barood.

A causa del asedio, partes de las infraestructuras no pudieron ser reconstruidas.

“Durante la guerra, mi familia y yo nos quedamos en el centro de Caritas durante 10 días, porque no nos sentíamos seguros en nuestra casa. Recuerdo como temblaban los muebles, durante los bombardeos, como si fuera un terremoto. Era siempre igual el miedo, porque uno no se acostumbra a eso” confiesa Barood.

El dispensario ambulante lleva seis años funcionando en Gaza. Durante la última guerra, no pudo desplazarse a las aldeas. Las carreteras estaban bloqueadas. Por eso, el equipo prestó sus servicios a los refugiados que llegaban del norte de la ciudad de Gaza. Los aldeanos fueron felices al ver regresar al Dr. Barood y sus compañeros, después de la guerra, aunque algunos hayan perdido la esperanza.

“La mayoría de los pacientes tiene miedo del futuro. La gente aquí cree que habrá nuevos enfrentamientos y tiene en casa reservas de comida y medicamentos, principalmente harina, antibióticos, antiinflamatorios y sedativos. Quieren estar preparados para cuando haya nuevos bombardeos y no puedan abandonar sus casas. Para nosotros, en el dispensario, eso significa que tenemos que dar los medicamentos con cuidado, evaluando cada vez las verdaderas necesidades de la gente”, nos cuenta el Dr. Barood.