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Temporary shelter in Maule provide by Caritas for survivors of the February earthquake. Credits: Caritas Chile

Temporary shelter in Maule provide by Caritas for survivors of the February earthquake.
Credits: Caritas Chile

¿Cuán importante fue el apoyo de la red Caritas después del terremoto?

El terremoto y tsunami del 27 de febrero ha significado un gran desafío para todo el país, por la magnitud y diversidad de los daños y por la extensión territorial de la amplia zona de catástrofe. Desde nuestra misión como Pastoral Social – Caritas nos hemos comprometido activamente en la respuesta a la emergencia. Para enfrentar una catástrofe de tales dimensiones, que supera ampliamente las capacidades ordinarias de cualquier institución, incluidas las de gobierno, ha sido fundamental contar con la cooperación de la red Caritas Internationalis (CI). La solidaridad de la CI ha sido inmensa y se ha expresado de diversas formas: la preocupación y cercanía personal, el aporte financiero, la orientación y asesoría técnica, el apoyo a múltiples gestiones para canalizar ayudas desde países hermanos, entre muchas otras. Y más allá de eso, el acompañamiento que nos permite sentir que no estamos solos en este esfuerzo. Que contamos con la familia Caritas que está allí, presente y activa para apoyarnos.

Ya en la primera semana recibimos a representantes de la oficina central de la Caritas Internationalis y del Secretariado Latinoamericano y del Caribe (SELACC) y de varias Caritas hermanas, que nos acompañaron en nuestro trabajo en el terreno. Nos orientaron estratégicamente, en los primeros pasos a seguir, como la atención a la emergencia y los mecanismos de ayuda que brindaba la red Caritas. De esta forma, el 14 de marzo se envió el Llamado de Emergencia, por el cual hemos podido contar con aproximadamente 4,4 millones de dólares aportados por 24 organismos miembros, recursos que nos han permitido desarrollar un significativo trabajo en la primera emergencia y, actualmente, en el proceso de rehabilitación. Esta labor, que ha significado impactar positivamente y llevar esperanza a miles de personas y familias, no habría sido posible sin la generosa colaboración de CI.

¿Cuán preparada estaba Caritas Chile para el terremoto? ¿Cuáles lecciones importantes han aprendido con esta experiencia?

Contamos con una preparación que proviene de la experiencia acumulada, en algunas de las emergencias que han afectado a nuestro país, los últimos años –terremoto en la zona central (1985), terremoto en Tocopilla (2007), erupción del volcán Chaitén (2008) y los frecuentes temporales e inundaciones de la zona centro-sur–, además del trabajo permanente de nuestra organización, en sus diversas líneas de acción. También nuestras redes han sido importantes: la labor desarrollada en estos meses se fundamenta en la articulación de los equipos diocesanos de Pastoral Social – Caritas, la coordinación con las entidades gubernamentales y organismos responsables en la emergencia.

Una experiencia que ha sido particularmente enriquecedora, por los aprendizajes adquiridos y porque reforzó nuestra visibilidad pública, fue la campaña de apoyo a Haití, que desarrollamos en las semanas previas al terremoto y tsumani del 27/2 y que tuvo buenos resultados para nuestros estándares.

No obstante, no contábamos ni con el personal, ni los recursos financieros, ni materiales para enfrentar la emergencia. Por ello, establecimos una estructura ad hoc en el equipo nacional, para responder a las necesidades que un evento de tal magnitud plantea y canalizar la significativa ayuda solidaria de personas, empresas e instituciones nacionales e internacionales. También hemos fortalecido los equipos locales, dotándolos de medios de comunicación, transporte y espacios de capacitación y autocuidado. Gracias a Dios contamos para ello con la ayuda de CI y regional y con el compromiso y entrega generosa de nuestros equipos, nacional y diocesanos, y de miles de voluntarios y voluntarias.

En el camino, nos hemos ido formando en lo que significa la prevención y gestión de riesgos y emergencias. En esto ha sido importante el aporte del SELACC, que nos ha acompañado en talleres nacionales y también ofrece espacios regionales para capacitarnos en el tema.

Lecciones aprendidas

Una de las principales lecciones aprendidas: la necesidad de fortalecer los equipos de Pastoral Social – Caritas nacional y diocesanos, y en general, las organizaciones y redes sociales. Un equipo consolidado reacciona con mayor eficiencia y eficacia ante una catástrofe, ejecuta de mejor forma las operaciones de ayuda humanitaria y los proyectos de rehabilitación, y con su trabajo permanente disminuye las vulnerabilidades frente a una emergencia, por priorizar su labor con los más pobres y excluidos.

Por otra parte, hemos confirmado la convicción de que es fundamental promover la organización y participación de las comunidades afectadas, aún en situaciones de emergencia. Ello no sólo le da sustentabilidad a las políticas y estrategias de abordaje de las emergencias, sino que recoge las experiencias, saberes y capacidades de las propias comunidades, permitiendo una mayor incidencia en las políticas públicas y favoreciendo soluciones más equitativas.

Las autoridades, los organismos de la sociedad civil y también nosotros como Pastoral Social-Caritas Chile, hemos aprendido que tenemos que contar con programas preventivos y planes de contingencia, frente a las grandes emergencias, para favorecer una respuesta más oportuna y organizar el trabajo de manera más eficaz y eficiente. Se vuelve fundamental el desarrollo previo de protocolos de coordinación, disposición de un stock permanente en bodega de elementos de ayuda humanitaria y la existencia de un fondo estable para emergencias.

Reconociendo la importancia del estilo de vínculo, acompañamiento y ayuda ante la catástrofe, hemos expresado que nuestro trabajo debe ser de una solidaridad efectiva y afectiva. En el caso de las Pastorales Sociales – Caritas diocesanas de las zonas afectadas, por su situación de alto estrés, los equipos locales requieren de un servicio nacional que facilite su trabajo y los acompañe de forma fraterna y comprensiva, siempre atento al cuidado de las personas, los equipos y las instituciones.

Se ha vuelto clave también fortalecer el voluntariado. Sin los cientos de jóvenes que cumplieron un rol indispensable durante el primer tiempo para la recolección, organización y distribución de la ayuda humanitaria, el trabajo no hubiese sido posible de realizar. Ahora bien, movilizar tanta cantidad de voluntarios, y asegurarles las condiciones propicias para ejercer su labor, requiere de una capacidad logística que debe ser considerada dentro de las instituciones. A su vez, se debe velar por no perder el vínculo a través de otras actividades de enganche que promuevan la participación permanente de estos jóvenes.

Se requiere igualmente de estrategias y actividades destinadas a incrementar y diversificar los ingresos de la institución para atención a las grandes emergencias, asegurando fondos de manera proactiva de fuentes nuevas y ya existentes: personas, empresas, fundaciones, sector público, agencias internacionales, eventos y campañas.

Por último, un aprendizaje importante es reforzar la conciencia de que las condiciones de exclusión y marginación previa a las catástrofes hacen más vulnerables a los sectores pobres de la población. Por tanto, el trabajo en torno a la prevención y abordaje de emergencias es inseparable de la búsqueda por construir condiciones justas, que garanticen el bienestar y condiciones de vida digna, en una sociedad fraterna e inclusiva. Esta orientación incluye las políticas públicas diseñadas para la enfrentar la emergencia. Dado que sabemos que las respuestas ante la emergencia tienden a permanecer en el tiempo, es necesario incidir para que sean dignas.

¿Cuáles fueron los desafíos más grandes?

La catástrofe afectó a gran parte de nuestro país desde la Región de Valparaíso hasta la de la Araucanía (147.392 km2), donde residen más de 12.880.000 habitantes, que corresponde al 75% de la población de nuestro país. Según los datos oficinales, más de dos millones de personas se vieron afectadas directamente y los damnificados ascendieron al 800 mil.

A este panorama devastador, que afectó gravemente tanto sectores costeros como interiores y que produjo serios daños en múltiples ámbitos, se sumó una debilidad en los catastros y diagnósticos iniciales, lo que dificultó dimensionar las consecuencias e identificar los afectados. A su vez, la falta de claridad en las políticas públicas, sumado a una desinformación y mala comunicación por parte del gobierno respecto de éstas, ha provocado que organizaciones no gubernamentales que trabajan en la atención a la emergencia retrasen el inicio de su intervención en el proceso de rehabilitación/reconstrucción hasta que las medidas anunciadas formalicen su forma de operar.

En este marco, el primer papel asumido ha sido favorecer la ayuda humanitaria para dar respuesta oportuna a las necesidades vitales amenazadas: alimentación, agua, ropa, albergue, abrigo y útiles de higiene básicos. Conjuntamente, se ha acompañado espiritual y anímicamente a las personas afectadas. Esta ayuda ha sido de enorme importancia al complementar la respuesta de los organismos estatales y, en ocasiones, llegar más rápidamente a lugares donde no había mayor atención. El trabajo se vio favorecido por la presencia inmediata en terreno de los equipos locales, párrocos y otros agentes pastorales, que fueron capaces de articular las redes disponibles en todos los lugares donde era posible, considerando que en un primer momento esta tarea se vio complicada por los problemas en las comunicaciones y la vialidad.

En términos de la ayuda humanitaria, desde Caritas, y a través de los centros de acopio y distribución en las diócesis, se ha formado una red de entrega de alimento y enseres a través de unas 250 parroquias y cerca de 1500 capillas en la zona de catástrofe y en vínculo con los municipios, intentando responder de manera fluida y directa a los requerimientos de la población afectada en cuanto a alimentación, abrigo e higiene. A la fecha, se han distribuido cerca de 3.500 toneladas de alimentos y enseres varios (plástico, carpas, frazadas, colchonetas, toallas higiénicas, pañales, ropa, estufas, etc.) en beneficio de miles de familias.

De este modo, la primera ayuda humanitaria en alimentación, higiene y abrigo fue el primer desafío.

Un desafío importante ha sido mantener viva la conciencia respecto de la emergencia que afecta aún a miles de familias y promover la solidaridad, en la perspectiva de reconstrucción de vínculos, redes y esperanza.

Hoy nos encontramos en una segunda etapa de trabajo a través de proyectos de rehabilitación. Se trata aquí de intervenciones integrales en pequeñas localidades específicas, que desarrollan las áreas de vivienda, economía familiar y desarrollo comunitario y psicosocial. Es éste el actual desafío que en conjunto con los equipos diocesanos venimos desarrollando: dar respuestas integrales a comunidades específicas, que constituyan un signo de que es posible alcanzar soluciones dignas para las familias más pobres.

¿Han ayudado 542.000 personas como previsto en el emergency appeal?

En el marco de los recursos que finalmente logramos recaudar a través del Emergency Appeal hemos alcanzado a llegar a unas 210 mil familias con ayuda alimenticia. Además de otras decenas de miles a las que hemos acompañado con elementos de higiene, vestuario, abrigo, elementos de calefacción, como estufas y combustible, y equipamiento para los hogares, entre otros. También nuestro apoyo psicosocial y comunitario ha sido masivo.

En el contexto de los recursos disponibles hoy hemos focalizado nuestro trabajo en comunidades específicas extremadamente necesitadas y que no han contado con otros apoyos. Estamos implementando proyectos de rehabilitación física, económica y social en 20 localidades en la extensa zona afectada que va desde la VI Región de O’Higgins a IX Región de La Araucanía, en sectores urbanos, periurbanos, rurales y costeros. En ellas, se estima que unas 750 familias tendrán respuestas a sus necesidades de vivienda y habitabilidad, 250 familias o agrupaciones recuperarán o emprenderán iniciativas económico-productivas y que en cada una de estas localidades se realiza un trabajo de desarrollo comunitario y atención psicosocial acompañando a cientos de familias.

¿Cómo están la gente de Chile 6 meses después del terremoto? ¿La mayoría han reanudado una vida normal?

A seis meses de ocurrida la catástrofe, continúan las réplicas con varios sismos diarios de pequeña y mediana intensidad en la zona sur. Según expertos, se trataría de un enjambre sísmico producto de réplicas tardías, fenómeno que pronostican se extenderá un tiempo más. Si bien se ha producido un cierto fenómeno de normalización, esta situación mantiene preocupada a la población, que ante los constantes movimientos telúricos permanece con el temor de un nuevo terremoto. Este sentimiento de amenaza se ve potenciado por la sucesión de sismos de pequeña y mediana intensidad en el norte de Chile, y por anuncios de un gran terremoto en esta zona del país.

Por otra parte, el invierno ha agravado las consecuencias del terremoto y tsunami en sus dos manifestaciones: frentes de mal tiempo con fuertes lluvias y vientos, y ondas polares con muy bajas temperaturas e incluso nieve. Así, las miles de familias que se encuentran actualmente viviendo en precarias viviendas de emergencia o en casas ligeramente reparadas, han debido enfrentar estas situaciones sin soluciones eficaces de abrigo y habitabilidad, viéndose las viviendas colapsadas con filtraciones de agua y viento, desplome de techos, inundaciones y barreales en los campamentos, entre otras situaciones que sumadas a las pobres medidas en lo que respecta a los servicios higiénicos de los campamentos, genera un estado de alerta por los problemas de salud que no cuentan con fluida respuesta por los daños en la infraestructura hospitalaria.

Se han perdido entre 250 mil y 300 mil viviendas y sólo se han construido unas 40 mil soluciones de emergencias, muy precarias. Por tanto estamos lejos de volver a la realidad.

Mientras, el cansancio de los damnificados ante la lentitud de la acción gubernamental ha generado protestas de descontento. La labor del gobierno ha sido cuestionada en tanto no representa una inversión significativa ante la magnitud de los daños generados por el terremoto y tsunami. A su vez, se ha criticado lo que se considera la ausencia de un plan global de reconstrucción con participación ciudadana, pareciendo más bien esfuerzos sectoriales aislados y no una visión integral de trabajo. Consideración especial merecen las respuestas en vivienda y habitabilidad, en tanto que las medidas de emergencia tomadas son de tal precariedad que no otorgan una respuesta digna y eficaz a las necesidades de las miles de familias afectadas. Conjuntamente, se han evidenciado dificultades en la entrega de los subsidios de reconstrucción, proceso que podría prolongarse por más de cuatro años.

Desde otra arista, en las comunidades aún se observan consecuencias a nivel emocional y psicológico, y las organizaciones comunitarias ya se encuentran desgastadas por el arduo trabajo que han debido realizar.

También se ha criticado la falta de consideración de la participación y consulta en el diseño de las respuestas públicas.

¿Qué hará Caritas Chile para ayudar la gente ahora? ¿Cuáles son las necesidades más importantes?

La labor asumida por Caritas trasciende la primera ayuda humanitaria en la emergencia, asumiendo desafíos tendientes a involucrarse en el proceso de rehabilitación y reconstrucción. Así, a partir de las orientaciones entregadas por los obispos, los diagnósticos locales y los diálogos sostenidos con las comunidades, se han definido las prioridades de Caritas hacia adelante, en la atención a las zonas afectadas: aportar en el tema de vivienda y habitabilidad con criterio de dignidad; contribuir a recuperar la capacidad económica de las familias y sus herramientas de trabajo, y facilitar el acompañamiento espiritual, psicosocial y el desarrollo comunitario, en las comunidades más afectadas de la extensa región de la catástrofe.

Es así como a seis meses de la catástrofe el panorama sigue siendo devastador y las necesidades múltiples, por lo que hemos reafirmado la necesidad de desarrollar las líneas de trabajo propuestas en el EA 04/2010. En base a los recursos aportados por las Caritas hermanas, hemos priorizado nuestros ámbitos de actuación. En este sentido, si bien la primera ayuda en alimentos y enseres ha tenido una amplia cobertura, y el acompañamiento psicosocial se ha extendido, hemos decidido focalizar el trabajo en vivienda, economía familiar y desarrollo comunitario a través de proyectos integrales de rehabilitación que atiendan a pequeñas comunidades de alta vulnerabilidad, donde otras organizaciones públicas, privadas o de la sociedad civil, no se encuentren interviniendo. Eso nos permite un trabajo orgánico donde se pueda acompañar en el largo plazo a las comunidades con un impacto real sobre ellas.

Finalizando el mes de agosto, los equipos diocesanos de Pastoral Social – Caritas se encuentran iniciando las intervenciones directas de estos proyectos de rehabilitación, con la inversión en vivienda y economía familiar, así como el fortalecimiento del proceso de desarrollo comunitario y atención psicosocial.

Dado que a seis meses de la catástrofe las necesidades aún siguen siendo múltiples y complejas, algunas recién evidenciándose en transcurso de los meses y la llegada del invierno, se vuelve fundamental el gestionar mayores recursos que permitan profundizar en la labor social realizada por Caritas, aprovechando la plataforma de trabajo que ya se ha consolidado en este tiempo. Con preocupación vemos las dificultades que enfrentan los damnificados en este duro invierno, mientras las soluciones gubernamentales se dilatan. En este contexto, nuestros énfasis actuales son:

  • Ampliar la cobertura de viviendas progresivas semipermanentes, que por sus características resuelven de manera digna la necesidad de tantas familias hoy que no podrán obtener subsidios de reconstrucción o los recibirán muy tardíamente.
  • Construir y equipar centros comunitarios multifuncionales y desarrollar en ellos un trabajo de fortalecimiento de las organizaciones locales, facilitando con ello la reconstrucción de redes sociales de apoyo, la acción colectiva organizada y la capacidad de interlocución y acceso a la oferta pública de servicios ante la catástrofe.
  • Fortalecer la organización comunitaria y la participación ciudadana, favoreciendo la interlocución de los damnificados con aquellas instituciones públicas y privadas que intervienen en la reconstrucción.
  • Aumentar las respuestas en el ámbito de las economías familiares, a través de fondos para la recuperación de materiales de trabajo y la generación de nuevos emprendimientos productivos.
  • Extender las localidades donde se están desarrollando los proyectos de rehabilitación integral, modelo que ha tenido una muy buena acogida en los equipos diocesanos y las localidades acompañadas.

Para esto, se continúa en la búsqueda de financiamiento a proyectos específicos, diálogo que se gestiona con algunos miembros de la Caritas como con otras agencias internacionales de cooperación. Nuestra intención es continuar profundizando en la labor de atención ante las graves consecuencias del terremoto y tsunami del 27 de febrero, con acciones de corto y mediano plazo que permitan un compromiso de trabajo estable con las familias y comunidades afectadas.

¿Hay señales positivas para el futuro?

Los signos positivos provienen principalmente de las propias personas y familias afectadas. Aún desde el dolor y la perdida, la gente es capaz de ponerse de pie y trabajar por recuperar sus hogares y, principalmente, sus medios de trabajo. La esperanza en un mañana mejor, la fe y gratitud en Dios por el valor de la vida, constituyen una muestra de la capacidad del pueblo chileno para sobreponerse a la adversidad.

También es una señal positiva la corriente de solidaridad que se ha generado y que se expresa de muchos modos, como por ejemplo en el trabajo del voluntariado y en la generosa ayuda local e internacional.

Resulta esperanzador constatar que hoy hay más conciencia de nuestra precariedad y de la necesidad de prevenir y gestionar los riesgos y emergencias tanto en las autoridades como en la ciudadanía.