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Adnan and his family are just some of the many Iraqis to have fled the conflict Credits: Caritas David Snyder

Adnan y su familia son sólo algunos de los muchos iraquíes que han escapado del conflicto.
Credits: Caritas David Snyder

Por: David Snyder

En una de las colinas del sur de Beirut, a poca distancia de una calle lateral sucia con trozos de hormigón armado abandonados, Adnan Saady y su familia viven la silenciosa tragedia de la guerra en Irak. Ansioso por referir su historia a quien le escuche, revisa los papeles médicos que han determinado la vida de su familia, desde que su hija menor quedara gravemente herida en una explosión en 2003, que la dejó discapacitada para siempre.

“En el parte médico se dice que la niña tuvo un accidente que le causó una lesión cerebral y que, como consecuencia de la misma, sufre ataques epilépticos”, afirma Adnan, contemplando uno de los diversos formularios desparramados sobre una mesa de madera. “En nuestra familia no hay ningún caso hereditario de epilepsia.”

Adnan y su familia abandonaron Irak, a finales de enero de 2007, y todavía no lograron liberarse de los recuerdos de la guerra, en su tierra natal. Cuando un arsenal militar situado cerca de su hogar, en Bagdad, estalló en 2003, el muro de la casa se desplomó, matando al suegro de Adnan y dejando gravemente herida a su hija menor, Hanine, que entonces sólo tenía 14 meses de edad. Hanine, que quedó discapacitada para siempre a causa de las lesiones sufridas en la cabeza y los pies, necesitaba atención especializada, que en Irak no podían darle debido al empeoramiento de la situación de seguridad.

“Nos mandaron a un especialista en lesiones cerebrales, pero era imposible que recibiera un tratamiento regular a causa de la guerra. Teníamos miedo hasta de desplazarnos de una zona a otra, debido a los bombas”, afirma Adnan.

Desesperado por encontrar asistencia para su hija, Adnan pasó la mayor parte de los tres meses sucesivos tratando de referir su historia a quien quisiera escucharla. Los documentos médicos que lleva consigo, entre ellos una carta de un doctor de Bagdad, ponen de manifiesto la desesperación de su búsqueda y la descomposición de una sociedad incapaz en ese momento de ofrecer ayuda a las personas gravemente heridas.

“Redacté un informe para que los organismos humanitarios me ayudaran al reasentamiento, con el fin de poder encontrar un tratamiento para mi hija, pero nadie nos ayudó”, nos cuenta Adnan.

Cuando se dirigió a la Sociedad de la Media Luna Roja en Irak, a Adnan le dijeron que dentro del país no podían darle a su hija el tratamiento que necesitaba. Habiendo perdido todas las esperanzas, Adnan reunió a su mujer, Huda, y sus tres hijos y se fue a Siria y, luego, a Líbano. Hoy, junto con la gran mayoría de los 40.000 refugiados iraquíes en Líbano, vive ilegalmente. Imposibilitado de regresar a Irak, pero sin dinero para irse a otro país, Adnan afirma que todavía sueña con encontrar algún lugar en que puedan ayudar a su hija.

“Iría a cualquier país en el que pudieran ayudarla, pero no tenemos medios para hacerlo”, dice Adnan.

Pocos días después de llegar a Líbano, Adnan y su familia recibieron una pequeña parte de la ayuda que buscaban. Un vecino, al ver a la hija, les recomendó que se dirigieran a Caritas Líbano, que trabaja prestando asistencia a 600 refugiados iraquíes muy vulnerables, en Líbano, mediante diferentes tipos de apoyo. Después de hablar con el personal de Centro de Inmigración de Caritas, Adnan recibió inmediatamente ayuda.

“En Caritas nos dieron mantas, alimentos y pañales para mi hija. Luego nos mandaron a una especialista”, recuerda Adnan.

Además, Caritas también remitió el caso al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, responsable del reasentamiento en otros países de los iraquíes refugiados en Líbano. Debido a que se trata de un caso especial, con necesidades excepcionales, se espera que a la familia Saady le den prioridad para el reasentamiento.

Caritas también les ofrece una pequeña ayuda financiera para sufragar el costo de los medicamentos que Hanine tiene que tomar todos los días. Noventa dólares diarios es una suma que Adnan, que ha conseguido poder trabajar 10 días como trabajador ilegal, no puede permitirse. Para ahorrar dinero, Adnan y su mujer se han visto obligados a darle a Hanine la mitad de la dosis de sus medicamentos, y Adnan se esfuerza por pagar los 100 dólares mensuales que le cuesta el alquiler de una pequeña habitación que ahora su familia llama su hogar.

“Esta habitación no es saludable, hay mucho insectos y no tenemos agua caliente. Este mes no hemos pagado el alquiler, porque no tenemos dinero”, indica Saady.

Con tantas preocupaciones, en Adnan es visible la tensión de las circunstancias. Su vida ahora consiste en trámites, medicamentos y la esperanza de que su hija finalmente reciba la atención que necesita. Mirando detenidamente a Hanine, Huda, la mujer de Adnan, nos ofrece un simple resumen de la vida que su hija lleva ahora, desorientada, junto con otros 2 millones de refugiados de la guerra en Irak.

“Ella sufre”, nos dice en voz baja.

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