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At the "Philia" Cafe run by Caritas Japan in the town of Kamaishi, a tsunami survivor (left) talks about her experiences. The cafe serves hot drinks and also distributes free items like clothes. Trained counselors and Caritas volunteers like the one on the right listen to the traumatized survivors, many of whom are elderly. Credits: Sheahen/Caritas

At the “Philia” Cafe run by Caritas Japan in the town of Kamaishi, a tsunami survivor (left) talks about her experiences. The cafe serves hot drinks and also distributes free items like clothes. Trained counselors and Caritas volunteers like the one on the right listen to the traumatized survivors, many of whom are elderly.
Credits: Sheahen/Caritas

Cuando te derriba una ola inmensa, despojándote de todo lo que tienes, la cosa no termina así. Porque la segunda ola es todavía más fuerte. Los supervivientes de un tsunami lo muy saben.

En la costa oriental de Japón, los supervivientes de la mayor catástrofe natural que se haya registrado en los últimos siglos hablan de la fuerza de aquella ola. Un fuerza que arrancó y diseminó edificios, coches y barcos enormes, empujándolos tierra adentro. Barcos y casas malparadas se ven ahora, todavía tiradas sobre la yerba.

Los daños sicológicos son semejantes—un primer golpe y luego un trauma persistente que, con frecuencia, puede llegar a mayor profundidad. Queda esa misma sensación de desorientación y desplazamiento. Hay preguntas como qué es lo que se quiere hacer ahora, con la casa, los medios de sustento o incluso con la pérdida de un miembro de la familia: “Yo seguía corriendo, colina arriba. ¡Estaba tan cansada!”, dice una anciana señora con una camisa color melocotón. Está sentada en el sótano de una iglesia que Caritas Japón ha transformado en ‘centro de curación ’ para la población de Kamaishi, una vieja localidad siderúrgica fuertemente damnificada por el tsunami. “Una vez me paré para descansar, pero enseguida vi que me llegaba el agua detrás de los pies. Luego encontré a otro anciano que me dijo, agárreme de la mano y corramos juntos. Sin embargo, él se cansó y me pidió que lo soltara”.

Aunque su marido e hijo sobrevivieron, dos amigos de esta mujer murieron. Seis meses después del terremoto y tsunami de marzo de 2011, ella todavía está traumatizada y en luto. Ahora visita con frecuencia el centro de Caritas, también llamado Philia Café. Allí los supervivientes pueden conseguir artículos de ayuda gratuita, como ropa, y tomar té o café; así mismo, hablan con voluntarios expertos, titulados en la curación de traumas. “Cuando llegué aquí, el voluntario de Caritas no dejaba de escucharme. Me dieron muchos artículos de ayuda de emergencia, pero lo que más me ayudó fue que alguien me escuchara”, nos cuenta la señora.

“Incluso antes del tsunami, esta zona ya estaba dejada y vieja”, dice el Obispo Isao Kikuchi, presidente de Caritas Japón, que creció en esta región costera japonesa. “Los jóvenes ya se estaban yendo de aquí. Entonces ya era difícil imaginar un futuro próspero y encima llegó el tsunami. La gente ha perdido a muchos seres queridos y necesita cuidados. Aquí la gente no lo dice, ni deja ver que necesita ayuda”, dice Une, una agente de pastoral social de Caritas, que irradia calma y ayuda a todos, como si fuera un laser. “Primero me di cuenta simplemente de que necesitaba estar con ellos. Hay muchos ancianos aislados que se sienten abandonados. Todos necesitan a alguien que les cuide”.

Caritas Japón celebra sesiones de gestión del dolor para millares de voluntarios que llegan hasta las localidades costeras, en el marco de un sistema de rotación. En una sesión de tarde, un joven voluntario traduce los puntos que se tratan un folleto que se entrega a los practicantes: “Aquí dice: no compare usted su dolor con el de los demás. No diga usted a una persona que sufren que se anime”.

Día a día, los supervivientes vienen al café de Kamaishi y de otras ciudades, para sentarse a tomar un té con los voluntarios. Cuando los supervivientes hablan, los voluntarios escuchan. Pero cuando no hablan, se sientan juntos en silencio.

Los supervivientes que estuvieron alojados en refugios durante 6 meses, viven ahora en viviendas prefabricadas, facilitadas por el gobierno, luchando contra la soledad y la culpa. “Yo tengo 73 años y era cuidadora de una anciana discapacitada de más de 80 años. Cuando llegó el tsunami, realmente yo intenté salvar a mi paciente, pero ella se ahogó”, nos dice una mujer vestida de verde.

“Su familia está furiosa conmigo. Y yo me siento culpable. Ahora no tengo ni dinero, ni trabajo, ni nada. Vengo aquí al centro de Caritas para desahogar mi ansiedad. Ahora me siento mejor, porque puedo hablar y la gente de aquí me escucha.

Además de la culpa, sienten un miedo abrumador: “Tengo parientes que perdieron sus casas – además del perro y el gato – y no pueden aceptar la realidad de lo que pasó”, nos refiere un líder de los voluntarios. “Ahora ella siempre mete todo en una mochila – medicamentos y todo lo necesario – y los lleva con ella todo el tiempo, incluso a Misa. Aunque salga muy poco, porque no hace nada. Se ha quedado como apática”.

Mientras algunos están paralizados por el temor de futuras catástrofes, otros se centran en el pasado. “Voy a los mismos lugares que antes, pero ahora allí no hay nada. Sin embargo, yo sigo yendo, para poder llorar”, nos dice otra mujer del Philia café.

Para poder llegar hasta la gente traumatizada, que no puede ir o simplemente no va al café, los voluntarios de Caritas se desplazan en coche hasta las viviendas provisionales, facilitadas por el gobierno. Una vez allí, organizan barbacoas, clases de artesanía y eventos, para facilitar la socialización entre vecinos. “En Japón, no siempre se conoce al vecino de al lado”, asegura el Obispo Kikuchi. Él se preocupa porque el número de suicidios en Japón, que ya ahora es el más alto del mundo, podría aumentar. “Es necesario que cuidemos de los corazones de la gente”.

En una sesión de gestión del dolor, una voluntaria que se llama Sakae Chida nos explica su razón para lo que hace: “Quiero ayudar a los niños en el centro de atención extraescolar, en el que trabajo. Han cambiado sus juegos, antes jugaban con casas de muñecas, ahora juegan a hospitales y se oyen sus gritos, imitando sirenas y ambulancias, así como dando la alarma, a la voz de ‘a correr, a correr, que llega un tsunami’”.

“A primera vista , los chicos pueden parecer felices. Sin embargo, podrían esconder traumas en lo más profundo del corazón”. Ella describe a una niña de 10 años que perdió a su madre y durante meses no habló de ello. “Últimamente, ha empezado a decir cosas como ‘ésta es la camisa que me hizo mi madre’ . Porque está empezando a abrirse un poco”, dice Sakae. También los demás lo hacen, poco a poco. “Durante tres meses, no había expresión en sus caras . Ellos encerraron sus sentimientos en algún lugar, para poder sobrevivir. Sus caras son ahora más expresivas. A veces incluso se ríen”, comenta una religiosa sobre la gente de una ciudad azotada por el tsunami.

El programa no está transformando sólo a los supervivientes, sino también a los voluntarios. “Al principio creía que yo tenía que cuidar de ellos. Pero soy yo la que ha cambiado” dice Une.

“Doy las gracias a todos los voluntarios que vienen a ayudar. Gracias a Caritas, hay más gente que puede contar con alguien que sabe escuchar”, dice Sakae.