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During the tsunami, Sakuma Kaname held on to this tree to survive, floating in water eight metres above the ground. Credits: Sheahen/Caritas

During the tsunami, Sakuma Kaname held on to this tree to survive, floating in water eight metres above the ground.
Credits: Sheahen/Caritas

Por Laura Sheahen

Cuando en marzo de 2011 un gigantesco tsunami golpeó su pueblo en Japón, Sakuma Kanami – al igual que muchos otros – corrió a refugiarse en el bosque.

“Yo estaba en una colina cerca de la bahía”, dice. “Vi el agua levantarse muy rápidamente – no simplemente dejándose venir, sino elevándose”. En cuestión de minutos, Sakuma estaba nadando… en un bosque.

“Había un árbol grande”, recuerda. “Yo me aferré a él. Estaba a ocho metros de altura”. Colgado del árbol, casi cerca de la copa del alto árbol, Sakuma se agarró fuerte durante varios minutos.

“Poco a poco el agua empezó a bajar. Conforme fue bajando, me sumergí”, dice Sakuma.

Sakuma soltó el árbol, tomó nota de que había una piedra cerca para acordarse de cuál era el árbol, pero no podía volver a casa. El agua seguía engullendo las tierras bajas cerca de la colina donde él estaba. “En la colina había una casa”, dice. “Rompí la ventana y entré”. Sakuma pasó la noche en la casa ajena, mientras las réplicas seguían conmocionando la región. “En la casa había un enorme reloj de caja que sonaba y sonaba por las réplicas. Yo estaba aterrado”.

Días después, Sakuma finalmente vio qué le había pasado a su apartamento: estaba destruido. “Cuando lo vi pensé: ‘Estoy vivo. La vida es lo más importante’”.

Miles de personas en el pueblo de Sakuma, Kamaishi, sufrieron intensos traumas al escapar del tsunami. Ellos también perdieron sus hogares. En el año transcurrido desde la catástrofe, Caritas Japón les ha ayudado, no sólo a cubrir las necesidades más urgentes como agua caliente, sino también les ha brindado apoyo moral.

Movilizando a más de 2.000 voluntarios, Caritas Japón limpió una enorme cantidad de escombros en los hogares de las áreas devastadas por el tsunami. Aunque en Japón las operaciones de Caritas en el terreno habían sido relativamente reducidas antes del desastre, sus esfuerzos en las áreas azotadas por el tsunami le dio la reputación de laboriosa y compasiva. Los voluntarios de Caritas ayudaron a pequeños comerciantes a reabrir sus negocios y repararon equipo de pesca, en una región que depende fuertemente de los mariscos. Caritas también montó comedores populares, reconstruyó escuelas y un centro de atención para ancianos, apoyó a gente con discapacidades en el área del tsunami y, cuando entró el invierno, distribuyó calentadores.

Pero ante todo, Caritas se convirtió en un consuelo. Los voluntarios sirvieron en “cafés” improvisados en los sótanos de las iglesias y en albergues temporales, y escucharon a los supervivientes contar sus historias y llorar a sus muertos. “Muchos ancianos vienen al café, con mucho pesimismo”, dice Sakuma. “Pero después de visitar el café, muchos sonríen”.

Sakuma sigue batallando con sus recuerdos del tsunami. “A veces no puedo dormir”, dice. Mas los voluntarios de Caritas lo han ayudado a superar parte del trauma. Él volvió a la colina – “el dueño de la casa se alegra de que yo me haya refugiado ahí” – y encontró el árbol con la piedra al lado. Sonríe al mostrarles a los visitantes qué tan alto se encontraba ese día de marzo.

Un año después de que los supervivientes vieron su mundo ser arrasado, Caritas ha reconfortado y apoyado a miles de personas como Sakuma. El Padre Toru Funayama, sacerdote en Kamaishi, ha visto los cambios en Sakuma: “Está volviendo a sonreír”.

Laura Sheahen es funcionaria de comunicaciones para Caritas Internationalis.