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Scenes of destruction near the town of Kamaishi after a tsunami struck the coast of Japan on March 11, 2011. Caritas Japan has mobilized many volunteers to help remove rubble and debris, clean buildings, and provide comfort to survivors, especially the aged. Credits: Caritas

Scenes of destruction near the town of Kamaishi after a tsunami struck the coast of Japan on March 11, 2011. Caritas Japan has mobilized many volunteers to help remove rubble and debris, clean buildings, and provide comfort to survivors, especially the aged.
Credits: Caritas

“Vi que el agua subía y después llegó aquella enorme ola. Luego el mar y la tierra se vieron cubiertos de fuego – toda la ciudad estaba ardiendo. Mientras todo ardía, a la puesta del sol, empezó a nevar”. Esas palabras no son una cita del Apocalipsis. Masato Sakamoto, residente en Kesennumma, costa oriental de Japón, describe así los sucesos del pasado 11 de marzo.

En una ciudad a doce kilómetros de distancia, Keiko Kikuchi, de 79 años, también vio quemarse todo en la costa, mientras ella gateaba montaña arriba, escapando del tsunami. “Había un sendero que subía a la montaña, pero cuanto se terminó tuve que subir gateado. No sé ni cómo pude hacerlo”, recuerda la anciana señora. “Vimos el agua a nuestras espaldas. Mi casa se llenaba de agua y todos los coches flotaban”.

No muy lejos del barrio de Keiko, Sakae Chida estaba ayudando a sus hijos, a la salida de la guardería, al terminar las clases. Salieron corriendo hacia la calle principal. La llamada Ruta 45, pero allí tampoco estaban seguros. Por eso siguieron subiendo más alto, hasta el bosque. Yo llevaba una cruz, que apretaba con fuerza en mi mano. Muchos niños lloraban y se agarraban a los troncos de los árboles”, dice Sakae.

Más de 15.000 personas murieron aquel día. Centenares de miles de damnificados no tenían ni una casa adonde ir, una vez que bajaron las aguas. Pasaron meses viviendo es refugios para evacuados, organizados en colegios o gimnasios.

“Aquella primera noche, hubo muchas réplicas” dice Arasawa Sachiko, que dirigía una guardería infantil en una localidad denominada Kamaishi. Ella se precipitó para salvar a 30 niños, llevándolos a un refugio en un terreno más alto. “Allí hacía mucho frío y por eso se acurrucaron todos juntos bajo unas sábanas”.

Pasaron algunos días y los padres vinieron a recoger a los niños: “Como las carreteras estaban cortadas por los escombros, tenían que venir andando, a veces hasta cinco horas a pie”, nos cuenta Arasawa. “Cuando veían que sus hijos estaban vivos, la escena era espectacular. Porque aquí la gente no está acostumbrada a demostrar sus sentimientos, pero entonces era diferente, ¡el fuerte abrazo era entrañable!”.

El Gobierno japonés movilizó a la población para ayudar a los damnificados e igual hizo la pequeña pero dinámica comunidad católica nacional. La parroquia de Kamaishi comprobó las necesidades de la guardería y luego llevó comida, ropa de cama y ropa de niño, de donaciones. “Caritas organizó un comedor para los niños – sopa de verduras y tallarines fritos”, señala Arasawa. “Lo más importante fue la rapidez de la respuesta de Caritas”.

Caritas fue a los refugios y se ocupó de responder a todas las carencias que encontraba. “Lo primero fue conseguir agua”, dice Satoshi Onodera, que dirigió las iniciativas de la iglesia en Kamaishi, durante los primeros días después del tsunami. “Luego se hicieron tres comidas diarias. Distribuíamos 100 cuencos de arroz cada vez, así como leche, sopa y postre”.

Cuando todavía no había corriente eléctrica, la iglesia de Kamaishi llevó las velas de su capilla para que las usaran los damnificados. La gente que iba a buscar sus cosas en sus viviendas destruidas volvía luego cubierta de barro, por eso la iglesia organizó un baño público de uso gratuito. Como no había agua caliente para cocinar los tallarines en los refugios, Caritas llevó tanques de gas a sus ‘cafés’ improvisadas.

En pocas semanas, Caritas instaló sus bases, en varias localidades costeras, y reclutó a voluntarios para limpiar toneladas de escombros. “Yo lo perdí todo, incluso mis platos”, dice una señora que visita un ‘café Caritas’ improvisado, en el sótano de una iglesia: “La primera planta de nuestra casa desapareció y no podía vivir en la segunda, porque estaba cubierta de unos de 15 centímetros de barro, pero los voluntarios de Caritas me ayudaron a limpiarlo todo”.

Los voluntarios – gente de todas las edades – usaban palas y otras herramientas para limpiar a mano casas y carreteras. “Es realmente fatigoso quitar el fango del suelo y limpia debajo”, dice el P. Daisuke Narui, que supervisó las operaciones de ayuda de Caritas Japón. “Además, había muchas moscas después del tsunami – en el agua, el fango, los residuos”.

Los voluntarios también limpiaron la pequeña granja familiar de Futoshi Honda. La economía de esta región depende en gran parte de la pesca y elaboración del marisco, pero el tsunami arrastró las balsas con los cebos especiales usados para el cultivo de ostras y algas. Por eso, cuando el líder de un grupo de cultivadores de ostras pidió a Caritas ayuda, los voluntarios ayudaron a los pescadores a construir otras balsas.

El Gobierno, junto con los voluntarios de Caritas y otras organizaciones benéficas, ha llevado a cabo muchas iniciativas. Sin embargo, seis meses después del tsunami, 83.000 todavía no pueden volver a casa.

Para las personas que viven en los refugios provisionales, construidos por el gobierno, los voluntarios de Caritas resultan muy familiares. Los voluntarios cargan pequeñas camionetas con alimentos, pañales, toallas y otros artículos, y los llevan a las nuevas parcelas y puntos de distribución. Caritas cocina comida caliente para los residentes y les anima a unirse a las barbacoas, para conocer así a sus vecinos.

“Una cuestión determinante es que estas personas deben hacer frente al aislamiento”, comenta Sawako Inae, Responsable de Programas de Caritas Japón. Los voluntarios, capacitados en terapia contra del dolor, pasan horas escuchando a los damnificados en los cafés Caritas. “Es un lugar en el que la gente puede llorar y manifestar su tristeza y rabia”, dice el P. Daisuke. “Escuchamos a las personas, que nos cuentan sus temores y esperanzas”.

Hablan de su dolor, pero también siente empatía. “Veo en la tele la gente en África. La vida es tan difícil allí… Las madres llevan cargas pesadas… ahora entiendo lo que eso significa”, dice una mujer en el café Caritas.

Para los niños que vivieron la tragedia de marzo, Caritas organiza fiestas con globos, juguetes y juegos. “Si no fuera por Caritas, los niños no tendría ni un espacio para pasarlo bien”, dice la directora del jardín de infancia, Arasawa.

Antes de que llegue el invierno, Caritas distribuirá ropa de abrigo, como chaquetas, mantas, y calefactores. También arreglará los colegios, con planes para ayudar a más 10.000 niños a tener un lugar mejor para aprender. Reconstruirá unas instalaciones de asistencia para ancianos y seguirá con las visitas a domicilio. Asñi mismo, llevará comida a millares de personas con una cocina ambulante.

Tras la catástrofe, la población de la costa oriental de Japón está trabajando para volver a la normalidad. “Lo pasamos muy mal. Pero ahora recibimos mucha ayuda de todo el mundo y eso me da fuerzas”, admite Arasawa.

“Yo no puedo hacer nada sola. Sin embargo, muchas personas juntas, incluyendo a la gente de la iglesia, podemos conseguir algo”, dice Keiko, de 79-años, que subió gateando por la montaña para salvarse.

“Si puedo superar esto, no volveré a tener miedo en la vida. Mi misión es vivir y nunca dejar de luchar. La vida es un bien muy valioso”, concluye Keiko.