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In southern Kenya, a woman uses a gourd to scoop water from a dry riverbed. During droughts, many women walk hours to find water. Credits: Laura Sheahen/Caritas

In southern Kenya, a woman uses a gourd to scoop water from a dry riverbed. During droughts, many women walk hours to find water.
Credits: Laura Sheahen/Caritas

“Yo vi al cocodrilo a la orilla del río, a 10 metros de mí”.Teresia Katulu, 22, estaba acostumbrada a caminar largas distancias acarreando agua para su familia en el sur de Kenia. Puesto que la sequía secó las fuentes de agua cercanas, ella tenía que ir a un río que quedaba a dos horas de camino – y acarrear veinte litros de vuelta a casa.

La labor siempre había sido dura y pesada, pero ahora era peligrosa. “Los padres les dicen a sus hijos que tiren piedras antes de meterse al agua”, dice Teresia. Eso fue lo que hizo, y las piedras ahuyentaron al cocodrilo. En el río a donde ella y otros aldeanos iban durante la sequía de 2011 también había hipopótamos. Los hipopótamos son más temidos que los cocodrilos: “Si te agarran te parten en dos de una mordida”, dice Teresia casualmente.

Algunos no ven a los animales hasta que ya es demasiado tarde. “Un cocodrilo mató al esposo de mi hermana”, continúa diciendo Teresia. “Ella tiene cuatro hijos”.

De forma menos dramática, pero a mayor escala, la carencia de agua estaba afectando a familias en toda la región – no sólo en Kenia, sino también en Somalia, Etiopía y en países aledaños. Las cosechas se secaron. Los animales de crianza murieron. La gente pasaba tanto tiempo buscando agua que no tenía tiempo para nada más.

En el sur de Kenia, las anchas riberas se tornaron arenosas y color marrón. Las mujeres utilizaban cáscaras de calabaza para cavar más y más profundamente en las riberas, esperando captar unas cuantas cucharadas de agua.

En el norte de Kenia, la cosa era peor. “La gente dormía dos días a la par de un pozo seco, esperando que se filtrara un poco de agua de la tierra”, dice Emmanuel, un jornalero que vive cerca del pueblo de Marsabit. La sequía intensificó las tensiones tribales en un área en donde el territorio se protege celosamente. “La gente estaba robando agua de los pozos de otras comunidades, de donde no le estaba permitido”, dice Zeinabu Eisimfecha, una viuda con siete hijos que vive en Marsabit. “Van por la noche. El dueño espera escondido y les dispara”.

“Estábamos muy sedientos. Se me secó la boca y la garganta”, dijo una mujer de una aldea cerca de Marsabit. Ella tenía alrededor de 100 cabras y 40 vacas; a medida que empeoró la sequía, se morían por docenas. “Ahora tengo cuatro vacas y nueve cabras”, dice.

En una escuela primaria en su aldea, tanques de agua captaban el agua que escurría del tejado en los, cada vez más raros, días que llovía. Los monos y los elefantes se metían al patio de la escuela para llegar a los tanques. “Dos mandriles se murieron en el tanque de agua de la escuela. Cayeron dentro y no pudieron salir”, dice el director, David Madere. “Sacamos los cuerpos, pero igual utilizamos el agua. Hay tan poca agua que no teníamos otra opción”.

“La distancia entre los abastecimientos de agua aumenta cada día más”, dice Shadrack Musyoka de Caritas. Incluso en un buen año de lluvia, Kenia y otros países de África del este tienen problemas para conservar agua. La empobrecida gente simplemente no puede darse el lujo de pagar los 10 dólares que cuesta un tanque de agua plástico para recolectar la lluvia de sus tejados: “Yo uso ollas y cubos para recolectar el agua del tejado”, dice Susan Wanjiru, una madre soltera con seis hijos. En algunas áreas de Kenia, la salinidad puede crear problemas a la hora de cavar pozos. Después de tres años de escasez de lluvia, muchas fuentes de agua se secaron, se taparon con sedimento o están tan estancadas que están cubiertas de algas.

Trabajando conjuntamente con las diócesis locales, la red mundial Caritas entró rápidamente en acción para aprovechar hasta la última gota de agua y evitar fluyera sin ser utilizada. Miembros del personal de Caritas en todo el este de África movilizaron comunidades para crear represas, cavar canales de irrigación y pilas públicas. Caritas cavó pozos, suministró tanques para escuelas y organizó bebederos para animales. Se le pagó a los aldeanos para que construyeran represas o limpiaran los depósitos. Y cuando simplemente no había agua que recolectar, Caritas llevó camiones con agua.

Wanzia William, una madre con seis hijos en el sur de Kenia, antes se pasaba toda la mañana acarreando agua. “Salía a las ocho de la mañana y regresaba a la una de la tarde”, dice. “No tengo un burro, así que la acarreaba en la espalda”.

Ahora se pasa la mañana moviendo tierra para construir una represa para su aldea, y se le paga por su trabajo. El estanque de la represa se está llenando con agua y pronto estará listo para ser utilizado. “Tener el abastecimiento de agua cerca nos ahorra mucho tiempo y es menos cansado”, dice. Caritas capacita a los aldeanos para que le den mantenimiento y reparen los sistemas de agua que construyen. “Queremos que se sientan dueños y responsables de ellos”, dice Anderson Kioi, un ingeniero que trabaja con Caritas.

Teresia y sus vecinos ya no tienen que afrontar cocodrilos para obtener agua. Un grifo y el proyecto de represa en el que Teresa ayudó a limpiar abastece a cientos de personas. “Ahora, acarrear agua me toma la mitad del tiempo que antes”, dice. “Tengo más tiempo para dedicarme a mi granja”. Ella utiliza el dinero que ha ganado trabajando en el proyecto para comprar comida para sus tres hijos.

Ahora, decenas de miles de personas tienen agua cerca, y tienen más agua, gracias a los programas de Caritas. “Antes tenía que caminar 8 kilómetros para conseguir agua. Nos pasábamos días sin beber”, recuerda Rosalia Orguba, una mujer que vive en el norte de Kenia. Ella ayudó a mover las piedras para crear una fuente de agua más cerca de su casa y está muy orgullosa del logro que ella y su equipo alcanzaron. “El agua es vida, sin ella uno no puede hacer nada”.