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Alice Thaara, age 21, had to drop out of college after a drought made it impossible for her family to harvest their crops. During the drought, many other students left school as well. Credits: Laura Sheahen/Caritas

Alice Thaara, age 21, had to drop out of college after a drought made it impossible for her family to harvest their crops. During the drought, many other students left school as well.
Credits: Laura Sheahen/Caritas

de Laura Sheahen

Alice siempre había sido la primera de su clase cuando era pequeña, pero ahora, en la secundaria, la sacaban de clase todo el tiempo. “Cada vez que enviaban a alumnos a casa por no pagar las colegiaturas, mi nombre estaba en la lista”, dice. “Yo estaba avergonzada”.

Técnicamente, en Kenia la educación es gratuita, los padres tienen que pagar unos cuantos dólares al mes para pagarles a los maestros o para reparar el tejado de la escuela. Así que Alice tenía que dejar de asistir a clase durante varias semanas hasta que su familia podía juntar suficiente dinero para enviarle. Luego ella batallaría para ponerse al día. “Tenía que trabajar más duro”, recuerda. “No dormía mucho”.

A pesar de los reveses, Alice logró lo que parecía imposible para una niña aldeana cuyos padres nunca asistieron a la escuela: fue aceptada en una universidad.

“Yo estudié química orgánica y matemáticas”, dice. “Analizaba compuestos orgánicos”.

Un semestre en el preuniversitario cuesta 700 dólares, y Alice tan sólo tuvo un semestre. Luego, la sequía que lenta y eficazmente acabó con cosechas y ganado a lo largo del este de África le puso fin a sus planes de estudio.

“Si hubiera habido una buena cosecha en años anteriores yo hubiera podido seguir estudiando”, dice Alice. Pero no fue así.

“Mis padres tenían tres vacas. Ellos estaban dispuestos a venderlas para cubrir mis estudios, pero durante la sequía los precios eran demasiado bajos”, dice. Escuálido y debilitado por el hambre, el ganado no alcanzaba los precios normales. “Normalmente una vaca se vende por 7000-8000 chelines (U$ 70-80). Sin embargo, durante la sequía el precio era de 3000″.

Al igual que miles de estudiantes en áreas afectadas por la sequía, Alice tuvo que posponer su educación. “Antes, la gente vendía un animal para pagar las colegiaturas”, dice Maurice Savei, quien trabaja para Caritas en el sur de Kenia. “Pero los animales empezaron a morir”.

En algunos casos, a pesar de que los padres no debían colegiaturas, los niños dejaron de asistir a la escuela. No se podían concentrar en las lecciones. “Cuando uno tiene hambre, sólo piensa en comida”, dice un agricultor llamado Mwinzi Tutu.

En el pueblo de Marasabit al norte de Kenia, una viuda llamada Zeinabu Eisimfecha tuvo que sacar a algunos de sus hijos de la escuela al ver morir a sus cabras. En una escuela primaria cercana, los huesos de búfalos y otros animales muertos de hambre yacen cerca de las aulas. “Muchos niños dejaron la escuela por el hambre”, dice el director David Madere.

En Etiopía, Kenia y otros países del este de África, Caritas empezó a trabajar con las iglesias locales para distribuir alimentos de emergencia, como frijol y arroz. Caritas también les pagó a los aldeanos para que construyeran represas, canales de irrigación y otros sistemas de agua para captar la escasa lluvia que cayó en el verano de 2011. Con el dinero que ganaron en los proyectos de construcción, los padres pudieron pagar las colegiaturas. Y con comida en el estómago, los niños podían caminar a la escuela y prestar atención en clase.

Caritas también complementó los alimentos que a veces el gobierno de Kenia les da a los niños en la escuela. “Aquí, Caritas les da avena a los niños por la mañana”, dice Madere. “Esto complementa la comida que el gobierno les da al mediodía”.

“A veces los niños no tienen qué comer en casa”, continúa diciendo. “Así que la comida de Caritas es importante”.

“En agosto de 2011, el nivel de asistencia a la escuela fue más alto en aquellas escuelas que tenían programas de alimentación”, dice Angela Muchai de Caritas Kenia. “Es lo único bueno que tuvo la sequía”.

Alice ganó algo de dinero trabajando en un represa de Caritas cerca de su aldea, y se le ocurrió de idea de cocinar y venderles comida a otros trabajadores en la represa. Pero todavía le falta mucho para poder volver a estudiar. “Pensé que para ahora yo estaría en otra parte”, dice en voz baja, viendo hacia otro lado.

Los alumnos más pequeños, sin embargo, están retornando a la escuela. “Dos de mis hijos tuvieron que abandonar los estudios. Ahora han vuelto a clases”, dice Zeinabu, la viuda, quien recibió de Caritas comida para ella y sus siete hijos. “Están muy contentos de haber vuelto: Prometieron que van a trabajar duro”, dice sonriendo, “para un día poder ayudarme a salir de mis problemas”.