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Marie-Josée (center), a beneficiary of Caritas project for the reintegration of women victims of war Credits: Worms/Caritas

Marie-Josée (center), a beneficiary of Caritas project for the reintegration of women victims of war
Credits: Worms/Caritas

“Karibu, bienvenido” exclama Adèle. Ella es agrónoma y líder de tres asociaciones de beneficiarias de un proyecto de Caritas, que ayuda a la reinserción de mujeres víctimas de la guerra. En la República Democrática del Congo, concretamente en la región Kivu del Norte, a 70 kilómetros de Goma por la carretera de Rutshuru, Adèle y una docena de mujeres trabajan sin tregua en los campos: “Hemos sembrado semillas de cacahuete y hemos arrancado la mala hierba, para que no se esparza por todos lados”, nos explica ella.

Adèle nos cuenta: “Cuando Caritas inició el proyecto, éramos 60 mujeres. Hemos recibido semillas de cacahuetes, frijoles y guisantes. Con las primeras cosechas, compramos semillas de maíz. Tenemos dos hectáreas de buen maíz que pronto podremos cosechar”.

Marie-José es una de las beneficiarias:”Cuando entré en la asociación, yo no me encontraba bien. Estaba traumatizada, mi marido había sido asesinado, nos había robado todo lo que teníamos. Yo ya no tenía coraje, tenía la cabeza atolondrada. Mis hijos tenían hambre y cada día era más difícil encontrar qué comer”.

La región Kivu Norte, en la zona oriental de la República Democrática del Congo, es escenario de terribles actos de violencia. Los muertos se cuentan a millones. Oficialmente, el conflicto se terminó (aunque no cesaron los ataques por parte de grupos armados y el desorden sigue siendo un grave problema).

Todavía hay más de 1,7 millones de personas que no pueden retornar a casa por la violencia. Hay enfrentamientos entre grupos étnicos rivales, por la tierra o sus recursos. Caritas denuncia en particular la vulnerabilidad de las mujeres, cuando abandonan sus hogares a causa del conflicto. En Congo, se ha usado con frecuencia la violencia sexual como arma de guerra y las violaciones siguen siendo ahora un problema endémico.

Y muchas mujeres como Marie-José, que retornan a la casa que abandonaron por el conflicto, necesitan ayuda para reanudar sus vidas: “Al principio, yo llegué al proyecto para estar con otras mujeres y compartir mi dolor. Yo sabía que no podía seguir como estaba. Los amigos de Caritas me dieron una cabra y semillas. Para mí fue un nuevo comienzo. Cuando parió la cabra, pude vender el cabrito y sacar un poco de dinero para mi casa. Con las primeras cosechas fue más fácil alimentar a mis hijos”.

Adèle imparte formación en técnicas agrícola a las mujeres que, como Marie-José, forman parte del proyecto. Asimismo, supervisa la condición de los cultivos y no vacila en meter sus manos en la tierra para ayudar. Su marido, Chiza Adeadatus, se hace cargo de la alfabetización de las mujeres. “Dos veces por semana, 47 mujeres vienen a los cursos de lectura y escritura. Las sesiones duran tres meses y ahora varias me han dicho que quieren hacer cursos de francés. Cuando fuimos a votar el lunes pasado, tendrían que haber visto lo orgullosas que se sentían mis alumnas, porque pudieron firmar su nombre en el registro sin ninguna dificultad”, comenta Chiza.

Justin Mafuko, administrador del proyecto en la región Kivu Norte, nos dice: “Motivamos a las mujeres a crear bancos de semillas. Parte del dinero obtenido por la venta de las cosechas debe ser utilizado para comprar las semillas necesarias para la siguiente siembra o para mejorar las herramientas de producción de las asociaciones. Otro ejemplo, es que hemos establecido molinos que les permiten a las mujeres moler sus granos a un precio muy bajo. La harina que se obtiene se vende y con los beneficios las mujeres pueden comprar nuevas variedades de semillas para diversificar su producción. Asimismo, ellas pueden decidir comprar más cabras para sus rebaños”.

En Kibumba, también en ruta hacia la Goma – Rutshuru, Marceline se encuentra en uno de estos molinos en medio de una nube de polvo. Junto con Zamoukunda y Bélise, preparan harina de sorgo, un cereal local: “Con la harina podremos preparar el fufu (una pasta hecha con harina cocida y machacada) que iremos a vender en el mercado. También podremos preparar comida para nuestros hijos. Yo tengo cinco hijos y después de que mataron a mi marido yo los tengo que criar sola”.

Gracias al dinero que han ganado, ahora Zamoukunda puede enviar de nuevo a sus hijos a la escuela. “Al igual que Marceline, yo tengo cinco hijos y me quedé sin marido. Con los cultivos, con el molino y nuestra cría de cabras, nuestra vida ha mejorado. Sigue siendo difícil, pero ahora puedo enviar a algunos de mis hijos a la escuela. No todos pueden ir, no tengo suficiente dinero, pero ya llegará el momento de poder hacerlo. Con los molinos, sabemos que nuestra actividad podrá seguir adelante”.

La consolidación de la paz es otra faceta importante del proyecto. En la granja de Bugura, Agnès, otra de las mujeres que participan en el proyecto, nos cuenta: “Antes había muchos conflictos entre las comunidades. Nos disputábamos la tierra, siempre encontrábamos motivos de división. Con frecuencia eso terminaba en violencia. Sin embargo, ahora trabajamos juntos. En nuestros encuentros cotidianos, nos damos cuenta de que no somos diferentes unos de otros y que las viejas creencias sobre una u otra tribu no son más que invenciones. Desde que se creó la asociación, cuando hay un problema nos reunimos para encontrar soluciones pacíficas. Porque, al fin y al cabo, ¡todos hemos padecido los mismos sufrimientos!”

Otra mujeres de la comunidad ven los beneficios de participar en el proyecto implementado por Caritas con el financiamiento de la Agencia Española de Desarrollo. En la asociación de Adèle, Marie-José y Agnès, el número de mujeres ha aumentado de 60 a 147. “Muchas mujeres más se quieren unir, pero no tenemos los medios para aumentar nuestra capacidad de producción para poder acomodarlas, explica Adèle. Nuestra prioridad es crear un lugar de secado y almacenaje para la cosecha de maíz. Luego, ya veremos”.

La financiación del proyecto terminó en octubre de 2011. Las asociaciones ya han logrado cierta autonomía, sus actividades ya no se ven directamente amenazadas. Actualmente, el proyecto en la diócesis de Goma cuenta con 750 participantes. Sin embargo, encontrar nuevos donantes les permitiría a las otras mujeres víctimas de la guerra beneficiarse del impacto positivo del programa.