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Stefani telephones Onan’s mother with the good news that Onan has arrived safely at Caritas Belen reception centre in Saltillo. Credits: Worms/Caritas

Stefani telephones Onan’s mother with the good news that Onan has arrived safely at Caritas Belen reception centre in Saltillo.
Credits: Worms/Caritas

Para Stefani, la espera es terrible.

Son las ocho de la mañana en el Belén, el centro de recepción de Caritas, en Saltillo, al norte de México. La ciudad se ubica a 300 Km. de los Estados Unidos. Ella espera a que llegue su novio, Onán. Han quedado en juntarse aquí para luego tratar de cruzar juntos la frontera.

Stefani tiene 17 años y es de Honduras. Está embarazada de siete meses. “Ya no podía seguir viajando en tren”, dice. “No podía correr. No podía saltar de los trenes. Era demasiado peligroso”.

Llegó a Saltillo en autobús, junto con el hermano de 15 años de su novio. No tenían suficiente dinero para comprar un tercer boleto para Onán. Él tuvo que viajar en el tren de carga. La última vez que lo vio fue hace una semana. “Ya debería haber llegado”, dice.

Cada año, miles de migrantes indocumentados desafían bandas de criminales, agentes de migración y los elementos para subirse a los trenes de carga que van del sur de México hasta la frontera con los Estados Unidos. Los trenes son conocidos como “la Bestia” o el “Tren de la muerte”. Los secuestros, los asesinatos, los arrestos y los accidentes son ocurrencias comunes.

Las malas noticias viajan rápidamente a lo largo del trayecto. “Les pregunté a los que acaban de llegar si sabían algo”, dice. “Tal vez ha habido problemas con los agentes de migración o con los del tren. Pero no he sabido nada de él”.

El miedo no es nada nuevo para Stefani. Ella está huyendo de él. Ella está dejando Honduras, que actualmente tiene la tasa de asesinatos más alta del mundo, seguido de cerca por sus vecinos centroamericanos.

“Uno no se escapa de la violencia en Honduras”, dice. “Yo vengo de una familia armoniosa. Estábamos contentos en nuestro hogar. Pero en cuanto salía a la calle, entraba a un mundo diferente. Afuera había pandillas callejeras, prostitución, drogas y armas. Uno siempre andaba viendo al suelo”.

Una noche, una pandilla llegó a la casa y se llevó a su padre; su cuerpo apreció tirado al día siguiente. “Yo no quiero que mi bebé pasé por lo que yo he tenido que soportar”.

La Madre Guadalupe Reyes está a cargo de los recién llegados al centro de recepción de Caritas en Saltillo; ahí reciben una buena comida, un lugar seguro donde pasar la noche y un poco de ropa. “Atravesar el país es especialmente peligroso para las mujeres”, dice. “Las que llegan son fuertes, muy fuertes”. [Vídeo de la entrevista con Guadalupe Reyes]

Las historias trágicas no son poco comunes. Pero hay buenas noticias para Stefani. Onán llega ese día: “Los agentes de migración pararon nuestro tren dos veces”, cuenta. “Tuve que saltar y esconderme”.

Luego, Stefani llama por teléfono a la madre de Onán para darle la buena noticia. Ella también quiere saber si hay noticias de los otros dos hermanos de Onán. Ellos ya están en Estados Unidos y les están pagando a “coyotes” para que los crucen al otro lado. El precio es de entre US$1.500 y US$2.000 por persona, pero no garantiza el éxito, ni la seguridad.

El contrabando humano es un negocio en apogeo, de acuerdo con la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Crimen, las ganancias son de miles de millones (más de US$32.000 millones en 2005). Caritas Internationalis plantea que, aunque todo país tiene el derecho a regular la inmigración, las medidas restrictivas simplemente están alentando a la gente a recurrir a canales de migración más caros y peligrosos. Asimismo, dice que lo que se necesita es tener políticas de inmigración más flexibles. Esto también evitaría la pérdida de miles de vidas.

“Yo me fui para que mi familia pueda tener paz y seguridad”, dice Stefani. “Pero para los migrantes de Centroamérica, este viaje es demasiado difícil, demasiado peligroso, todo lo que queremos es sobrevivir ”.