Todavía queda mucho por hacer en bastantes partes del mundo y en diversos ámbitos, para destruir aquella injusta y demoledora mentalidad que considera al ser humano como una cosa, como un objeto de compraventa, como un instrumento (…) sólo el abierto reconocimiento de la dignidad personal de la mujer constituye el primer paso a realizar para promover su plena participación tanto en la vida eclesial como en aquella social y pública.

Christifideles laici 49, 177

P. Luis Carlos

La violencia en sus diferentes manifestaciones es un tema que nos atraviesa a todas y todos. Tanto los hombres como las mujeres suelen ser objeto y sujeto de violencia, aunque la situación de subordinación social de la mujer favorece que ésta se transforme, con mucha mayor frecuencia, en la destinataria de violencias estructurales y coyunturales.

En un estudio realizado por la OMS en varios países, entre un 15% y un 71% de las mujeres refirieron haber sufrido en algún momento violencia física o sexual por parte de su pareja. (Nota descriptiva N.° 239; Actualización de septiembre de 2011, Organización Mundial de la Salud)

Escuchar y pensar sobre las violencias ejercidas contra las mujeres (de distinto sector social, edad, religión, etnia, etc.) produce malestares, estremecimientos, estupor, indignación. Podemos enterarnos de la violencia cuando invade el ámbito público mediante la crónica policial o cuando se impone como espectáculo en los medios gráficos o televisivos. En estos se establece una norma de visibilidad de los hechos violentos, considerados como “cotidianos” o “naturales”, en la que se  entrecruzan lo público –la violencia como realidad que padecen las personas- y lo privado –la intimidad de las personas violentadas-. La narración –escrita, radial y televisiva- la vuelve ostentosa, casi obscena cuando promueve una hipertrofia del escuchar y del ver, una tendencia voyerista de fascinación de quienes asisten “pasivamente” a las violencias padecidas y ejercidas.

El auge de los medios masivos de información y las tendencias de ciertos noticieros televisivos y radiales, cambian de lugar a la violencia y la introduce en las vidas de quienes la miran o la escuchan como un hecho más. Así, domesticada y convertida en objeto que se puede tolerar y consumir, la violencia queda neutralizada, anulándose, en muchas personas, su carga negativa.. O se recurre a mecanismos de evitación y rechazo (cambiar de emisora o de canal) como forma de eludir el malestar que provoca ver y escuchar hechos violentos

La resistencia a conocer o escuchar sobre las violencias es un mecanismo defensivo que se utiliza cuando no se tolera el displacer. Se niega o disimula una realidad incómoda y amenazante que dificultará el reconocimiento de ciertos comportamientos como violencia y la asunción de una actitud crítica frente a los mismos. La evitación y el rechazo se manifiesta por sensaciones de incomodidad y de ataque a la intimidad, posturas corporales defensivas, expresiones verbales encubridoras o silencios cómplices. Un hecho violento –golpes, violación, abuso- genera diversos tipos de expresiones tanto en la comunidad como en la victima y en el agresor.

La comunidad ¿Qué suele decir?

-“Eso le pasa a ciertas mujeres”

-“No es para tanto”

-“De eso no se puede hablar, no nos tenemos que meter en eso”

-“No tienen vergüenza ni pudor, no vamos a meternos en problemas ajenos”

-“Y… algo habrá hecho… por algo habrá sido”

- “A esos degenerados hay que matarlos”

-“Las mujeres tienen que denunciar lo que les pasó para que se sepa cómo son las cosas y evitar que se repitan”

Por su parte, la victima suele decir:

-“¿Por qué a mí?

-“Nunca voy a poder contarlo”

-“A lo mejor me lo merezco”

-“Yo siento miedo de provocar, ¿Cómo tengo que vestirme para salir a la calle?”.

-“Ustedes no saben lo que es esto, no podre olvidarme”

-“Yo no lo provoque ni quise que esto me pasara”

-“Necesito que me crean y que me ayuden”

Y el agresor suele expresar:

-“Los hombres somos así”

-“Y…  ¿para que provoca?

- “Se la estaba buscando”

-“A las mujeres les gusta”

-“Yo lo hago por su propio bien”

-“A ella le viene muy bien que yo le haga entender como deben ser las cosas”

-“Cuando una mujer dice no, lo que quiere decir es si”

-“Las mujeres son fantasiosas, exageradas y también mentirosas”

-“Bueno… ¡se me fue la mano! ¡Pero hace de todo un drama!

Estas expresiones de protagonistas y testigos de hechos violentos van desde la aparente indiferencia, las explicaciones rápidas, las justificaciones, los deseos de venganza y las posturas reivindicatorias hasta la crítica y la censura directas. Los mitos y estereotipos que expresan estas ideas conforman el imaginario social acerca de los hechos de violencia contra las mujeres. Este imaginario responde a la dinámica de complejos procesos sociales que, en forma de ideologías, privilegian determinados valores, opacando o postergando otros, proponiendo o defendiendo distintas éticas que se autodefinen como únicas y las mejores. Este imaginario social actúa sobre el imaginario personal, transformando la ideología que lo promueve en pensamientos y acciones inmutables y excluidas de todo cuestionamiento. Estas creencias persisten a través del tiempo, se reproducen por consenso social y perpetuán una eficacia simbólica que opera como la verdad misma.

La consecuencia es que se minimizan o se niegan los hechos de violencia considerándolos “normales” o “habituales”, se desmienten las experiencias de las mujeres  y se desvía la responsabilidad de los agresores. Pero, cuando la presencia inobjetable del hecho no permite poner en marcha esos mecanismos de rechazo y evitación, ya no se puede permanecer en una posición neutral por el conflicto planteado entre el agresor y la víctima; ella lo quiere y necesita olvidar pero no puede ya que sus mecanismos de defensa empiezan a desquebrajarse, lo que no lo permite es el ciclo alienante de violencia que las paraliza.El atacante convoca a no hablar y pide complicidad y que se olvide lo sucedido. Por su parte, la comunidad toda desea olvidar lo displacentero y generalmente lo consigue.

La consecuencia esperable será descontextualizar a las personas violentadas considerándolas singularidades aisladas que deben permanecer en el secreto y silencio. Un silencio que, por un lado, ejerce la sociedad y, por otro, las víctimas, desmintiendo los mecanismos sociales de producción y reproducción de violencias cotidianas.

Hay que recordar también que además de los mecanismos de censura ejercidos por los agresores, las victimas y la comunidad, una vez que el hecho de violencia llega hasta los medios, muchos hechos de violencia contra mujeres quedan en lo invisible por esos mismos mecanismos de censura y porque la violencia ocurre en la esfera privada o en situaciones “sin derecho” come es el caso de muchas mujeres migrantes, que en su trayectoria migratoria o en sus lugares de trabajo experimentan violencia.

Pero también existen otras formas de conectarse con el tema que no son ni la visualidad ostentosa ni la negación ni el rechazo. Plantearse la necesidad de un saber comprometido y responsable permitirá elaborar diversos modos de acercamiento y apoyo a las personas agredidas para impedir su exclusión psicológica y social.

PRESBITERO

LIC. LUIS CARLOS AGUILAR BADILLA

REFERENTE DE EQUIDAD HOMBRES Y MUJERES –CAMEXPA

VICARIA DE PASTORAL SOCIAL

DIOCESIS DE PUNTARENAS