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Luis Enrique has been working for over an hour on patching up the two guitars that madre Guadalupe brought him at Belen, the migrants reception home in Saltillo, North Mexico. Credits: Worms/Caritas

Hace más de una hora que Luis Enrique trabaja reparando las dos guitarras que la madre Guadalupe le donó a Belén, la posada del migrante en Saltillo, al norte de México.
Credits: Worms/Caritas

“Amo las guitarras, ellas me han acompañado toda mi vida. En Honduras, mi padre era un músico famoso. Tratar de reparar sus viejas cajas me ocupa las manos y el espíritu”.

Hace más de una hora que Luis Enrique trabaja reparando las dos guitarras que la madre Guadalupe le donó a Belén, la posada del migrante en Saltillo, al norte de México.

Luis Enrique llegó ayer. Él piensa en Manuel, su compañero de viaje. “Yo le dije que esperara, que algo se movía en la orilla”.

Hace tres días, los dos amigos estaban a la orilla del Río Bravo, en la frontera entre México y los Estados Unidos. Luis Enrique conocía bien la ruta por la que debían cruzar. Él ya había intentado cruzar dos veces. Las dos veces fue deportado por los servicios de migración de los Estados Unidos. Sus experiencias le costaron caro, pero ahora sabe que debe cruzar la frontera sin la ayuda de “coyotes”.

“Hay que tomarse tiempo, estudiar el terreno, asegurarse de que todo está en calma. Yo le dije que esperara, pero Manuel estaba demasiado entusiasmado de estar tan cerca del objetivo. Se tiró al agua y así fue como lo agarraron. Yo me logré escabullir, pero él no”.

Manuel cayó en manos de una banda de criminales que se distribuyen la frontera. Estas bandas obligan a los migrantes a pagar un “peaje”. Los que no cruzan con la ayuda de “coyotes”, son atrapados por las bandas y detenidos como rehenes o incluso son ejecutados para servir de ejemplo disuasivo para otros migrantes.

La Hna. Leticia Gutiérrez Valderrama es la secretaria general de la pastoral de los migrantes de la Conferencia Episcopal mexicana. Ella explica por qué es que las bandas criminales se interesan en el tráfico de migrantes: “Para el crimen organizado, los migrantes representan una fuente de mano de obra forzada fácil de obtener. La guerra entre las bandas criminales y las fuerzas gubernamentales resulta en numerosas bajas entre los matones. Los migrantes son secuestrados y torturados a tal punto que pierden el juicio. Son condicionados para llevar a cabo los trabajos sucios, los asesinatos, las violaciones y se convierten, a su vez, en los torturadores de otros migrantes. La suerte de las mujeres es aún más terrible. Las migrantes capturadas son explotadas en las redes de prostitución”.

La Hna. Valderrama también explica que los migrantes en tránsito son una fuente importante de ingresos para las bandas criminales. “Ellos deben pagar por el derecho de subirse a los trenes, pagarles a los traficantes para cruzar la frontera. En el peor de los casos, son secuestrados y obligados, bajo tortura, a dar los datos de miembros de su familia que ya estén en los Estados Unidos o que se hayan quedado en su país de origen. Si éstos se niegan a pagar un rescate, los asesinan”.

Jose Isidro Fuentes, víctima y testigo

Luis Enrique has been working for over an hour on patching up the two guitars that madre Guadalupe brought him at Belen, the migrants reception home in Saltillo, North Mexico. Credits: Worms/Caritas

Madre Guadalupe trae dos guitarras para ser arregladas por Luis Enrique.
Credits: Worms/Caritas

Esa misma mañana, la madre Guadalupe Reyes debe acompañar a un recién llegado para ir al doctor. José Fuentes acaba de vivir un infierno, tres semanas de sufrimiento, trabajo forzado, tortura y miedo a manos de los “Zetas”. Este cartel de la droga está considerado como el más violento de México. Su base se encuentra al norte del país, en la región de Nuevo Laredo, en la frontera con Estados Unidos. Muy activos en la región de Monterrey y Saltillo, realizan sus actividades criminales en más de veinte estados del país.

Al regresar de su visita al médico, José se instala en una mesa en el patio de la posada del migrante en Saltillo. Se debe concentrar para pelar nueces. Sus manos tiemblan, todo su cuerpo está adolorido. Con todo, Luis Enrique trata de olvidar las imágenes que lo atormentan. “Las medicinas que me dieron alivian el dolor. Está mejor. Aquí estoy seguro. Todos me cuidan, ahora debo recuperar las fuerzas. ¿Regresaré a mi casa en Honduras o intentaré de nuevo cruzar a los Estados Unidos? En Honduras, mi madre y mis dos hermanas pequeñas dependen de mí. La más joven quiere estudiar, ¿qué voy a hacer?”

José ha decidido testificar de forma anónima ante la Comisión Mexicana de Defensa de los Derechos Humanos.

“Es necesario que la gente sepa cómo nos obligan a vivir. Yo soy decorador de interiores y, en mí país, no hay trabajo. Es por eso que quiero ir a los Estados Unidos. Al llegar a Monterrey encontré trabajo como decorador en un club de striptease. Yo quería trabajar un tiempo para ganar lo suficiente para pagar el paso de la frontera, pero cometí el error de haber confiado en una persona mala. Ella me dijo que sabía de una granja en donde yo podía trabajar unas semanas más y que, a cambio, el dueño me pasaría al otro lado del río de forma segura”.

El dueño de la granja le dijo a José que tenía una empresa que transportaba muebles a los Estados Unidos. Era en uno de esos camiones que José debía pasar la frontera. El plan era plausible, mas la realidad fue muy diferente.

“Yo trabajé tres semanas en la granja, sin recibir pago, hasta el día en que quise llamar a mi mamá para contarle las últimas novedades. El patrón me dijo que iba a llamar a un amigo para que me acompañara al pueblo a hacer mi llamada. Llegó un coche todo terreno con tres hombres a bordo. No fue sino hasta que vi las armas que comprendí que yo ya no era un hombre libre. Ellos me pusieron una bolsa de papel en la cabeza y me llevaron a una casa grande. Ahí fue donde comenzó el horror”.

Rehén de los “Zetas”, José estaba fue encerrado en una de las habitaciones de la casa junto con otros 15 migrantes. Entre el grupo había mujeres. A menudo se las llevaban a una habitación en el segundo piso. Sus gritos fueron suficientes para que José supiera a qué las estaban sometiendo.

Jose Fuentes has to concentrate to shell nuts. His hands shake, his entire body hurts. He has just gone through hell. Three weeks of suffering, forced labour, torture and fear at the hands of the "Zetas". Credit: Worms/Caritas

José Fuentes acaba de vivir un infierno, tres semanas de sufrimiento, trabajo forzado, tortura y miedo a manos de los “Zetas”. Se debe concentrar para pelar nueces. Sus manos tiemblan, todo su cuerpo está adolorido.
Credit: Worms/Caritas

“Desde el primer día, me golpearon muy fuerte. Mis secuestradores querían saber si yo tenía familia en los Estados Unidos. Yo no tengo familia al otro lado de la frontera. Me torturaron por tres días, hasta que un día nos juntaron para viéramos lo que nos iba a pasar si no les dábamos lo que querían. Un hombre estaba colgado de los brazos. Los secuestradores nos dijeron que si él no tenía familiares con quienes ellos pudieran contactar, no les servía para nada. Poco después, él estaba muerto. Todos los días teníamos que trabajar como esclavos preparando cientos de comidas sin saber para quién eran. Cada noche, nos golpeaban para que nos recordáramos que ya no teníamos ningún derecho”.

José dio el número de teléfono de su único amigo que vivía en Pensilvania. Los secuestradores contactaron con el amigo y le exigieron US$ 1.000 para poner a José en libertad. Una vez que recibieron el rescate, exigieron otros US$ 1.000 para liberarlo con vida. El amigo volvió a pagar. Días más tarde, José y otras personas fueron liberados y abandonados a la orilla de un camino desierto. Lograron llegar a una casa en donde los dueños les dieron agua, comida y alcohol para calmar el dolor. Luego de dos días en esa casa, José tuvo fuerzas para llegar a la posada de Caritas en Saltillo.

“Soy libre de nuevo, tengo una oportunidad, muchas oportunidades; pero pienso en todos aquellos que todavía siguen como prisioneros. Estábamos separados en grupos pequeños, pero yo creo que en esa casa había más de cien migrantes. ¿Cómo es posible que nadie haga nada para arrestar a esa gente? No estábamos muy lejos del pueblo, seguro que la gente y las autoridades saben lo que pasa ahí”.

Las bandas de criminales no son el único peligro al que se tienen que enfrentar los migrantes. Las fuerzas de seguridad privadas encargadas de proteger los trenes y las mercancías, y ciertos representantes del Estado (la policía federal, los agentes de migración) también participan en la explotación de la debilidad de los migrantes. Abundan los testimonios de las extorsiones y la violencia física que han sufrido.

De acuerdo con la Hna. Valderrama, cada año desparecen en México 20.000 migrantes sin dejar rastro.