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Ana Luisa and her nurse daughter are taking a walk. Credits: Worms/Caritas

Ana Luisa and her nurse daughter are taking a walk. Credits: Worms/Caritas

«Comer lo suficiente es una gran preocupación aquí para la tercera edad. Casi el 18 % de la población tiene más de 60 años, dice Migdalia Dopico, coordinadora del programa de asistencia a los ancianos de Cáritas cubana. Ellos están entre los más afectados por la pobreza y la exclusión. Por ese motivo, no nos sorprende que las listas de espera se alarguen para integrar los programas que nosotros ofrecemos.»

Al menos 28.000 beneficiarios, millares de comidas servidas, ropa lavada y sonrisas recuperadas: así es el programa más extendido y el reto cotidiano de Cáritas cubana.

A través de las 11 diócesis de la isla, se han instalado 190 comedores para la preparación y distribución de comidas. Este servicio cuenta con la colaboración de más de 800 voluntarios que no ahorran esfuerzos para ofrecer algo de comer a sus « ancianos », lavar su ropa y organizarles actividades físicas, espirituales, productivas y recreativas.

En Perico, una localidad de la diócesis de Matanzas, Clarita es una de esas voluntarias. En la parte trasera de su casa, ha instalado otra cocina. Clarita nos recibe entre cazuelas y acompañada por otras tres mujeres de la zona, que también son voluntarias del programa

«Hoy no hay suministro de corriente eléctrica y, por eso, hemos utilizado nuestra estufa de carbón. Se tarda un poco más en preparar las 80 comidas que vamos a distribuir, pero ya estamos acostumbradas».

Ya han llegado los primeros beneficiarios. Se ponen alrededor de unas mesas preparadas en el patio de Clarita. Se intercambian novedades, todas sobre las últimas creaciones del taller de costura. La costura es otra actividad del programa de ayuda a los ancianos. La formación y los talleres creados permiten a las mujeres del grupo de «ancianos» recuperar una actividad que genera ingresos, así como terminar con el aislamiento que sufren.

La comida está lista. Algunos comen directamente allí, pero otros se llevan los alimentos en una fiambrera. « Preparamos de comer tres veces a la semana. Los que no comen aquí, probablemente quieren racionar su almuerzo, de manera que les quede algo para la noche o incluso para otro día. Quizás algunos quieran compartirlo con un hermano, hermana o niño, que nosotros no podemos recibir en el programa, a causa de la falta de fondos suficientes» nos cuenta Clarita.

Y de este modo, se sirven más de 16.000 comidas al mes, en la sola diócesis de Matanzas, explica Jorge Luis Díaz Durán, el director de esta Cáritas diocesana.

«Es difícil imaginar la verdadera vida de los cubanos y en particular de los ancianos. Muchos jóvenes de estas localidades se fueron a la ciudad a buscar trabajo o, los que pueden, al extranjero. Y estando lejos, la vida ya les resulta bastante difícil, por eso es casi imposible que puedan también ayuda a sus padres o abuelos, que quedaron atrás. Cada día recibimos más peticiones de ayuda alimentaria de ancianos, que no se sienten bien para salir solos de casa».

Las personas que no pueden desplazarse al lugar de distribución pueden recibir la comida en sus propias casas. Acompañamos al equipo de Caritas Matanzas en su ronda de repartición y salimos al encuentro de la realidad de las personas ancianas en Cuba.

Dos ancianos ante la pobreza extrema

Jerónimo nos recibe al cruzar su puerta. La casa que comparte con su esposa se ve deteriorada, gastada como sus ocupantes. En el interior, una televisión vieja y rota, una cama, una mesa y tres sillas, constituyen una decoración minimalista.

« Yo he trabajado como funcionario toda mi vida» – nos cuenta Jerónimo: « Una vida de trabajo y sin embargo mi casa está en ruinas. Mi pensión es de 220 pesos al mes (8 USD), ¿cómo se puede vivir hoy en día con tan poco? Sin la ayuda de Cáritas, yo no sé cómo podríamos comer todos los días».

El placer es genuino cuando Clarita entra en casa de los beneficiarios. Con su sonrisa fácil y su placer en servir a las personas que más lo necesitan se gana una acogida calurosa. Sin embargo, no obstante las sonrisas luminosas de los beneficiarios y su alegría al poner fin por un momento a su soledad, es imposible ignorar la extrema miseria de sus condiciones de vida.

Ana Luisa, con más 80 años, se ha puesto guapa hoy. Su hija, que es enfermera, ha venido a ayudarla. Los miércoles, ella recibe en su casa a un grupo de ancianos para rezar juntos el rosario. « Bienvenidos amigos de Cáritas, a mi modesta casa. Es siempre una alegría recibir la visita de Clarita y descubrir los buenos platos que ella cocinó».

Catalina es también muy anciana de avanzada edad, que vive sola en casa con un hijo afectado por el síndrome de down. Rápidamente, las lágrimas afloran a los compañeros de equipo de Clarita, viendo el sufrimiento de esta mujer: «Miren ustedes a su alrededor – dice ella – nosotros no tenemos nada. Yo estoy enferma y no me puedo mover de la cama. ¿Quién va a cuidar de mi hijo? Él no puede salir de casa solo y yo ya no tengo fuerzas ni para lavarlo ni para hacerle la comida». Nos duele imaginar a esta anciana mujer ocupándose ella sola de su hijo de 40 años. Hay algunos vecinos que pasan de vez en cuando a ayudar un poco, pero eso no es suficiente.

Los servicios sociales no pueden responder a las necesidades de muchos habitantes de la isla. Así es para Benedicto, un carpintero que perdió una pierna en un accidente de trabajo y ya no sale de casa, o para Daniel, que hace poco enviudó y que espera para reunirse con su esposa. Ellos sólo pueden contar con la ayuda de Cáritas.

En todas partes de la isla, los centros de Caritas los reciben. Algunos de ellos sólo pueden ofrecer tres comida a la semana, pero otros lo hacen cotidianamente. Como es el caso en Santo Domingo, donde Melida Calvez y Pedro, su marido, han consagrado su vida a ayudar a los ancianos. En su casa, acompañados por otros miembros de su familia, reciben todos los días a 104 beneficiarios.

« Realmente queremos que estas personas se sientan rodeadas del amor de Jesucristo, explica Melida. Eso significa que hay que responder a todas sus necesidades. Además de las comidas y lavar la ropa, hemos creado un espacio en el que pueden venir a lavarse. También nos aseguramos de que los que las necesitan tomen sus medicinas. Organizamos grupos de oración y reflexión espiritual o incluso debates sobre cuestiones sociales. Aquí, los ancianos se sienten bien y eso llena de gozo nuestros corazones».

El Papa estará la próxima semana en Cuba por una visita de tres días.

Uno de los beneficiarios del grupo de Santo Domingo, en lágrimas, nos dice: «Yo he pasado por las instituciones psiquiátricas estatales. Espero que el Papa pueda hacer algo para consentir a esos enfermos como yo beneficiarse de la ayuda de la Iglesia y de Cáritas. Porque sentirse amado es sentirse vivo».