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Caritas Lebanon's Rita Rhayem sits in a room occupied by three Syrian families in Bekaa Valley, Lebanon. Caritas will support Syrian refugees in Bekaa with blankets, heaters, personal hygiene equipment. Hundreds of families have fled Syria to Lebanon since fighting broke out in Syria in March 2011. Credits: Patrick Nicholson/Caritas

Caritas Lebanon’s Rita Rhayem sits in a room occupied by three Syrian families in Bekaa Valley, Lebanon. Caritas will support Syrian refugees in Bekaa with blankets, heaters, personal hygiene equipment. Hundreds of families have fled Syria to Lebanon since fighting broke out in Syria in March 2011.
Credits: Patrick Nicholson/Caritas

de Patrick Nicholson

El hijo de *Mohamed nació hace pocas semanas, durante la batalla de Baba Amro, un suburbio de la ciudad siria de Homs. “El bebé nació con la asistencia de un dentista”, dice el padre, en un dispensario improvisado que antes era la casa de un vecino. “No tenían ningún equipamiento médico-sanitario” dice. Los vecinos ofrecieron todo el algodón, lana y vendas, que pudieron encontrar. Ese día, el dentista estaba curando principalmente heridas de metralla, sin embargo, cuando un bebé tiene que nacer, no espera a que termine la guerra para hacerlo.

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Baba Amro ha sido escenario del peor de los conflictos en Siria, desde el inicio del levantamiento, en marzo de 2011. Durante el asedio, para Mohamed, su esposa, su hija de tres años y el bebé recién nacido, la vida era de mera supervivencia cotidiana: “Había bombardeos de noche y de día, el agua y la comida se terminaron y no teníamos ni corriente eléctrica”, dice Mohamed.

Mohamed iba a por agua a las casas abandonadas de sus vecinos, que habían escapado de los enfrentamientos. Cada vez que salía de casa, tenía miedo: “Nos daba miedo incluso cruzar la calle para conseguir leche para los niños, a causa de los francotiradores”, recuerda él.

Pasaban las semanas y cada vez había más heridos por los bombardeos. Mohamed dice que como les impedían recibir tratamiento médico, él los ayudaba a llegar a los hospitales improvisados en el terreno, que se habían montado en casas particulares. Él recuerda que ayudó a unas 50 personas.

Era peligroso dejar a su familia sin protección. Pero él tenía que ayudar. Cuando una noche los bombardeos alcanzaron la casa de su vecino, el salió para ver qué podía hacer para ayudar. Cuando volvió a su casa, después de media noche, su esposa, su hija y su bebé, habían desaparecido. Un testigo dijo que unos desconocidos entraron en la casa, los mataron a todos allí y luego se llevaron los cadáveres.

Mohamed localizó sus restos: cuerpos mutilados, que habían sido degollados y cuyos rostros fueron hechos trizas. Los pudo identificar solo porque reconoció una cicatriz en un brazo del bebé. Los enterró en un jardín cerca de la mosquea, luego buscó a los padres de su esposa y, esa misma noche, escapó de Baba Amro.

Mohamed ha llegado a Bekaa (Líbano) hace cuatro días. Cruzó la frontera ilegalmente, después de que le negaran la entrada en el país. Llegó sin nada, “ni siquiera un paquete de cigarrillos”. Un libanés suní como él lo está cuidando, aunque en la zona predominan los chiitas.

“Ayudamos de la mejor manera posible”, dice el hombre libanés. “Sin embargo, todos los que llegan necesitan ayuda. Los sirios llegan aquí en muy malas condiciones. Allí llevan un año sin trabajo. No hay comida en las zonas flageladas por el conflicto. Algunos de los refugiados necesitan asistencia médica”.

El Valle de Bekaa es pobre y allí las familias tienen que hacer sacrificios para poder tirar adelante. Ellos ofrecen todo lo que pueden. Mohamed comparte una pequeña habitación con otras tres familias. Las paredes están desnudas y el hormigón con grietas. El suelo es duro y frío y hay colchonetas para dormir. No hay calefacción, no obstante las frías noches de invierno.

Según fuentes locales, en cada familia suní libanesa de esa localidad se hospeda al menos una familia siria.

Mohamed interrumpe nuestra entrevista. Tiene que irse corriendo a una entrevista de trabajo. Él era criador de caballos en Siria. Explica lo que pasó a su familia asesinada concluyendo: “Así es la guerra. No hay reglas”.

Cuando él se va, sus amigos dicen que no ha aceptado la muerte de su familia y aseguran: “Él se está volviendo loco de dolor. Pasó todo tan de repente, que todavía está conmocionado”. Están preocupados y temen que intente suicidarse. Quieren aliviar su sufrimiento pero no saben cómo hacer.

Una cooperante de Caritas, Bernadette, está intentado ayudar a los refugiado sirios de la zona. Ella nos cuenta que todas las familias sirias refugiadas que ha conocido han sufrido algún tipo de trauma. Dice que están aterrorizados, con hambre y pasan grandes necesidades: no tienen nada para poder lavarse, ni para dormir.

“Cada día aumenta el número de personas y las necesidades”, dice Bernardette. Hay 7000 sirios registrados como refugiados en Líbano, pero Caritas estima que esas cifras son mucho mayores: al menos unas 26.000 personas. “Tienen demasiado miedo como para ir a registrarse”, observa la cooperante.

Caritas Líbano ya ha empezado a ayudar a las familias en Bekaa. Está distribuyendo calefactores, mantas de lana, ropa de cama y de vestir y otros artículos. Tiene previsto ayudar a unas 4000 familias, durante tres meses, con la ayuda de la comunidad católica de todo el mundo, a través de la Confederación Caritas.

Facilitarán tratamiento médico con dos dispensarios ambulantes, que se centrarán en tratamiento pediátrico y ginecológico, porque otras agencias humanitarias no cubren esa asistencia. También ofrecen asesoramiento y tratamiento de traumas.

Mohamed afirma que su gran prioridad ahora es conseguir que la familia de su esposa salga de Siria. Él no está solo. El número de refugiados se incrementa cada día, porque la gente está huyendo del conflicto. Mientras no se ve en el horizonte una solución al conflicto, las necesidades de los refugiados sirios y los libaneses, que los están ayudando, son cada vez mayores.

* Todos los nombres han sido cambiados