Moussa fled political violence in his West African homeland, making a dangerous journey through the desert and across the Mediterranean to reach Italy. Credits: Caritas

Moussa fled political violence in his West African homeland, making a dangerous journey through the desert and across the Mediterranean to reach Italy.
Credits: Caritas

Por Laura Sheahen 

“Caminando por el desierto, pudimos ver muchos cadáveres. Cuando los veía los evitaba, caminado a su alrededor”. Moussa tenía 14 años cuando se escapó de su tierra natal, Guinea, para pasar dos semanas de viaje, a través del desierto noroccidental de África, esperando poder llegar a Europa. Yo me repetía cada día: “Mañana podré estar muerto”.

La familia de Moussa fue asesinada cuando su país, en África occidental, se vio sumido en la violencia política: “Mi madre, mi padres y mi hermano pequeño fueron a vender las verduras al mercado y fueron asesinados a tiros allí”. Huérfano, Moussa se dio cuenta de que la única manera de sobrevivir era escapar. “Yo ya sabía que arriesgaba la vida en el viaje”, nos cuenta el joven, pero quedarse en Guinea le parecía también la muerte segura.

Con una docena de otras personas y una guía, caminó a través de Mali: “En el desierto no pudimos comer. Durante dos semanas, no comimos”, recuerda: “Yo tenía un poco de pan en mi bolsillo, pero me duró solo tres días. Bebíamos medio vaso de agua al día”.

Pasaron por Timbuctú y siguieron desplazándose hacia Argelia: “En el desierto, hacía mucho frío y el viento era fuerte por la noche y nosotros, sólo con la ropa puesta. Yo me acurrucaba para dormir, cubriéndome la cabeza con las manos para calentarme”.

Al final consiguieron llegar a la costa argelina. Moussa consiguió sobrevivir al desierto, pero luego tuvo que hacer frente a otro viaje peligroso: el viaje en barco hasta Europa.

Pagó 500 USD por una plaza en una lancha inflable, aplastado entre otros 50 refugiados. En medio al Mediterráneo se rompió el motor de la lancha y estuvieron a la deriva durante cinco días. “Estábamos donde el diablo perdió el poncho y la lancha se estaba hundiendo. El agua nos llegaba al cuello. Y yo no sé nadar. Todos pensábamos que íbamos a morir ahogados”, recuerda Moussa.

Después del sufrimiento, la salvación

Muchos europeos y americanos piensan que los inmigrantes llegan a sus países “buscando una vida mejor”, pero no se dan cuenta de que muchos de ellos llegan sencillamente para poder vivir, ¡de cualquier manera! Moussa vio cadáveres de refugiados que murieron en el desierto, por falta de agua. Viajando en la lancha él era consciente de que había muchos refugiados que habían muerto ahogados. Sin embargo, él escapaba de una violencia mucho peor que todo aquello.

Malik también escapaba de su país, de África occidental, Liberia, tras haber sido torturado. Como Moussa, él atravesó a pie el desierto: “Como había poca agua, bebí petróleo diluido en agua”—y luego se embarcó en una lancha para cruzar el Mediterráneo. Cuando la lancha se quedó sin carburante, estuvo a la deriva en el mar. A l final fueron rescatados por un helicóptero.

También se pudo salva la lancha de Moussa, que se estaba hundiendo. Al final, ambos hombres consiguieron llegar a Roma. Sin embargo, como otros millares de refugiados que viven en Italia, no tenían un sitio para dormir, ni comida, ni trabajo.

Estuve durmiendo dos noche en una estación ferroviaria”, dice Malik. “Luego me dijeron que fuera al centro de Caritas. Me dieron indicaciones para encontrar alojamiento, ¡un lugar para descansar! Y me preguntaron por mis problemas”. Caritas Roma facilitó a Malik información sobre sus derechos como solicitante de asilo político. También fue al dispensario de Caritas y se unió al programa de Caritas para víctimas de torturas.

Ambos hombres viven ahora en el alojamiento de Caritas para refugiados. Están aprendiendo la lengua y un oficio para poder trabajar. “Caritas es buena con los extranjeros. Les da de comer, un lugar para dormir y asistencia médica. Sin Caritas, sería demasiado difícil vivir en Roma”, dice Malik.

La Caritas diocesana de Roma administra refugios y dispensarios – así como centros de asistencia jurídica, clases de italiano, comedores y guarderías – con el fin de ofrecer a los inmigrantes la ayuda que necesitan. En Italia, un país en el que el racismo y la intolerancia son a veces un problema, Caritas ofrece dignidad y apoyo a personas que tuvieron que pasar grandes sufrimientos.

Rehacerse una vida

At a nursery run by Caritas Roma for the children of immigrants, toddlers play, dance, and sing. Credit: Laura Sheahen/Caritas

At a nursery run by Caritas Roma for the children of immigrants, toddlers play, dance, and sing.
Credit: Laura Sheahen/Caritas

En un comedor de Caritas, muy cerca del Coliseo, más de 400 personas disponen de una comida caliente cotidiana y gratuita. Hay hombres de Oriente Medio, incluyendo iraquíes y jóvenes afganos, que han conseguido llegar a Roma a pie o en autobús. Hay refugiados somalíes, eritreos y de la Costa de Marfil. También hay italianos, que sufren las consecuencias de la crisis económica mundial. Entre las personas que vienen a comer aquí hay “divorciados italianos”, dice uno de los voluntarios del comedor: “Son hombres que mantienen a sus familias pero no viven con ellas y disponen de pocos recursos”.

Por lo menos los italianos tienen los documentos necesarios para vivir y trabajar en el país. Mientras los inmigrantes tienen que aceptar los trabajos que encuentran: “Vender periódicos en los semáforos o trabajar en los restaurantes, como limpiadores o con otros encargos de mayor responsabilidad”, dice Carlo Virtu, que administra un refugio de Caritas. Caritas ayuda a los inmigrantes a preparar los papeles que podrían luego ayudarles a legalizar su estatus”.

En un centro de inmigrantes que se encuentra cerca de la ribera del Tíber, una agente de Caritas nos habla de una mujer africana que tenía problemas en su país por razones políticas. Caritas la ayudó, pagándole el alquiler, hasta que ella pudo hacerlo sola: “Estas personas son víctimas de violencia y torturas. Se pueden ver las consecuencias de los sufrimientos pasados en el propio país. Sin embargo, sus rostros cambian de expresión cuando se dan cuenta que pueden rehacerse una vida”.

Gracias a la Caritas diocesana de Roma, millares de personas recién llegadas, asustadas y cansadas, aprender a tirar adelante, en una cultura desconocida. Ahora Moussa, con 19 años, se está preparando para dejar el refugio y espera que lo peor ya haya pasado: “Mi vida comenzó cuando llegué a Roma. Duermo bien, como bien y aprendo mucho en las clases. Soy feliz aquí”, dice sonriendo.