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Caritas volunteers at a transit camp for people returning to South Sudan from Sudan. Here, Caritas works with the International Organization for Migration (IOM) and other groups to help families who are about to start a new life in the newly-created country. With funding from Caritas members worldwide, Caritas Juba has mobilized volunteers to construct IOM tents, distribute items like mosquito nets, and provide hygiene training to camp residents. Credits: Sheahen/Caritas

Caritas volunteers at a transit camp for people returning to South Sudan from Sudan. Here, Caritas works with the International Organization for Migration (IOM) and other groups to help families who are about to start a new life in the newly-created country. With funding from Caritas members worldwide, Caritas Juba has mobilized volunteers to construct IOM tents, distribute items like mosquito nets, and provide hygiene training to camp residents.
Credits: Sheahen/Caritas

A lo largo del camino hay señales intermitentes advirtiendo la presencia de minas antipersonales, mientras grupos de desminado trabajan para eliminar bombas que han quedado sin explotar después de la guerra en Sudán del Sur. Sin embargo, en un vehículo cargado con trabajadores de Caritas, los pasajeros están más preocupados por los insectos que hay fuera. ¿Son zancudos? ¿Moscas tsetse? El vehículo pasa por charcos en los que habitan caracoles y lombrices portadores de enfermedades muy serias.

En este rincón del África Oriental hay muchas enfermedades tropicales. Y casi cualquier tipo de problema al que se puede enfrentar un país ocurre aquí: violencia interna y externa; casi no hay sistemas de abastecimiento de agua, caminos pavimentados, electricidad, escuelas o clínicas; huérfanos y viudas de la guerra; medio millón de retornados sin techo; miles de armas de fuego en manos de grupos armados. Sudán del Sur, el país más reciente del mundo, lo tiene todo.

También lo tiene en un mejor sentido: ricos campos, cantidad de recursos naturales, la bendición (o maldición) del petróleo. Tiene un pueblo que se volvió independiente el 9 de julio de 2011. Ya no se enfrenta a décadas de guerra civil o a un futuro como ciudadanos de segunda clase.

La guerra cobró millones de vidas. La batalla para lograr que la nación tenga éxito también será difícil. “Aquí, el pasado otoño, la gente murió de hambre” dijo el Padre Biong Kwol, un sacerdote que trabaja en un área fronteriza al norte. Él señala un árbol cercano. “Se estaban comiendo estas hojas”, dijo.

Acabar con el hambre no debería ser un desafío en un país cuyo suelo negro es increíblemente fértil. Sin embargo, la guerra causó estragos en la agricultura, ya que la gente salió huyendo de los bombardeos y los tiroteos.

“Durante la guerra civil, la gente corría a las montañas”, dijo Peter Lomude, quien trabaja para Catholic Relief Services (CRS es miembro de Caritas) en el sureste del país. Algunos de ellos eran agricultores. “Previamente, ellos eran pastores, no tienen mentalidad agrícola”, dijo.

Las minas antipersonales impidieron que varias familias cultivaran alimentos en el suelo fértil. La desesperanza echó raíces cuando las familias vieron el producto de su labor ser destruido por grupos armados como el Ejército de Resistencia del Señor (ERS).

“Uno ha hecho todo como se debe – sembrar, escardar, cosechar, almacenar – luego viene el ERS y le prende fuego”, dijo Peter Lomude. Aún cuando la gente lograba cosechar, los alimentos no alcanzaban para la temporada de carestía. “En ciertas épocas del año, la gente se encuentra muy débil y sin fuerzas”, dijo.

El hambre es simplemente otra amenaza. “La gente estaba trayendo agua de los arroyos, pero no era saludable”, dijo Haddish Desta de Caritas Luxemburgo. Él trabaja en un pueblo llamado Torit, al sureste. “Había diarrea y tifoidea”.

In South Sudan, Caritas trains farmers, provides seeds, creates water systems and runs other projects to help families grow enough food to feed themselves. Credit: Laura Sheahen/Caritas

In South Sudan, Caritas trains farmers, provides seeds, creates water systems and runs other projects to help families grow enough food to feed themselves.
Credit: Laura Sheahen/Caritas

El paludismo, la equistosomiasis transmitida por caracoles o la enfermedad del sueño provocada por moscas tsetse son comunes, pero obtener atención médica adecuada a menudo es imposible. La gente anda a pie largas distancias en caminos de terracería que con frecuencia se convierten en lodo. Hay pocos automóviles y escasez de gasolina. Sudán del Sur tiene mucho petróleo, pero no tiene refinerías para procesarlo. Además, debido a que Sudán controla las refinerías y los derechos al petróleo están en disputa, actualmente toda la producción está paralizada.

Si uno logra llegar a la clínica, es poco probable que reciba el tratamiento que necesita. “La gente tiene recetas”, dice el P. Biong Kwol, “pero las clínicas no tienen las medicinas”. En lo que respecta a mujeres a punto de dar a luz, Sudán del Sur tiene una de las tasas de mortalidad materna e infantil más altas del mundo.

Por otro lado, uno igual puede morir asesinado a balazos. Sudán del Sur está atiborrado de armas. Aunque la guerra ha terminado, el conflicto es endémico.

“La gente sigue muy enojada. Si pelean o están en desacuerdo usan una pistola”, dijo el padre Lounoi Santino, en Torit. El apoyacabezas del lado del conductor en la furgoneta de su iglesia tiene un agujero de bala; él iba conduciendo cuando ocurrió el incidente. “Yo me tiré de lado y seguí conduciendo”, dice. Los fragmentos del cristal de la ventana le provocaron cortaduras en la cabeza, pero la bala sólo le paso rozando. A la fecha, no sabe quien le disparó.

Además de esto, la gente está volviendo. Las familias que huyeron a pie durante la noche, las que estuvieron años en campamentos para refugiados o en paradas intermedias, están retornando voluntariamente, o a regañadientes, a Sudán del Sur.

Viudas y mujeres cuyos esposos siguen en el ejército están cuidando a parientes que quedaron huérfanos, además de sus propios hijos. Pia Angiye Kiwa tiene más de una docena de niños que alimentar, algunos de ellos son hijos de su hermano. Ella se enfrenta a serpientes venenosas y al escepticismo de sus vecinos mientras trata de mejorar su granja. Está recibiendo semillas de Caritas Suiza y Caritas Luxemburgo.

Ater Malak, quien tiene cuatro hijos, espera junto a otras 8.000 personas en un campamento provisional cerca de Juba, la capital del país. Al igual que muchas familias, han estado fuera del área durante tanto tiempo que ya no tienen parientes cercanos en Sudán del Sur. Por ahora pueden seguir viviendo en las tiendas de campaña que han armado los voluntarios de la nueva Caritas Sudán del Sur, una nueva Caritas para el nuevo país. No obstante, de cara al futuro los habitantes del campamento de Juba no saben a dónde ir.

“El desafío para Sudán del Sur es construir el país de cero”, dijo Martin Jaberg de Caritas Suiza en Torit. “No hay nada”. Incluso el más mínimo problema se convierte en obstáculo: por no tener la tubería correcta, miles de personas no tienen agua limpia. Así que además de sus principales proyectos para combatir el hambre, la escasez de agua, el paludismo y las enfermedades en Sudán del Sur, Caritas Suiza trabaja para conseguir piezas de repuesto.

Rita Amone, 26, volvió a Sudán del Sur en 2006, antes de la independencia. Ella pasó su adolescencia como refugiada en Uganda. “Cuando volvimos, al principio fue muy difícil. No había comida en los mercados y no era fácil conseguir herramientas y semillas”, dijo.

Rita recibió una buena educación en Uganda, lo cual quiere transmitir ahora como maestra de primaria en su pueblo, Isoke. Le pagan muy poco y nunca sabe si el gobierno de Sudán del Sur podrá pagar la nómina. “Tenemos que ayudar a nuestra gente, con o sin salario. Tenemos que impartirles conocimientos a nuestros niños”, dijo. El país tiene potencial, pero “no hay gente para levantarlo”.

“¿A dónde más podemos ir? Este es nuestro hogar”, dijo. Hay una bomba sin detonar en el río que queda cerca de la escuela primaria, un pequeño centro médico mal equipado, caminos imposibles y hectáreas de matorrales que deben ser podados antes de poder cultivar. “Queremos construir un país”, dijo, “no importa lo difícil que pueda ser”.