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Students at Saint Augustine’s secondary school in South Sudan, where girls often have little chance to get an education. Secours Catholique built a girls’ dormitory for the school. Credits: Sheahen/Caritas

Students at Saint Augustine’s secondary school in South Sudan, where girls often have little chance to get an education. Secours Catholique built a girls’ dormitory for the school.
Credits: Sheahen/Caritas

“Algunas niñas corren a refugiarse aquí y le dicen a la Hna. Pasquina que su familia las quiere casar por la fuerza”. Rita Amone, 26, vive en una pequeña aldea de Isoke, en el sureste de Sudán del Sur.

Ella es maestra en una escuela primaria a donde también van niñas. Sin embargo, conforme van creciendo aumentan las probabilidades de que sus familias consideren que su educación es un gasto y una carga, dado que si en vez de recibir educación las niñas se casan, la familia recibe una vaca como precio por la novia.

“Cuando una muchacha llega a los 15 años, los padres pueden recibir ganado de un hombre mayor”, dijo Rita. “Ellos consideran que las niñas representan riqueza”. Existen otras razones por las que casan a una niña de corta edad. “Si mi hermano mata a alguien, si soy niña, me escogen y me dan a la familia de la víctima”, dijo, añadiendo que si una se resiste “le pegan. Una no tiene voz. Hay que hacer lo que los hombres dicen. Si ocasiono problemas, incluso me pueden matar”.

En otros casos, la prolongada guerra que ha envuelto a esta joven nación del África Oriental ha mantenido a las niñas fuera de la escuela. “Algunas niñas no reciben educación si han estado escondidas en cuevas o en las montañas, o si se refugiaron fuera del pueblo”, dice Rita.

Las niñas en Sudán del Sur tienen más posibilidades de morir durante el parto que de terminar la escuela. Esto se debe no sólo a que la atención médica en Sudán del Sur es muy mala, sino a que las niñas que dan a luz antes de los 15 años tienen 5 veces más posibilidades de morir que las mujeres mayores de 20 años.

Para cuando los estudiantes llegan a la secundaria, menos de la cuarta parte de la clase son niñas. Cuando las jóvenes se escapan de un matrimonio forzado acuden a la Hna. Pasquina, una monja católica que sirve a la gente de Isoke, “se quedan en el convento con las hermanas. La Hna. Pasquina habla con los padres”, dice Rita. A veces logra convencerlos para que permitan que las niñas continúen en la escuela. “Otras veces los padres se las llevan de vuelta a casa”.

La Hna. Pasquina cuenta la historia de Clara, que quizá ahora tenga unos 15 años. Cuando tenía ocho años, su padre exigió que la sacaran de la escuela primaria a la que iba en Hiriavit para que cuidara a sus otros hijos. Su madre se rehusó, insistiendo que se le permitiera a la niña seguir en la escuela. El padre mató a la madre, que estaba embarazada. Luego amenazó con matar a las cinco hijas de su esposa, incluyendo a Clara, diciendo que el no quería hijas mujeres.

Los vecinos se llevaron a las niñas a San Kisito, en donde podrían recibir educación y estarían protegidas de su padre. Sin embargo, el año pasado el padre arregló que Clara se casara con un hombre mayor. La escuela se rehusó y la escondió, primero en la escuela y luego en una de las regiones montañosas. Ahora, las hermanas pagan para que Clara asista a una escuela en Uganda, dos de las otras niñas viven con su abuela y dos están en un orfanato.

Una cosa que está a favor de las niñas a quienes se les permite seguir estudiando es la escuela secundaria San Agustín, una serie de edificios de ladrillo a la par de la iglesia de Isoke. En un país en donde la guerra lo ha trastornado todo, desde el suministro de agua hasta los sueldos de los maestros, aprender, incluso a los niveles más básicos, puede ser difícil. Sin embargo, San Agustín educa a niños y niñas en matemáticas, ciencias, lectura y más, a un alto nivel.

Los miembros de Caritas han estado trabajando en Isoke desde hace tiempo y, en el pasado, Caritas Bélgica renovó San Agustín. Recientemente, Secours Catholique (Caritas Francia) construyó un dormitorio para niñas de la escuela. Gracias a esto, las familias de las niñas tienen menos motivos para mantener a sus hijas fuera de la escuela.

Actualmente, el colorido edificio rosa alberga a las niñas que han logrado llegar hasta aquí y que, con esperanza, llegarán aún más lejos. Mientras Sudán del Sur se esfuerza por crecer y florecer, asegurar que haya escuelas como San Agustín asegurará que tanto niños como niñas reciban educación.