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To help herders make a living, a Caritas partner provides free animal vaccinations for livestock in Darfur. Credits: SCC

To help herders make a living, a Caritas partner provides free animal vaccinations for livestock in Darfur.
Credits: SCC

Nawal, de 27, se sentía un “poco confusa cuando unas personas se presentaron un día en su choza, haciéndole preguntas sobre su hija. “Le midieron un brazo para ver lo delgada que estaba”, recuerda ella.

Sin embargo, hay algo de entonces que ella recuerda muy bien: la familia pasaba hambre: “En casa no teníamos nada que comer”, dice ella sencillamente. Aunque su marido gana algo como jornalero, pero no es suficiente para mantener a sus cuatro hijos: “Uno de nuestros cuatro hijos ya iba a la escuela, pero tuvo que dejarla. Nuestra situación es mala”.

La situación de Nawal lleva mal desde hace casi diez años, desde que su aldea natal fue atacada. Herida de bala en la pierna y escondida debajo de un árbol, “yo creía que me moría”, recuerda ella. Sin embargo, fue su madre a morir ese día.

Con centenares de otras personas, Nawal escapó para llegar a unos de los campamentos de desplazados de Sudán. Allí se sintieron seguros, pero no pudieron seguir viviendo cultivando los campos. Algunos residentes del campamento trabajan, por ejemplo, haciendo ladrillos, ganando de ese modo lo necesario para comprar el grano cotidiano, uno o dos kilos. Muchas madres no pueden trabajar para mantener a sus familias, a causa de una enfermedad, la inseguridad y ven con impotencia que sus hijos crecen cada vez más delgados.

El marido de Mariam trabaja, pero también bebe. “Si tiene 300 libras [sudanesas, que son unos 40 euros] en su bolsillo, se las gasta todas”. Por eso, Mariam deja la seguridad del campamento para ir al campo a buscar hierba, que luego vende en el mercado. “Cada día tardo tres hora en llegar al mercado, en burro. Consigo recoger hasta unos 40 kg. de hierba”, nos cuenta ella. “Cuatro días a la semana consigo la hierba y hago el viaje. Pero hace mucho calor y me duele la cabeza”.

Trabajo duro y hambre significa que, con frecuencia, Mariam no tiene leche suficiente para dar el pecho a su segundo bebé, una niña de solo 45 días. Con su primer hijo era diferente –ella vivía entonces en la granja de su familia y comía regularmente verdura, carne y leche. Sin embargo, ahora casi no hay comida en casa. “Cuando no me sube la leche, le doy al bebé leche de vaca”, nos cuenta ella, “pero a veces le viene diarrea”.

Madres como Nawal y Mariam son las personas que reciben mayor atención de los equipos de nutrición, cuando van de puerta a puerta, en los campamentos. Con la ayuda de ACT Alliance y Caritas, el personal local de Norwegian Church Aid (NCA) busca a madres y niños que no tengan lo suficiente para comer. Las madres que ya conocen la NCA y se dirigen directamente a sus centros de salud y nutrición –grandes chozas en las que pesan y miden a niños y grandes y luego reciben una mezcla nutritiva enriquecida de maíz y soja con proteínas.

Hace unas semanas, Sadia, de 35 años, llevó a su hija de 4 años, Sayida, a un centro de nutrición. “Tratamos a más niñas que niños de malnutrición, la media es de 60/40 o 70/30,” dice una nutricionista del NCA, llamada Fátima. El personal del centro pesó a Sayida y le midió el brazo con una cinta, que puede indicar color verde o amarillo, que abarcan las fases de peligro de la malnutrición. “Era amarillo”, dice su madre. A un niño que entra en esta categoría, el NCA le facilita raciones extras de la mezcla de maíz y soja, que ofrece el Programa Mundial de Alimentos. Como Sayida tiene siete hermanos y hermanas, el personas la sigue de cerca para asegurarse que ella tenga comida suficiente para ella misma. “Ahora la cinta es verde”, dice su madre sonriendo. “Y ahora ella es feliz. Muchas gracias”.

Mariam, madre lactante, recibe también raciones extras. “He cocinado la mezcla y sabe bien”, dice ella. “Me siento más fuerte. Tengo leche para el bebe`”.

Son sobre todo las madres, las que se ponen en fila para recibir las bolsas de comida, aunque otras categorías vulnerables reciben también la mezcla nutritiva de maíz y soja. “Mi familia fue asesinada, por eso no me queda nadie para cuidar de mí”, dice una joven ciega que cojea con dolor. Mientras abandona el centro de nutrición, un vecino mayor se carga la bolsa de la joven y la guía hasta su casa.

El programa de nutrición ofrece una red de seguridad vital para mujeres y niños que pasan hambre y que no tienen otras posibilidades, en los campamentos repletos de refugiados de Darfur. “Yo sabía que podía conseguir ayuda aquí”, observa Mariam.

“La alimentación suplementaria nos está ayudando mucho. Si no la hubiera sería un sufrimiento continuo”, indica Nawal. Tras la visita a su hogar, dos de sus hijos –incluyendo al bebé – reciben ahora raciones extras.

Embaraza de su quinto hijo y todavía recuperándose del trauma del pasado, Nawal lucha para estar animada. Y le ayuda mucho ver a su bebé cada vez más fuerte. Cuando se dio cuenta de que las personas que vinieron a su casa le hablaban de un programa de nutrición, “supe que eso significaba una esperanza vital para mi niña. Porque había comida y eso me hizo sentirme mucho mejor”, concluye Nawal.