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Caritas volunteers provide informal education to Syrian refugee children in Zarqa. Caritas Jordan provides Syrian refugees with humanitarian aid, housing support, healthcare, education and counseling. Credit: Patrick Nicholson/ Caritas

Caritas volunteers provide informal education to Syrian refugee children in Zarqa.
Caritas Jordan provides Syrian refugees with humanitarian aid, housing support, healthcare, education and counseling.
Credit: Patrick Nicholson/ Caritas

Cuatro millones de personas han visto sus vidas destrozadas por la guerra en Siria y la mitad de esa personas son niños. Para los millones de niños que todavía están en el país, cada día es una lucha.

Los niños han perdido sus casas y escuelas, viven sin comida ni agua, han visto a sus familias y amigos asesinados, golpeados o maltratados.

Caritas afirma que no se puede tolerar ni siquiera que un solo niño sufra todo esto y reza cada día para que se ponga fin al conflicto.

Caritas trabaja en Siria, así como con los refugiados en Turquía, Jordania y Líbano. Los sicólogos que trabajan en Caritas nos informan de que los niños refugiados padecen traumas, sufren de enuresis nocturna, pueden ser insociables e introvertidos.

En Jordania, los niños participan en actividades organizadas por Caritas para después del colegio. En ellas se les invita a expresar sus sentimientos, dibujando y jugando a modelar con plastilina. Predominan imágenes de la bandera siria y de casas. Ver la galería de fotos

En Reyhanlı (Turquía), Caritas trabaja facilitando servicios de socorro y es muy frecuente ver a los niños jugando a la guerra en la calle y peleándose entre ellos.

Caritas distribuye allí papel y lápices de colores a los niños refugiados. Cuando los asistentes sociales fueron a ver lo que habían dibujado los niños, vieron muy pocos cielos azules, que expresan la esperanza en un futuro prometedor. La mayoría de ellos hicieron imágenes de guerra, bombas, sangre, viviendas dañadas y cadáveres.

Una niña de solo 12 años dijo: “Añoro mi escuela y mi maestra. Yo quiero crecer en Siria, en mi casa”. La interrumpió su hermano pequeño, corriendo de un lado a otro en el barro, con una pistola de madera y gritando reiteradamente: “¡Libertad, libertad, libertad!”.” La niña se queda mirando a su hermano. Ella no sabe cuando los niños sirios tendrán libertad, para curar sus heridas y tener una infancia inocente, ajena de problemas políticos, que deben pertenecer solo al mundo de los adultos.