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Internally Displaced Persons (IDP's) stand next to the Cathedral on November 10, 2013 in Bossangoa, 380 km north of Bangui. Credit: Matthieu Alexandre/Caritas

Internally Displaced Persons (IDP’s) stand next to the Cathedral on November 10, 2013 in Bossangoa, 380 km north of Bangui. Credit: Matthieu Alexandre/Caritas

Por Valerie Kaye en Bossangoa

“Somos rehenes”, dijo Christophe. “Si salimos de la misión católica, nos dispararán como si fuéramos conejos”.

Más de 41.000 personas están apiñadas en el recinto de la misión católica en Bossangoa, un pueblo al norte de la República Centroafricana. Duermen en el suelo, en los corredores, en la catedral, la escuela, la cancha de baloncesto, entre coches y en los patios.

“El único lugar vacío es el cementerio, y la gente no duerme ahí”, dijo el obispo local, Mons. Nestor-Désiré Nongo-Aziagbia. “No pueden andar fuera del recinto que patrulla Seleka”.

Una coalición de combatientes locales y extranjeros llamada Seleka tomó poder en marzo, sumiendo a la República Centroafricana en la anarquía. Desde entonces, las fuerzas de Seleka han aumentado de 3.000 a 22.000 hombres. Trajeron consigo una epidemia de saqueo y asesinato.

“El saqueo, los asesinatos y los incendios sistemáticos han afectado a todo el país”, dijo el Arzobispo Dieudonné Nzapalainga de Bangui. “Ha habido ataques organizados a instituciones, escuelas, minas y archivos en un intento deliberado por destruir nuestro tejido social y nuestro recuerdo colectivo”.

Más de un millón de personas necesitan ayuda alimentaria y tres cuartos de los 4,6 millones de la población no tienen acceso a atención médica adecuada. La ONU dice que 300.000 personas han huido de la violencia en lugares como Bour, Couca y Bossangoa.

“Veinte hombres Seleka llegaron en motocicletas”, dijo Cyriac, un agricultor en Bossangoa. “Degollaron a un niño de 10 años llamado Warasé. Salimos huyendo para salvar nuestras vidas. Yo no tengo idea de en dónde está mi madre, mi esposa y mi hijo”.

Más de 2.200 hogares han sido quemados en Bossangoa desde septiembre, los combatientes de Seleka van de aldea en aldea tratando de erradicar la oposición.

“Seleka llegó durante la noche. Atacaron las minas y las casas”, dijo Innocent, un trabajador de las minas de oro, quien logró escapar. “Cuando volví, todo había sido saqueado o quemado. Conté 17 muertos, incluyendo a dos bebés y un niño pequeño”.

La gente ve a la misión católica en Bossangoa como un refugio contra las matanzas. “La gente empezó a llegar en miles”, dijo el director de Caritas Bossangoa. “Nos tomaron por sorpresa”.

Duermen donde pueden, hacinados en todos los espacios posibles. La ola de humanidad llega hasta la puerta de la habitación del Obispo Nestor-Désiré Nongo-Aziagbia. “Uno tiene que tener cuidado de no pisar a nadie cuando llega”, dijo. Hay un fuerza de mantenimiento de la paz regional africana que brinda cierta protección.

Todos tienen su propia historia de trauma. Chaucela, de trece años, perdió a ambos padres, asesinados en un ataque de Seleka, cuando la familia visitaba a parientes en Bossangoa. “Yo sólo quiero ir a casa”, dijo. “Pero ahora yo estoy aquí y mis padre nunca volverán a por mí”.

Las condiciones de salud y saneamiento son críticas. Se escucha gente toser todo el día y toda la noche. No hay mosquiteros. Uno de cada cuatro tiene malaria. La desnutrición afecta al 40 por ciento de los niños. Las letrinas no se dan a basto con los números. Cuando llegan las lluvias, los torrentes de lodo rojo inundan el recinto.

“En un principio, no podíamos darnos a basto con la demanda en nuestra pequeña clínica”, dijo un agente de salud de Caritas. “Pero ahora estamos recibiendo algo de ayuda y hemos logrado reducir la tasa de muertes de cinco al día hace tres semanas a una al día ahora”.

Internally Displaced Persons (IDP's) lie on the floor of Caritas desk room next to the Cathedral on November 9, 2013 in Bossangoa, 380 km north of Bangui. Creadit: Matthieu Alexandre/Caritas

Internally Displaced Persons (IDP’s) lie on the floor of Caritas desk room next to the Cathedral on November 9, 2013 in Bossangoa, 380 km north of Bangui. Creadit: Matthieu Alexandre/Caritas

Caritas ha podido suministrar algo de ayuda en forma de cobijas, colchonetas y herramientas, y ha distribuido ayuda alimentaria de la ONU. No obstante, debido a la inseguridad es difícil llevar la ayuda.

“Yo recibí una bolsa de arroz y un poco de aceite hace tres semanas”, dijo Edith. “Ya no nos queda nada. Somos 13 en una tienda de campaña. Lo que más me duele es ver a mis hijos llorar, siento su dolor en mis entrañas”.

Sin embargo, Edith dice que ella está mejor que muchos otros: “Afortunadamente tengo una máquina de coser y puedo ganar lo suficiente para comprar comida. Lo que significa que no tengo que ir a los campos”.

La mayoría de mujeres no tiene más alternativa que arriesgarse. Salen en grupos de 10 a las 7:00 a.m. y vuelven a eso de las 3:00 p.m. “Me duele la cabeza, tengo tanto miedo de morir”, dijo Clémence, una de las mujeres.

Para los hombres es demasiado peligroso ir. Una mujer vigila que no vengan combatientes Seleka, mientras que el resto recolecta lo que puede.

“Mi hija pequeña, Fara, no está comiendo”, dijo una madre. “Tengo miedo de morir, pero tengo que buscar comida para ella y mi familia. Fara tiene que venir conmigo para poder darle pecho o se pondrá aún más débil y morirá”.

Fara es uno de los 14.600 niños en la misión. Se ve diminuta para sus 10 meses. Es doloroso escuchar su llanto.

“Duele ver tanta miseria y no poder dar más ayuda”, dijo Gervais, un voluntario de Caritas. “Lo poco que teníamos se distribuyó entre los más vulnerables. Todo lo que podemos hacer ahora es escuchar su sufrimiento”.

La ONU ha tratado de reubicar el campamento, pero la gente se rehusa a irse. “La catedral no es solamente un lugar para dormir”, dijo Gervais. “Es un lugar en donde la gente coge fuerza y esperanza. Cada mañana y cada noche oran para que haya paz”.

Mons. Nestor-Désiré Nongo-Aziagbia, que vive en el recinto ha estado trabajando infatigablemente para proteger a la gente que está aquí.

“Tenemos que devolverle a la gente lo que ha perdido. Sus bienes, su dignidad, y ayudarlos a liberarse del miedo”, dijo. “Les damos fe y esperanza, pero en el caso de Bossangoa, hay que mostrar la caridad y pronto”.

Él ha recibido el apoyo del Arzobispo Dieudonné Nzapalainga, que a menudo coge él mismo el volante del coche, guiando las caravanas de ayuda de Bangui a Bossangoa, con la esperanza de que los dejen pasar porque él va ahí.

“En nuestra miseria, nos han dado a dos personas, el arzobispo y nuestro obispo”, dijo la Hna. Claire Yalingao, que está a cargo del hostal en el recinto. “Nos dan fuerza para afrontar la violencia”.

A pesar de lo mal que sigue estando la situación, se teme que empeorará aún más. La ONU ha descrito a la República Centroafricana como un “yesquero”, mientras que Francia ha advertido que el país está “al borde del genocidio”.

Seleka, identificándose con el islam, ha estado fomentando divisiones entre la mayoría cristiana y la minoría musulmana. Se han profanado iglesias, se han atacado seminarios y conventos, han amenazado y golpeado a sacerdotes, y más de 150 coches propiedad de la Iglesia han sido robados.

“La comunidad cristiana sintió que esta violencia estaba dirigida a ellos”, dijo el Arzobispo Dieudonné.
Han aparecido milicias, llamadas anti-Balaka (balaka significa machete en sango). Armados con arcos y flechas o pistolas básicas, tratan de defender al pueblo.

Seleka respondió con ataques de represalia contra las aldeas cristianas, como las del área de Bossangoa. Y así se dispara el ciclo de violencia, con los anti-Balaka retaliando contra musulmanes.

“Seleka desgarró nuestro tejido social con sus acciones. Su comportamiento se perdona en nuestras religiones – tanto la Biblia como el Corán dicen que los cristianos y los musulmanes deben vivir juntos y en paz”, dijo el líder musulmán nacional, Imán Oumar Kobine Layama.

Archbishop of Bangui, Dieudonne Nzapalainga (C), visits Displaced Persons (IDP's) on November 12, 2013 in Bossangoa, 380 km north of Bangui. 41.000. Credit: Matthieu Alexandre/Caritas

Archbishop of Bangui, Dieudonne Nzapalainga (C), visits Displaced Persons (IDP’s) on November 12, 2013 in Bossangoa, 380 km north of Bangui. 41.000. Credit: Matthieu Alexandre/Caritas

El Arzobispo Dieudonné, el Imán Oumar Kobine Layama y el líder evangélico nacional Pastor Nicolas Guerékoyame Gbangou han comenzado una iniciativa interreligiosa de paz apoyada por Caritas. Recorren todo el país visitando áreas bajo riesgo para negociar con las comunidades.

“Nuestra plataforma es para educar y facilitar la reconciliación en las comunidades.”, dijo el imán. “Cuando predicamos este mensaje, es aceptado. Estamos viendo que nuestra plataforma religiosa está siendo replicada en algunas aldeas – queremos tener eso en todas partes”.

El Arzobispo Dieudonné no lo ve como un conflicto interreligioso. “Es una invasión extranjera”, dijo, señalando que Seleka está dominado por combatientes sudaneses y chadianos. “Tanto musulmanes como cristianos están sufriendo. Aquí reinan los caudillos”.

El arzobispo ha estado visitando las capitales del mundo y las Naciones Unidas, exhortando a que se despliegue una fuerza de mantenimiento de la paz de la ONU de conformidad con las facultades del Capítulo VII para mantener la paz, y que la comunidad internacional apoye elecciones de transición.

Puesto que los llamamientos humanitarios no cuentan con la suficiente financiación, el arzobispo también dijo que se necesita ayuda desesperadamente. “Necesitamos fondos y apoyo para hacer posible que los organismos de socorro atiendan a la gente e inicien un verdadero desarrollo”, dijo.

Para las personas que se encuentran en la misión católica en Bossangoa aferrándose a la esperanza de recibir ayuda de fuera, no hay “plan B”. “Estamos viendo a la gente morir ante nosotros, como animales”, dijo el arzobispo. “Es hora de actuar. No nos abandonen”.