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Internally Displaced Persons (IDP's) stand next to the Cathedral on November 9, 2013 in Bossangoa, 380 km north of Bangui. 41.000 IDP’s took shelter near the Cathedral following the mass exactions of September 8, 2013. Chaos followed the ouster of Francois Bozize earlier this year and reports of summary executions, looting and abuses against civilians have prompted international concern that the Central African Republic could become another Somali-style failed state. PHOTO / MATTHIEU ALEXANDRE

41.000 internally displaced people took shelter near the Cathedral following the mass exactions of September 8, 2013. Credit: Matthieu Alexandre/Caritas

Por Valerie Kaye

He conocido gente que ha buscado refugio para salvar sus vidas del genocidio en Yugoslavia, de los supertifones en Myanmar y de la tiranía en Zimbabue. Sin embargo, nunca he visto nada comparado con el recinto de la misión católica en Bossangoa al norte de la República Centroafricana. En ningún otro lugar ha sido tan intenso el sentido de aprisionamiento y desesperación.

El pequeño recinto en donde se apiñan 41.000 personas es un frágil refugio de seguridad en una tierra presa del terror. Fuera de los muros se encuentran los combatientes de Seleka, una combinación de hombres armados locales y extranjeros que han sumido a la República Centroafricana en la anarquía desde que derrocaron al gobierno en marzo de 2013. La única protección para la misión católica es un contingente de tropas regionales africanas encargadas de mantener la paz.

El silencio y la falta de movimiento en la misión llama la atención de inmediato. Está abarrotada de gente, pero por dondequiera que uno vea, están tendidos en el suelo, sin moverse. Al bajarnos del coche en la casa del obispo, el estacionamiento está lleno de gente tendida entre vehículos en la tierra, sin cobijas ni abrigo. Dentro no es diferente. El humo acre de los fuegos de leña llena el aire, los pasillos están llenos de gente, acostados uno al lado del otro, preparándose para una noche de incomodidad.

Pocos han oído de Bossangoa. El pueblo está 350 Km al norte de la capital de la República Centroafricana. Anteriormente era un agitado centro, lleno de vida y color. Ahora está prácticamente vacío. Los combates entre Seleka y las recién formadas milicias de autodefensa obligaron a todo mundo a huir. Cientos de personas más llegan cada día a la misión católica.

Para llegar a mi habitación en el recinto, uno tiene que andar en zigzag atravesando un laberinto de refugios hechizos y a lo largo de oscuros pasillos atascados de gente. Toma unos 20 minutos el pasar por una habitación, pisando cuidadosamente para esquivar brazos, piernas y dedos ocultos bajo las mantas.

Yo, por supuesto, tuve suerte. Yo tenía una cama. Recostada en ella escucho la tos constante y los agobiantes berrinches y el llanto de un pequeño niño cerca.

Luego de una noche de sueño irregular, me despierto antes del amanecer debido a un leve murmullo, el sonido de la oración en el idioma local, el sango. Con la tenue luz de la mañana, la claustrofobia y la miseria se diluyen por un momento.

Credit: Matthie Alexandre/Caritas

Credit: Matthie Alexandre/Caritas

La gente habla mientras prepara el desayuno y se da a las tareas diarias de bañarse, limpiar y cepillarse el cabello. Los niños corrían y gritaban. Llegaron corriendo hacia mí gritando bonyo, que yo confundí con bonjour. De hecho significa “blanca” en sango.

Cada espacio está apiñado de gente y todavía faltan por llegar. Los voluntarios de Caritas temen una epidemia. La falta de alimentos se puede ver en los niños, que claramente muestran señales de desnutrición. Conforme se agudiza el calor por el sol, la gente trataba de encontrar un lugar más fresco.

Al caminar por el campamento y hablar con los habitantes, yo trataba de absorber sus relatos sobre tortura, muerte y destrucción. Un hombre acababa de llegar. Había escapado de una ataque mientras trabajaba en el campo. Se había separado de su esposa y su hijo pequeño. Profundamente consternado, estaba sentado recostado contra un árbol a la entrada del campamento, esperando a ver si su familia llegaba.

Una mujer con un bebé y un niño pequeño me contó que su familia se había escondido en un agujero en la tierra por horas mientras Seleka allanaba el pueblo. Ella describe su terror ante “el sonido de disparos y el miedo de ser descubiertos y que nos dispararan como si fuéramos conejos”. Lograron escapar a la misión católica y han vivido aquí por dos meses.

“He tenido suerte”, dijo. “Mi esposo es taxista. Se robaron su coche y su moto. Se llevaron todo lo que teníamos. Al menos estamos vivos y juntos, muchos otros no lo están”.

Caritas y la Iglesia han estado trabajando arduamente para suministrar ayuda al recinto en Bossangoa, incluyendo cobijas y víveres. Sin embargo, la inseguridad y el desorden dificultan la labor. Las necesidades son agudas y van en aumento.

“Me duele, pero casi no tenemos nada que darles”, dijo un voluntario de Caritas. “Podemos escucharlos, hablar con ellos, rezar con ellos y vivimos aquí con ellos, creo que eso ayuda”. Al igual que muchos voluntarios, él no recibe ninguna paga.

Una violenta tormenta aumenta el sentido de un negro presagio. La lluvia torrencial que dura 40 minutos hace la vida aún más insoportable, se extinguen las hogueras y la gente se apiña donde pueda. La gente pasa apuros para mantener secas sus pertenencias, mientras que las rojas aguas turbias invaden el campamento. “¿Ve el estado de miseria en que estamos obligados a vivir”, dijo una persona a la par mía.

Matthieu Alexandre/Caritas

Credit: Matthieu Alexandre/Caritas

“Hay que actuar rápido, antes de que sea demasiado tarde”, dijo el Obispo Nestor-Désiré Nongo-Aziagbia de Bossangoa.

“Tenemos que devolverle a la gente lo que ha perdido. Sus bienes, su dignidad, y ayudarlos a liberarse del miedo”. Tenemos que darles motivos para que tengan esperanza y puedan caminar de nuevo con la frente en alto. Les damos fe y esperanza, pero en el caso de Bossangoa, hay que mostrar la caridad y pronto”, dijo.

Aquí, cada día mueren personas. Mas la misión es tan sólo parte de la tragedia. Fuera también están muriendo, en grandes cantidades, solos en el monte. Bossangoa es el símbolo visible de la agonía que paraliza a la República Centroafricana, se desconoce en gran medida lo que ocurre fuera de estos muros, demasiado aterrador para contemplarlo.

En Bossangoa, alrededor de 2.200 casas han sido quemadas. A lo largo de los 100 Km de carretera de Bossambele a Bossangoa, todas las aldeas a ambos lados fueron saqueadas o quemadas. La única señal de vida era unas cuantas cabras y cerdos que quedaron abandonados.

Mi misión en la República Centroafricana ha sido documentar lo que está sucediendo aquí. Mientras empaco para volver a casa, me entra una sensación de privilegio por haber conocido a tantas personas valientes que toman riesgos para alzar sus voces por sobre el ruido de las armas. Trabajan para promover la paz, la reconciliación y el diálogo en una época en que el país está siendo testigo del abuso de la religión para obtener beneficios políticos. “Estamos al borde de un abismo. ¿Cuántos muertos tendremos que contar para que la gente deje de ser indiferente?”, dijo uno de los líderes de la plataforma interreligiosa que promueve la paz.

Bouar , Bouca, Batangafo, Bambari, Bangassou , Berberati , Bria – el mundo externo está haciendo caso omiso de todos esos pueblos que empiezan con B. No obstante, para la gente que vive en ellos, el sufrimiento es demasiado real. Ellos tienen nombres – Pisca, Wilfrid, Priscilla, Chancela, François, Celestin – que se quedarán conmigo por mucho tiempo. Espero que algún día puedan reconstruir sus vidas destrozadas y vivir en paz.