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cleanwaterPHIEdzil, a survivor of the typhoon, waits to collect drinking water

by Caritas member Catholic Relief Services

Nick Harrop de CAFOD acaba de volver de las Filipinas. Escribe:
Estoy en el pueblo de Palo, junto a un contenedor de agua – un tanque inflable que puede almacenar 10 metros cúbicos de agua potable – viendo cómo lo llenan desde un camión. Cada vez más personas llegan con bidones y cubos, esperando a recoger agua potable de los seis grifos.

“¡Yo sobreviví el tifón!” dice un joven que está a la par mía. “¡Soy buen nadador!” Sonríe y hace gestos como si estuviera dando una brazada.

Yo me presento. Él me dice en un inglés chapurreado que su nombre es Edzil y que tiene 18 años.

Hacia el mar, a nuestra izquierda, no quedan edificios en pie – sólo pilas de madera, cocoteros colapsados y escombros cubiertos de lodo. Vientos de 200 kilómetros por hora arrancaron los techos de edificios y enviaron los cristales de las ventanas a volar por los aires. Sin embargo, el peor daño fue ocasionado por las oleadas provocadas por la tormenta – una pared de 12 pies de altura de agua que avanzaba rápidamente, arrastrando escombros, que arrasó con todo lo que había a su paso.

Yo le pregunto a Edzil en dónde estaba cuando azotó el tifón, su respuesta me deja atónito.

“En un bote”, dice. “En alta mar. Soy pescador. Había mucha gente en ese bote. Todos los otros murieron”.

Sigue sonriendo y me toma unos momentos asimilar lo que me acaba de decir. ¿Todos los que estaban con él murieron?

“Había olas enormes”, dice. Indica qué tan altas eran las olas estirando el brazo por encima de su cabeza y diciendo “más”. Describe el ruido haciendo un sonido como de revoluciones de motor y tapándose los oídos con las manos.

“Había olas enormes, el bote se bamboleaba y…” Hace un gesto hacia abajo con su mano derecha.

“Yo me agarré”, dice. “Me aferré al bote. Me agarraba a lo que pudiera. Nadé durante tres horas”.

Yo le pregunto cómo se sintió. Se encoge de hombros.

“El agua estaba fría. La mente confundida. Uno no sabe cómo puede seguir nadando. El Señor me dio fuerza para nadar”.

Intenté decirle cuánto sentía lo que había pasado; pero él cambia de tema.

“Esta es un área sucia”, dice. “Todas las casas fueron destruidas. Hay que limpiarlo todo. Es difícil respirar. Químicos, árboles, cadáveres. Todo provoca efectos secundarios. Uno no se siente bien. Muchas personas se han enfermado”.

Edzil apunta hacia el contenedor de agua. “Muchas gracias por el agua”, dice. “Es importante para nosotros. Esta es agua purificada. Ahora tenemos suficiente”.
Catholic Relief Services, miembro de Caritas, está suministrando agua limpia y saneamiento para más de 100.000 personas en los alrededores de Palo. En términos prácticos, eso significa instalar contenedores de agua, construir letrinas seguras, limpiar escombros, suministrar jabón, pastillas para purificar el agua y otros productos sanitarios, y alentar a las comunidades a que trabajen juntas para evitar la propagación de enfermedades.

Pero sea cual sea el impacto de nuestro trabajo, me parece extraordinario que Edzil exprese gratitud. Trato de imaginar todas las emociones que yo experimentaría si hubiera vivido lo que él vivió – nadar para salvar mi vida, sabiendo que mis amigos estaban muertos y luego descubrir que mi casa había sido borrada del mapa. No sé si algún día podría volver a ser amable o amigable o agradecido. ¿De dónde saca esperanza?

“Tengo una misión”, dice, “tener un buen futuro. Quiero una casa nueva. Un nuevo empleo. Ya no quiero ser pescador. No puedo olvidar mis recuerdos. Hay muertos en el mar. Quiero volver a estudiar y ser ingeniero. Me es fácil entender cosas. Tengo buena cabeza ¡como Albert Einstein!”

Se queda en silencio por un momento.

“Le doy gracias a Dios por haberme salvado”, dice. “No era mi hora de morir”.