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Los traficantes de personas no son siempre hombres altos y robustos que usan la violencia para obligar a las mujeres a trabajar en el extranjero. Todas las personas con las que hablé en Madrid, durante la reunión de COATNET, me dijeron que, en general, se sabe poco sobre los traficantes. Sin embargo hay algo que es indudable: son muy astutos.

Torsten Moritz, de la Churches’ Commission for Migrants de Europa (Comisión de las Iglesias para las Migraciones) afirma: “Mientras hace 10 ó 15 años se consideraba que la trata era para la explotación sexual y que sus víctimas eran secuestradas por la calle, ahora es más sutil. Entonces era explotación desde el primer día. Ahora es más bien una ‘pendiente resbaladiza’. Las personas empiezan a trabajar, pero en empleos con sueldos cada vez más escasos o incluso sin un sueldo. Se encuentran así en una ‘zona gris’, que es campo fértil para los traficantes, ya que de esa manera no deben usar la fuerza bruta”.

Muchas de las organizaciones miembros de COATNET sensibilizan y educan a las comunidades sobre la trata, con el fin de abordar el problema.

Rupa Rai, de Caritas Nepal, observa: “Nuestro objetivo son las comunidades de base, en las que es frecuente la emigración. Comprobamos los documentos de la gente que decide irse y les aconsejamos emigrar con agencias registradas. Les decimos que, si han conseguido un trabajo en India, es mejor viajar siempre usando el aeropuerto internacional de Nepal, en lugar de hacerlo por tierra, porque de ese modo todo estará mejor controlado”.

Con frecuencia, para promover una mayor sensibilización, las organizaciones piden ayuda a personas que han sido víctimas de la trata y lograron regresar.

Felix Kangama, de Caritas Mali, indica: “Hemos conocido a chicas que habían sido explotadas, las hemos llevado a hablar en la radio, de manera que pudieran contar la propia experiencia y ayudar así a otras personas”.

Esa sensibilización es de vital importancia. Con frecuencia, la gente se inscribe a una agencia de empleo del propio país, que anuncia trabajos bien remunerados o se fía de algún amigo y viaja al extranjero. Ambos métodos merman las barreras de protección de la gente, las personas se fían de sus interlocutores y, por ello, no toman precauciones contra la explotación.

Una vez en el extranjero, estas personas se encuentran aisladas, trabajando como empleados domésticos en una casa privada, con largas jornadas de trabajo y sin el pasaporte, porque con frecuencia, en estos casos, se los retiran al llegar al puesto de trabajo. A continuación hay un enlace a una lista de signos de la trata, que publica la Conferencia Episcopal de EE.UU., para ayudar a las posibles víctimas.

George Joseph, de Caritas Suecia, me contó el caso de Lourdes*, que fue víctima de la trata y viajó a Suecia desde El Salvador. Otra mujer salvadoreña le dijo que había grandes oportunidades de trabajo en Europa. Ella tenía tres hijos y una madre enferma y necesitaba dinero desesperadamente.

A su llegada, Lourdes descubrió que los documentos que le había dado eran falsos. Se vio obligada a trabajar 16 horas al día en un restaurante, por 17 euros – un poco de ese dinero ella lo mandaba a su familia. El resto del dinero que ganaba era para pagar la deuda con sus traficantes. Le cambiaron el empleo varias veces y le dijeron que si intentaba escapar harían daño a sus hijos.

Lo sorprendente es que cuando la liberaron, ella quiso emigrar de nuevo. Ella pensó que, conociendo ya los peligros, podía evitarlos y ganar dinero suficiente para mantener a su familia.

George Joseph dice: “Esa es la resistencia del espíritu humano. No hay nada peor que ver a los propios hijos ir a dormir con hambre. Y no poder hacer nada para evitarlo. Con el dinero que conseguía mandar, ella podía darles de comer y mandarlos a la escuela”.

La pobreza desesperada de algunos países implica que la gente está dispuesta a arriesgarse a la explotación, sufrir malos tratos y abusos sexuales en el extranjero, en lugar de quedarse en el propio país y no tener comida para poner en la mesa a la propia familia”.

Con frecuencia, quienes quedan atrapados en manos de los traficantes son personas desesperadas por mejorar la propia vida y de las personas que les rodean. Si son engañadas por los traficantes, se avergüenzan y, a veces, ni siquiera quieren retornar a casa.

Lamentablemente, muchas víctimas de la trata nunca tornan a casa. El P. George Sigamoney, de Caritas Sri Lanka, me contó la historia de una jovencita que, atrapada en la trata, la llevaron a Arabia Saudí. Ella se suicidó, tras ser víctima de malos tratos en una familia. El día antes de morir, ella llamó por teléfono a sus padres y les dijo que todo iba bien.

*No es su verdadero nombre.