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Un millón de personas han escapado de sus hogares, en la República Centroafricana. Otras todavía están esperando para irse. Crédito: Aurelio Gazzera/Caritas

Se oyen tiroteos todos los días. Se ven columnas de humo procedentes de aldeas incendiadas. Bandas de jóvenes merodean, amenazantes, por las calles, machete en mano. No existe un estado de derecho, ni policía.

El gobierno no tiene poder. Los servicios básicos, como la asistencia médica y la educación, se han colapsado. La República Centroafricana está al borde del abismo.

“La gente está atenazada por un increíble miedo”, dice la Hna. Elvira Tutolo, directora de una organización eclesial de la localidad de Berberati. Mientras el director de la Caritas diocesana de Bouar, el P. Aurélio Gazzera, dice: “Las mentes están empezando a recalentarse. La ansiedad se ha convertido en sicosis”.

Los incidentes se están convirtiendo rápidamente en un conflicto mayor. Hay poca lógica en la violencia. En la localidad de Bossemptélé, han llevado al hospital a dos hombres, que han resultado gravemente heridos en los enfrentamientos. Los compañeros que los llevaron al hospital terminaron amenazando que robarían los vehículos del hospital. Cundió el pánico, por eso, tanto el personal médico-sanitario como la mayoría de los pacientes salieron escapando.

Los sacerdotes de la misión católica y los líderes religiosos musulmanes locales temen las represalias que se pueden originar por este incidente, por eso, intentan establecer un diálogo entre las milicias rivales. Sin embargo, a las 8.30 de la mañana siguiente, se reanudaron los enfrentamientos: “La mediación no dio resultados a causa de la ceguera de ambos milicias”, dice el P. Gazzera.

A un lado del conflicto está Seleka, que tomó el poder en marzo de 2013. Desde entonces, sus guerrilleros se han desmandado, con saqueos, violaciones y asesinatos. Contra ellos están los ‘antibalaka’, milicias de autodefensa, que lanzaron una contraofensiva el pasado mes de diciembre. Y en medio de ellos está la gente corriente, la población civil de la República Centroafricana.

Los enfrentamientos han obligado a una de cada cinco personas a abandonar sus hogares. Al menos 900.000 personas están atrapadas en 115 campamentos improvisados, por todo el país, muchos de ellos en recintos o instalaciones de la Iglesia.

El caos entorpece la distribución de la ayuda humanitaria. Se han registrado cuatro ataques violentos contra ONG, en la primera semana de febrero. Centenares de vehículos han sido robados en las Iglesias.

Churches are protecting thousands of people.

La Iglesias está protegiendo a millares de personas.

No obstante la violencia, Caritas todavía puede seguir con sus actividades. Aunque Bangui se volvió zona de guerra en diciembre, Caritas pudo distribuir 30.000 raciones de alimentos.

En el recinto de la misión católica de Bossangoa, en el norte, la Iglesia ha podido facilitar protección y asistencia médica a 30.000 personas.

Ambas milicias han intentado enardecer el conflicto religioso, en un país de mayoría cristiana y minoría musulmana. Lo guerrilleros de Seleka se identifican con el Islam y ponen en su punto de mira a los cristianos. Los ‘antibalakas’ toman represalias contra los musulmanes.

Mientras las fuerza de Seleka han empezado a retirarse, a sus baluartes del norte o en algún país amigo y vecino, desde el paso mes de diciembre, han incendiado y saqueado todo aquello que han encontrado a su paso:“Amenazan, roban vehículos, piden dinero. Se llevaron a gente para torturarla y dijeron que antes de irse harían una fortuna”, dice Sor Elvira.

Y luego llegan los ‘antibalakas’ y sigue el caos. Los ‘antibalakas’ se han convertido en el problema”, dice el P. Gazzera: “Muchos son rufianes, sin un líder. Están ahí para destruir, matar y saquear”.

No sorprende saber que millares de musulmanes han escapado de sus hogares y se han escondido en el bosque o en países vecinos.

En la localidad sureña de Boda, 75 personas fueron asesinadas la semana pasada. Los cristianos se han escondido en el bosque y los musulmanes en un barrio.

“En Bozoum, los musulmanes han sido obligados a quedarse en sus casas o en sus tiendas”, dice el P. Gazzera. Hay 2500 musulmanes que están abarrotando una calle, sentados en sus bolsas, listos para irse. Tienen poca comida y poca agua y no hay aseos. Cada día, Caritas les lleva 1000 litros de agua y 250 kilos de arroz”, dice el sacerdote.

Los líderes religiosos, tanto cristianos como musulmanes, reiteran que el conflicto no es religioso, sino político.

Aid is getting through.

La ayuda está llegando a su destino

“Cuando hablo con la gente corriente, no oigo voces de odio, solo voces de miedo, de gente desesperada que quiere paz”, dice S. Exc. Mons. Dieudonné Nzapalainga, Arzobispo de Bangui y Presidente de Caritas República Centroafricana.

Caritas ha estado apoyando a Mons. Dieudonné y al imán Omar Kabine Layama en su viaje por todo el país, para llevar mensajes de paz. Caritas ha financiado también anuncios en la radio y pancartas de promoción de paz: “Yo no me puedo callar, mientras los centroafricanos, de cualquier religión o creencia que sean, son maltratados, heridos o asesinados”, dice el Arzobispo.

Él y el imán han viajado también fuera del país exhortando a la comunidad internacional, así como a la ONU, para que se comprometan, incluso con una fuerza de paz de la ONU, con recursos suficientes para poder restablecer la seguridad en el país.

En la actualidad, en la República Centroafricana, hay un contingente de fuerzas de paz formado por 1600 soldados franceses y 5.500 de la Unión Africana, en un país con una extensión semejante a Ucrania o el Texas, sin ningún tipo de fuerzas de policía, eso resulta insuficiente.

Una de sus tareas es desarmar a los guerrilleros, pero no les resulta fácil. En Bozoum, soldados de la Unión Africana fueron alcanzados por disparos, sin embargo cuando se intentó buscar al culpable, la localidad explotó, quemando neumáticos y disparando al aire.

Caritas afirma que el tiempo se está acabando para la República Centroafricana. Se perfila en el horizonte inmediato una crisis de alimentos. Los agricultores tienen demasiado miedo como para retornar a sus campos. Si no se lleva a cabo la temporada de siembra en marzo, se generalizará el hambre en un país que depende de la agricultura de subsistencia.

Tradicionalmente, los musulmanes con comerciantes. Pero como han escapado del país, con ellos ha desaparecido también otra fuente de alimentos y la economía local está decayendo.

El pasado mes de enero, el Papa Francisco dijo que la Iglesia católica seguirá “trabajando con generosidad para ayudar a la población de todas las formas posibles, y, sobre todo, reconstruyendo un clima de reconciliación y paz entre todos los grupos de la sociedad”.