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Una mujer camina de vuelta a su casa en Bossangoa. Pasó meses escondida en la catedral. Antes, este breve trayecto habría sido demasiado peligroso. Foto de Matthieu Alexandre para Caritas Internationalis.

Una mujer camina de vuelta a su casa en Bossangoa. Pasó meses escondida en la catedral. Antes, este breve trayecto habría sido demasiado peligroso. Foto de Matthieu Alexandre para Caritas Internationalis.

Por Matthieu Alexandre

Lo que más me impactó cuando, después de cuatro meses, regresé a Bossangoa, al norte de la República Centroafricana, fue que podía pasear sin sufrir el miedo a ser disparado; la sensación es demasiado fuerte. Si es así para mí, no me imagino cómo será para la población local sentir esta recuperada libertad tras seis meses como prisioneros.

Bossangoa se ha convertido en símbolo del terror creado por la milicia Seleka. Tomaron el país por la fuerza en marzo de 2013 y destituyeron al presidente, François Bozizé. Más tarde, en septiembre, introdujeron medidas represoras contra Bossangoa, su ciudad natal.

Cuando estuve allí en noviembre, había 41.000 personas refugiadas en torno a la catedral de San Antonio de Padua. Los Seleka rodeaban el campamento, acercándose cada día un poco más a su valla perimetral. Había una aguzada sensación de miedo y claustrofobia.

Todas las noches se esperaba un ataque. Podría haber sido peor; si Cáritas no hubiera estado suministrando combustible para el generador, aquellas personas habrían pasado las noches preocupadas y a oscuras.

La Seleka se fue de Bossangoa con la llegada de fuerzas de paz de Francia y de la Unión Africana. Desde entonces, algunas de las personas del recinto católico han regresado a sus casas. No obstante, cuando visité el lugar a principios de marzo todavía había 25.000 personas en los alrededores de la catedral (este número ha descendido a 15.000 desde entonces). Hay muchas personas demasiado traumatizadas por la violencia que no quieren volver a sus casas, muchas personas que han perdido a sus familiares y se encuentran en estado de shock, gente que no tiene una casa a la que volver porque sus pueblos han sido incendiados.

Llegar al recinto sigue siendo impresionante. En teoría, el número de refugiados se ha reducido a la mitad pero, aún así, es difícil juzgar qué significa esto realmente. Sigue estando lleno de gente pero al anochecer ya no tengo que pasar por encima de personas tiradas en el suelo.

Otra diferencia es que puedo pasear durante 15 minutos en línea recta. Si hubiera hecho esto en noviembre, habría salido del perímetro de seguridad del campamento y me habría expuesto al peligro de ser disparado. Hoy, puedo visitar la casa de un antiguo residente del campamento. Puedo ir andando al río. Descubro que hay una fábrica de algodón que no había visto antes.

Mi última visita había sido por vía aérea. Cuando el pequeño avión aterrizó en la pista y apagó los motores, la calma era escalofriante. Normalmente, en África siempre hay algunos curiosos que vienen a esperar el avión y también algunas personas vendiendo fruta y bebidas. En noviembre, aparte de soldados protegiendo la pista y cooperantes esperando el vuelo semanal, no había ni un alma.

Durante el breve trayecto entre el aeropuerto y el centro de la ciudad, vi muchas casas incendiadas y ni un solo ser vivo. Nadie. Cuando el coche se detenía, había silencio. Algunos días más tarde tomé un avión de regreso, como de forma milagrosa, como si me estuvieran sacando de una pesadilla.

Esta vez vine por carretera. 300 kilómetros y dos horas de viaje desde la capital, Bangui, hacia el norte, escoltado por la fuerza de paz de la Unión Africana. Cuando nuestro convoy llegó al río decidí hacer el último kilómetro a pie. Fue un paseo corto, quizás insignificante, pero lo significó todo para mí.

Puede que el miedo a ser disparado haya desaparecido; la Seleka se ha ido y ahora las personas del lugar pueden moverse con libertad. Sin embargo, la aflicción es todavía muy grande. Las casas que no fueron incendiadas han sido saqueadas, la gente se ha quedado sin nada. Viendo las fotos me doy cuenta de que llevan exactamente la misma ropa que llevaban en noviembre. Necesitan herramientas agrícolas para cultivar sus campos y poder obtener alimentos de ellos. Puede que la ansiedad se haya ido pero las necesidades humanitarias se han quedado.

Cáritas Diocesana de Bossangoa recibe el apoyo de CRS. Juntos trabajan con las personas alojadas en el recinto de la catedral. También trabajan en el Ecole Liberté, una escuela en la que 7000 musulmanes buscaron refugio, aunque ahora solo hay 700 (la mayoría se han ido a Chad).

CRS y Cáritas también prestan ayuda en zonas rurales de Bossangoa, trabajando en pueblos en los que más del 70 por ciento de las casas han sido destruidas o han sufrido daños. A principios de febrero, 3.500 hogares de zonas rurales ya habían recibido artículos domésticos y toldos.

Matthieu Alexandre es un fotógrafo que visitó la República Centroafricana con Cáritas en noviembre de 2013 y en marzo de 2014.