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Nathalie Balakadja y sus siete hijos viven en un campo para desplazados en Bangui, República Centroafricana (CAR), desde hace más de cuatro meses. Foto de Kim Pozniak/CRS

Nathalie Balakadja y sus siete hijos viven en un campo para desplazados en Bangui, República Centroafricana (CAR), desde hace más de cuatro meses. Foto de Kim Pozniak/CRS

“Tengo hambre. No tengo comida”

Casi no oí la débil voz de la mujer mientras me abría paso cuidadosamente por la amplia carpa blanca bajo la que viven diversas familias desplazadas en el Centro John 23, un complejo parroquial en Bangui, la capital de la República Centroafricana.

Miré hacia abajo, de donde procedía la voz, y vi a una mujer con un vestido amarillo y chanclas sentada en una esterilla de paja fina y raída. Poco antes había notado los pegotes de barro que se estaban formando bajo mis zapatos, resultado de un fuerte chaparrón que se había producido aquella mañana más temprano y que hizo que la tierra se transformara en varias palmos de denso barro. La esterilla de Nathalie está extendida sobre ese barro y algunos de sus siete hijos están sentados a su alrededor.

Me paré a hablar con ella y escuché su historia sobre cómo ella y su familia habían llegado aquí, a la parroquia, el día de Navidad de 2013. Cuando los rebeldes armados de la Seleka fueron puerta a puerta en su barrio, con intensos tiroteos, supo que era hora de huir. Ella y sus hijos están a salvo ahora en este campamento que acoge a 1.500 personas desplazadas pero no tienen suficiente para comer y la humedad de la tierra mojada y lodosa cala sus esterillas y sus ropas.

Cientos de miles de personas en la República Centroafricana sufren por un conflicto que se ha estado desarrollando durante más de un año. Desde el exterior, muchos lo describen como religioso pero eso no es lo que yo estoy oyendo aquí. Existen factores económicos y políticos que han enfrentado a unas comunidades con otras en horribles actos de violencia y, como en tantos conflictos, los inocentes, –mujeres, niños y hombres–, son los que más sufren.

Cáritas reparte comida y otros artículos de auxilio por la República Centroafricana.  Foto de Kim Pozniak/CRS

Cáritas reparte comida y otros artículos de auxilio por la República Centroafricana. Foto de Kim Pozniak/CRS

Nathalie me cuenta que su vida era buena antes del conflicto. Se llevaba bien con los otros miembros de su comunidad, tanto cristianos como musulmanes, y vendía yuca para contribuir a la renta familiar. Ahora vive de la ayuda que le proporciona Cáritas, la cual recibe el apoyo de miembros de la confederación, entre los cuales está Catholic Relief Services. Recibe arroz, sardinas y aceite, lo suficiente para vivir. Los niños pasan los días jugando con juguetes que se han fabricado con cosas tomadas de la basura y con otros materiales que consiguen rescatar y reutilizar pero Nathalie quiere que vuelvan a la escuela.

Mientras hablamos, noto un leve tirón en la manga, cuando miro abajo veo a uno de los hijos de Nathalie, un niño pequeño de no más de 5 años: “¿Tienes algo de comer para mí?”, me pregunta en voz baja.

La historia de Nathalie es una de las cientos de historias de las personas aquí, en la República Centroafricana. Musulmanes y cristianos han sido obligados a abandonar sus casas, han visto cómo mataban a sus seres queridos y cómo destruían sus pertenencias; esperan desesperados a que se restablezca la seguridad para poder reiniciar sus vidas.

Mientras tanto, Nathalie y sus hijos salen adelante con la ayuda de Cáritas y la poca yuca que consigue vender a otras personas del campamento.

“Dios me da fuerza”, dice, explicando cómo es capaz de enfrentarse a cada día con la esperanza de que uno de ellos será el día en el pueda volver a casa.