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David Makul at the Magar IDP site in Agok, where he now lives. Photo by Faith Kasina/Caritas

David Makul at the Magar IDP site in Agok, where he now lives. Photo by Faith Kasina/Caritas 

David Makul, de 70 años, siempre anheló pasar el otoño de su vida en casa con su familia, criando a sus siete hijos mientras su esposa se hacía cargo de su negocio.

Ahora, forzado a buscar refugio en el campamento Magar para familias de desplazados internos en Agok, en la frontera entre Sudán y Sudán del Sur, a una hora de su hogar, esos planes parecen un sueño imposible.

“La vida aquí es difícil. Hace tres semanas, yo tenía una casa. Ahora duermo bajo un árbol. Este no es mi hogar”, dijo.

Las condiciones de vida aquí son despreciables. Sin un techo, la gente pasa las noches bajo los árboles, vulnerable a la lluvia e incluso a serpientes.

Sólo hay un pozo que suministra agua limpia, a las orillas del campamento. Unos cuantos jóvenes casi han terminado de construir una letrina. Sin instalaciones sanitarias, hay mucho riesgo de enfermedades como tifoidea y cólera.

Esta es la realidad para casi 5.000 personas, en su mayoría mujeres, niños y ancianos que viven en Agok; obligados a abandonar sus hogares en zonas asoladas por la guerra, como Mayom y Bentiu, al norte del país.

Caritas Sudán del Sury Ayuda de la Iglesia Noruega han ayudado suministrando artículos como cobijas y plásticos para 1.000 familias en los tres campamentos para desplazados en Agok.

Los dividendos de la paz aún no se ven

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Una familia de desplazados se ríe bajo un árbol que ahora es su hogar en el campamento Magar IDP, en Agok. Caritas ha distribuido plásticos, cobijas y colchonetas para las familias que viven aquí. Foto: Faith Kasina/Caritas

A mediados de mayo, en la capital de Etiopía, Addis Abeba, se firmó un nuevo acuerdo de paz exhortando al cese de hostilidades entre las facciones en conflicto, renovando las esperanzas de ponerle fin a la crisis. Los agricultores volverán a cultivar sus parcelas y las familias volverán a sus hogares.

Sin embargo, la mayoría de las familias no están muy enteradas del proceso de paz, ya que no tienen radios ni otros medios de comunicación masiva, lo que dificulta que tomen la decisión de volver.
“Sólo creeré en ese acuerdo cuando se hayan silenciado las armas y me pueda llevar a estos chicos a dónde pertenecen”, dijo David.

A 45 minutos en coche por un camino escabroso al sureste de Agok, en el pueblo natal de David en el Condado de Abiemnhom, la vida parece haber vuelto a la normalidad. La gente está retornando a casa. A lo largo de la polvorienta carretera de murrán, los niños desafían el sol candente, caminan detrás de sus madres cargando colchonetas y bidones de agua, ansiosos por terminar su viaje. Otros van en camiones, apretujados entre colchones y otros artículos de hogar, viendo a los lados como si buscaran a un familiar.

En el pueblo se siente una calma incómoda. De vez en cuando, camiones armados patrullan las áreas, los patrulleros se mantienen alerta mientras se pasean de un lado a otro del pueblo. Las mujeres hablan calladamente mientas venden sus mercancías en pequeños quioscos al aire libre esparcidos a lo largo de la calle principal. Los hombres se sientan fuera de chiringuitos de té, absortos en sus conversaciones.

El lento camino a casa

El comisionado del condado para el área, Arop Turuk, ha enviado tres camiones para que traigan de vuelta a familias desde Agok a sus hogares.

“Estamos alentado a la gente a volver, porque este es su hogar”, dijo. “Ahora la situación está tranquila y la gente debe volver y cultivar la tierra, de lo contrario las cosas no serán más fáciles el año que viene”.

Nyanlou Monylang, 43, acaba de volver con su esposo y sus siete hijos. Han estado en el Campamento Majak Deng Kaya IDP en Agok durante el último mes. La añoranza por su hogar no los pudo mantener alejados más tiempo.

“Huimos a Agok porque la gente estaba huyendo y teníamos miedo de quedarnos solos”, dijo. “Pero una vez que oímos que era seguro volver y vimos a otros haciendo lo mismo, empacamos y nos venimos. Puede que no tengamos mucho, pero estamos en casa. Dormimos seguros y dejamos que Dios solucione el resto”.

Continuamos nuestro viaje y el conductor sintoniza en la radio una estación que toca himnos. Al poco tiempo un lector de noticias anuncia nuevos combates en otra parte del país.

Niños acarreando agua de un pozo en el campamento Majak Deng Kaya en Agok. Foto: Faith Kasina/Caritas

Niños acarreando agua de un pozo en el campamento Majak Deng Kaya en Agok. Foto: Faith Kasina/Caritas

“No sé nada acerca del acuerdo y no sé en qué podría ayudar mi opinión”, dice Nyanlou. “Todo lo que sé es que alguien nos tiene que escuchar. Hemos estado huyendo de un lado a otro por muchos años y ya es hora de parar”.

Voces olvidadas

El Secretariado de la Conferencia Episcopal de Sudán del Sur se ha aliado con la Red de Radios Católicas para diseminar información sobre el progreso de las negociaciones de paz a través de siete estaciones locales de radio en todo el país. Se exhorta a los oyentes a que llamen y den sus puntos de vista.

“En cualquier crisis, muchos de los afectados no tienen la oportunidad de hablar y terminan siendo olvidados”, dijo Gabriel Yai, Director Ejecutivo de Caritas Sudán del Sur.

“Es importante que las comunidades, y especialmente los desplazados internos, tengan una plataforma desde donde sus voces puedan ser escuchadas y sus necesidades atendidas de forma eficaz. Entre mejor informados estén, mejor podrán controlar su futuro”, dijo.

Sin embargo, a sus 70 años, David sigue considerando que la paz y, lo que es más importante, volver a su hogar, son un sueño imposible.

“Cuando veo a mis hijos y la situación en que están ahora, pierdo la fe” dijo, viendo con ternura a su hijo más pequeño, sentado a la par suya. “No nos veo volviendo pronto, pero espero que algún día lo haremos”, dijo.