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Awad y Muntaha

Hay una epidemia de bodas en el Campamento Taanayel, un destartalado lugar en el que se encuentran alrededor de 50 familias de refugiados sirios en el Valle de Bekaa de Líbano. Dicen que muchas semanas han tenido unas cinco bodas allí y celebrado cerca de cien desde que el campamento nació hace un año y medio.

El paisaje de Bekaa Central está salpicado por unos 50 asentamientos como este, con tiendas provisionales, riachuelos obstruidos por la basura, polvo, calor, niños y nada que hacer excepto soñar con volver a casa algún día.

La mayoría de la gente aquí procede de aldeas de fuera de Aleppo. Todo el mundo tiene una historia que contar respecto a lo que es vivir entre el hambre y las bombas, viendo cómo amigos y parientes son asesinados y huyendo hacia un futuro incierto como uno más del millón de refugiados sirios de Líbano.

Los recién casados más recientes son Awad y Muntaha, casados hace una semana aproximadamente. “La segunda o tercera vez que vi a Muntaha, mi corazón empezó a latir por ella”, dice Awad.

Awad (a la derecha), de 15 años, y su reciente esposa Muntaha, de 14, posan en un campamento de refugiados sirios el 17 de junio de 2014 en el pueblo libanés de Zahle, en el Valle de Bekaa. Se casaron hace unas semanas en el campamento. Foto: Matthieu Alexandre/ Cáritas.

Awad (a la derecha), de 15 años, y su reciente esposa Muntaha, de 14, posan en un campamento de refugiados sirios el 17 de junio de 2014 en el pueblo libanés de Zahle, en el Valle de Bekaa. Se casaron hace unas semanas en el campamento. Foto: Matthieu Alexandre/ Cáritas.

Amigos y vecinos se reunieron allí para organizar una pequeña celebración. “Estaba feliz porque mi hijo se iba a casar”, dice el padre de Awad. “Era triste que fuera aquí en este campamento, pero es una señal de esperanza”.

Awad tiene 15, Muntaha 14. Ambos han estado fuera del colegio durante tres años: el sistema educativo fue una pérdida temprana de la guerra en Siria. Los hombres en el campamento dicen que casarse siendo tan joven es normal.

“En la tradición islámica, no eres una persona completa hasta que te casas”, dice el padre de Awad. Él mismo se casó a los 14, tiene tres esposas y ha visto a tres de sus hijas contraer matrimonio, todas alrededor de los 14 años también.

La ley en Siria establece la edad mínima para casarse a los 17 años para los chicos y a los 16 para las chicas. Sin embargo, a los líderes religiosos les está permitido aprobar matrimonios informales a la edad de 13 años para ellas y de 16 años para ellos.

La investigación de Naciones Unidas sobre el matrimonio prematuro en los refugiados sirios muestra que más de la mitad de las mujeres se casaron antes de los 18. Muchos trabajadores humanitarios dicen que los matrimonios prematuros están aumentando, pues los padres creen que sus hijas estarán mejor protegidas frente a la violación si tienen un marido.

“La vida aquí en los campamentos no es estable. Nosotros hemos tenido que huir. No tenemos trabajo, ni seguridad económica. “Ver a Awad casarse hace que todo parezca más seguro”, dice su padre.

La pareja planea tener niños cuando ellos puedan “tocar suelo sirio de nuevo”. El embarazo en las chicas tan jóvenes como Muntaha puede ser peligroso o llevar a complicaciones en embarazos posteriores
No todo el mundo está convencido de la sensatez de esta unión entre ambos. “Son sólo niños”, dice Aziz, él mismo de sólo 18 años y quien iba a contraer matrimonio la semana siguiente.

Amar

Cuando la trabajadora social de Cáritas Laurette Challita conoció por primera vez a Amar durante una visita al hogar de los refugiados sirios en el norte de Líbano fue “escalofriante”.

La chica de 18 años tenía un rostro delgado, inexpresivo, completamente blanco bajo el pañuelo negro que le cubría la cabeza. La mirada de Amar no se no se movía. Cuando se le preguntó si necesitaba ayuda empezó a repetir la palabra “Inshallah”.

Amar no se relacionaba con su familia y su padre tenía que obligarla a comer. Cada vez que un avión sobrevolaba la zona, ella se escondía en el baño.

Amar, de 18 años, una refugiada siria recién llegada y víctima de un trauma, posa el 19 de junio de 2014 en el Centro de Migrantes de Cáritas en Dahr El Ain, cerca de Trípoli. Amar está catatónica y no ha podido hablar durante los últimos seis meses. Al fondo se puede ver un dibujo hecho por un centenar de mujeres para el Día de la Mujer el 8 de marzo de 2014. Foto: Matthieu Alexandre/Cáritas.

Amar, de 18 años, una refugiada siria recién llegada y víctima de un trauma, posa el 19 de junio de 2014 en el Centro de Migrantes de Cáritas en Dahr El Ain, cerca de Trípoli. Amar está catatónica y no ha podido hablar durante los últimos seis meses. Al fondo se puede ver un dibujo hecho por un centenar de mujeres para el Día de la Mujer el 8 de marzo de 2014. Foto: Matthieu Alexandre/Cáritas.

Laurette Challita cuenta con diez años de experiencia ayudando a las víctimas de los conflictos en Irak y Siria. Este fue el peor caso de trauma que la veterana trabajadora social había visto nunca. Poco a poco ella comenzó a montar la historia.

Amar se casó a los 14 con su marido, de 25 años. Fue un matrimonio concertado, pero su padre decía que la pareja se había enamorado. Tuvieron un hijo hace dos años.

Después la guerra civil llegó a Aleppo. Los padres de ella huyeron a Líbano, dejando sola a su hija con la familia de su marido. Un coche en el que viajaba Amar fue alcanzado por una bomba. Ella sobrevivió pero comenzó a comportarse de un modo extraño después de aquello.

Su suegra no entendía que Amar tenía una enfermedad mental, y comenzó a maltratarla, llamándola “posesa”. La suegra presionó a su hijo para que se casara de nuevo. Cuando éste se prometió, la suegra arrastró a Amar a la fiesta.

Cuando su condición se vio deteriorada, Amar fue enviada a vivir con sus padres, que por entonces estaban como refugiados en Líbano. Estar separada de su hijo hizo que la mente de esta joven mujer se bloqueara.

“Me quedé impactado al ver en lo que se había convertido”, dice Ahmed, su padre. “Amar significa `luna´en árabe. La Amar que yo conocía brillaba como la luna. Era tan resplandeciente, tan cariñosa, tan lista…”

Amar fue derivada a una psicóloga de Cáritas, Caroline Ghosn. “Ella estaba catatónica y había desarrollado una `personalidad múltiple´ como manera de protegerse de todo aquello por lo que había pasado”, dice la doctora.

Amar con la psicóloga de Cáritas, Caroline Ghosn, durante una sesión de terapia. Foto: Matthieu Alexandre/Cáritas.

Amar con la psicóloga de Cáritas, Caroline Ghosn, durante una sesión de terapia. Foto: Matthieu Alexandre/Cáritas.

La terapia con Amar ha sido lenta, pero un día ella lanzó y recogió una pelota. “Fue todo un logro”, dice su psicóloga.

Su padre no culpa al marido o a la familia de éste, solamente a la guerra. El marido, dice él, ha roto su compromiso y ha pedido que Amar vuelva. Por ahora, ella se va a quedar aquí.

“Fue un error que se casaran tan jóvenes”, dice el padre. “A esa edad, ¿cómo puedes manejar una situación así?”

Fatima Ali

Sentada en el pasillo de un centro médico de Cáritas en Beirut, Fatima Ali nos cuenta que ha visto suficiente sufrimiento como para tres vidas.

Esta mujer de 34 años y madre de cinco hijos es una refugiada procedente de Homs, una ciudad que ha quedado devastada tras los tres años de guerra civil de Siria. “Allí no había nada excepto las bombas”, dice.

Después de que su familia huyera a Líbano en 2011, su hijo de 16 años Mohammed empezó a enfermar. Se le diagnosticó la enfermedad de Hodgkin, un tipo de cáncer.

El tratamiento para el cáncer es caro y son muchas las demandas al sistema sanitario libanés por parte del millón de refugiados. Solo una cuarta parte de la petición de las Naciones Unidad para la crisis de Siria ha sido financiada.

Fatima Ali (a la derecha), esperando su turno en el Centro médico-social St. Michel, financiado por Cáritas, el 20 de junio de 2014 en Sed El Baouchrieh, en Beirut. Foto: Matthieu Alexandre/Cáritas.

Fatima Ali (a la derecha), esperando su turno en el Centro médico-social St. Michel, financiado por Cáritas, el 20 de junio de 2014 en Sed El Baouchrieh, en Beirut. Foto: Matthieu Alexandre/Cáritas.

“Dicen que se puede tratar a 200 personas por el mismo coste que supondría el tratamiento de mi hijo”, dice Fatima. “Les pregunté cómo se puede tratar a alguien que tiene un resfriado y no atender a un niño con cáncer”.

Pidiendo prestado dinero, fue capaz de conseguir los cuidados que Mohammed necesitaba pero, al mismo tiempo, las cosas habían comenzado a resolverse en casa.

Fatima procedía de una comunidad agrícola en Siria. Se casó joven, a los 14. “Quería permanecer en el colegio. Había ganado premios de matemáticas”, dice. “Mi educación terminó cuando me casé”.

Ya después, como refugiada en Líbano, su marido llegó a ser muy violento. “Me golpeaba tan fuerte que tenía fracturas”, dice. Los niños, de entre 16 y 8 años, estaban obligados a trabajar durante largas horas en el campo, incluso Mohammed. El cáncer regresó.

“Huimos cuando mi marido quiso casar a mi hija de 13 años con un libanés de 47”, dice Fatima. El hombre le ofreció 3000$. Él ya tenía tres esposas.

Cáritas dirige refugios para mujeres víctimas de abusos y llevaron a Fatima y a su familia a uno de ellos. Cáritas le proporcionó asesoramiento jurídico y ella fue capaz de conseguir el divorcio y la custodia de los niños.

Ahora su interés se centra en encontrar un lugar estable en el que quedarse, en que sus hijos vayan al colegio y en conseguir el tratamiento para Mohammed.

El pediatra Rouchdi El Hajj (a la izquierda) mira la radiografía de Mohammed (a la derecha), que tiene cáncer, en el Centro médico-social St. Michel, financiado por Cáritas, el 20 de junio de 2014 en Sed El Baouchrieh, en Beirut. Foto: Matthieu Alexandre/Cáritas.

El pediatra Rouchdi El Hajj (a la izquierda) mira la radiografía de Mohammed (a la derecha), que tiene cáncer, en el Centro médico-social St. Michel, financiado por Cáritas, el 20 de junio de 2014 en Sed El Baouchrieh, en Beirut. Foto: Matthieu Alexandre/Cáritas.

Los médicos de la clínica de Cáritas creen que, si obtiene la ayuda que necesita, su futuro será positivo. En la clínica no están equipados para tratar un cáncer, así que están intentando encontrarle ayuda en otro lugar.

“Me sentaré en la puerta de Naciones Unidas si tengo que hacerlo”, dice Fatima. “Debes ser fuerte para ser madre. Yo no era fuerte antes, pero ahora lo soy”.