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Migrants arriving at Lampedusa. Credit: Caritas

Los migrantes que llegan a Lampedusa. Foto: Caritas

Hoy vivimos en un mundo que parece ciencia ficción en comparación con aquel en el que yo crecí. Si tienes un ordenador, puedes quedarte en casa y videochatear con amigos que están en otro país, realizar compras y operaciones bancarias y acceder a completas bibliotecas de información. Este es nuestro mundo globalizado de hoy.

Desafortunadamente, más que crear las condiciones para una “globalización del espíritu” para que podamos vivir en un estado de coexistencia pacífica y fraternidad, estamos experimentando cada vez más una “globalización de la indiferencia”.

Sobre esto habló el Papa Francisco durante la eucaristía en la isla mediterránea de Lampedusa en julio de 2013. Este es un lugar en el que han muerto miles de inmigrantes, ahogados en el mar, intentando llegar a sus costas.

Pensaba en la visita del Papa a Lampedusa mientras me preparaba para dar un discurso en una gran conferencia sobre migración celebrada en Washington y organizada por Catholic Charities USA, la Conferencia Episcopal de EE.UU y la Red Legal Católica para la Inmigración

Hemos trabajado muy duro para derribar las barreras del comercio, los desplazamientos y la comunicación y aún así construimos muros y vallas para frenar el movimiento de seres humanos. Muchos migrantes no tienen la opción de quedarse en casa para navegar por la red y beneficiarse de este mundo globalizado porque muchos de ellos no solo no tienen ordenador sino que a menudo ni siquiera se pueden permitir dar a sus hijos platos nutritivos de forma regular.

Mientras que haya desigualdad, pobreza y falta de oportunidades en muchos países, las personas no tendrán más opción que irse si quieren una vida mejor para ellos y sus familias. Es una cuestión de derechos humanos pero también simplemente de humanidad.

Con bastante frecuencia, cuanto más rica se hace una persona o una nación, más altas son las barreras que construyen entre ellos y los demás. El miedo a perder lo que tienen se vuelve más poderoso que su amor y su responsabilidad hacia los demás.

Un año después de su visita a Lampedusa, el Santo Padre ha escrito al Arzobispo de Agrigento, Sicilia, en una “nueva visita espiritual” a la isla para arrojar a las aguas “ramilletes de oración” por el sufrimiento de las mujeres, los niños y los hombres que huyen de la pobreza y de las guerras en busca de una vida mejor. [Leer el mensaje del Papa en italiano]

El Papa dice que la crisis migratoria debe afrontarse no con la “lógica de la indiferencia” sino con la “lógica de la hospitalidad y el compartir”, para que podamos promover la dignidad humana.

Para cualquier persona de fe, no existe un mensaje más claro sobre cómo deberíamos responder a los migrantes que la parábola del buen samaritano. Acoger al extranjero. Alimentarlo, lavar sus heridas y cuidarlo. Acoger a aquel que es diferente a ti.

Los inmigrantes que llegan a nuestras fronteras a menudo están asustados y traumatizados. Ellos se han armado de valor y han embarcado en un viaje de miles de kilómetros sin garantías de éxito. Puede que se hayan enfrentado al tráfico de personas, al abuso y al hambre. Sin embargo, cuando veo cómo está reaccionando la comunidad internacional ante la crisis migratoria, me pregunto ¡¿quién es el que tiene más miedo: los migrantes o los países hacia los que se dirigen?!

Caritas in Lampedusa provides help to the newly arrived migrants. Credit: Caritas

Caritas in Lampedusa ofrece ayuda a los inmigrantes recién llegados. Foto: Caritas

En algunas partes del mundo, los migrantes, incluidos los niños, son encerrados en celdas y obligados a dormir en suelos de hormigón. Parece que las autoridades ni siquiera consideran la dignidad de la persona o el daño psicológico causado por retener a los migrantes como si fueran prisioneros.

Los muros y las vallas nunca serán lo suficientemente altos y fuertes como para hacer que millones de migrantes no lleguen a sus destinos porque ellos, por su parte, tienen valor, fuerza y determinación. Si sus países les ofrecieran oportunidades y una vida digna, se quedarían en casa y usarían estas cualidades y sus talentos para invertir en la construcción de sus propios países.

El Papa Francisco nos anima a tender una mano de bienvenida a los inmigrantes que llegan a nuestras costas y nuestras fronteras. Nos invita a hacerlo sin miedo y con cariño y comprensión.

¿Podemos tener un valor, una fuerza y una determinación igual a la de los migrantes para poder acogerlos, ayudarlos a cambiar los sistemas que hacen que sus países no salgan de la pobreza mientras que otros se hacen ricos, y construir una globalización de la solidaridad?

Para hacer esto, antes de nada tenemos que derribar las barreras dentro de nosotros mismos. Quizás podamos empezar ofreciendo “ramilletes de oración” por los que han muerto en el viaje migratorio y por los que siguen viajando.