Esta página está a su disposición también en: Inglés, Francés

“Los niños estaban muriendo de hambre. No había leche para alimentar a los recién nacidos”. Dice Amal, madre de 27 años que recientemente ha huido de Damasco.

“La gente comía gatos y perros. Hervíamos hierba para que hubiera más cantidad. Odiabas el día porque no había nada que comer y odiabas la noche porque no había nada que comer”, dice.

Los sirios siguen huyendo de la guerra que hay en su país, cruzando la frontera a Líbano y a otros países vecinos. Aunque sea para enfrentarse a una vida de incertidumbre como refugiados; dicen que no tienen elección porque tienen que salvar a sus hijos.

“Han perdido todo, no solo sus casas y sus pertenencias sino también su autoestima”, explica Laurette Challita, coordinadora del norte del Centro de Migrantes de Caritas Líbano

“Nuestro trabajo es devolverles la dignidad. Dar a los refugiados el control de sus propias vidas”, explica.

Los refugiados viven en tiendas de campaña en campamentos improvisados o, los que todavía pueden permitírselo, en edificios y apartamentos abandonados. Tienen que pagar el alquiler, la electricidad, la comida y el agua. Los niños deben ir al colegio, las madres deben dar a luz en hospitales y los ancianos necesitan asistencia médica.

Mientras que las necesidades aumentan, los recursos disminuyen. Naciones Unidad dice que solo ha recibido un 28 por ciento de los 6,5 billones de dólares que solicitó para 2014.

“Tengo un hijo de dos años. Cuando veo una madre con un nuevo bebé le digo que ella tiene que comer para poder alimentar al bebé. Se me parte el alma porque sé que no puede permitírselo”, dice Laurette Challita.

Un hombre posa ante lo que era una sala de conferencias que se ha convertido en un refugio para refugiados sirios el 19 de junio de 2014 en Dahr El Ain, cerca de Trípoli. Foto de Matthieu Alexandre/Caritas

Un hombre posa ante lo que era una sala de conferencias que se ha convertido en un refugio para refugiados sirios el 19 de junio de 2014 en Dahr El Ain, cerca de Trípoli. Foto de Matthieu Alexandre/Caritas

Líbano es un país muy pequeño, con una población de 3 millones de habitantes. Está haciendo verdaderos esfuerzos para manejar la afluencia de personas.

“El millón de refugiados ha ejercido un enorme presión en Líbano”, explica el Padre Paul Karam, presidente de Cáritas Líbano. “Ahora un tercio de nuestra población es siria. Imagínese si Reino Unido, Italia o Estados Unidos tuvieran que acoger tal cantidad de personas”.

La magnitud de la crisis es impactante. Alrededor de 2,8 millones de refugiados sirios han huido a países vecinos mientras que dentro del país cerca de 10 millones necesitan asistencia.

“No tenemos en nuestras manos suficiente material para ayudar a todos”, dice el Padre Paul Karam. “La falta de asistencia es un escándalo. Líbano no debería tener que pagar el precio de la crisis”.

Cáritas sigue ofreciendo ayuda a los recién llegados, repartiéndoles paquetes de alimentos, hornillos y ropa de cama. Sus unidades clínicas y centros médicos móviles proporcionan asistencia sanitaria básica.

“Podemos proporcionar un buen nivel de asistencia”, dice el Dr. Joseph Dibeh, quien trabaja en una clínica de Cáritas en Beirut. Está orgulloso de no haber registrado en su clínica ninguna muerte en los dos últimos años.

“Es frustrante porque podríamos estar haciendo más. En vez de que los refugiados vinieran a nosotros, deberíamos tener puntos de asistencia médica en los lugares en los que viven, proporcionando asistencia 24/7”, afirma.

Cáritas está diversificando su apoyo, pasando de centrarse en el reparto a hacerlo en ofrecer formación en habilidades que capaciten a las personas para la vida, y en la educación de los niños. Desde el principio del año, Cáritas ha conseguido que 60.000 niños refugiados vayan al colegio.

Myra Nassif dirige un centro comunitario de Cáritas para refugiados sirios en Dahr El Ain-Koura, al norte de Líbano. El centro ofrece a adultos y adolescentes formación de inglés, tecnologías de la información y peluquería.

Los niños más pequeños pueden asistir a un “Programa de aprendizaje acelerado”. De este modo, pueden ponerse al día con lo que han perdido en los últimos tres años. Los prepara para entrar en el sistema escolar libanés, cuyo plan de estudios difiere mucho del de Siria.

Niños refugiados sirios asisten a clase el 20 de junio de 2014 cerca del Centro de Migrantes de Cáritas en Dekwaneh, Beirut. Foto de Matthieu Alexandre/Caritas

Niños refugiados sirios asisten a clase el 20 de junio de 2014 cerca del Centro de Migrantes de Cáritas en Dekwaneh, Beirut. Foto de Matthieu Alexandre/Caritas

“Sus prioridades son el alquiler y la comida”, dice Myra Nassif. “Sin embargo, una vez que empiezan con las actividades les encantan”.

“Nosotros no nos centramos en los números sino en la calidad del trabajo. Es un trabajo muy exigente pero cuando los sirios me dicen que este es el mejor centro comunitario de la zona, hace que merezca la pena”, dice.

El centro también proporciona terapia de grupo. Todos los refugiados sirios han sido testigos de la violencia, han visto cómo asesinaban a gente y han perdido amigos y familiares.

“Después de la terapia, empiezan a abrirse más. Comienzan a dormir por la noche”, explica la psiquiatra Monette Kraitem. “No podemos borrar sus recuerdos pero podemos ayudarlos a enfrentarse a su situación actual”.

Todos los refugiados tienen el mismo deseo: volver a las vidas que tenían antes de la guerra.
Hajar tiene 28 años pero parece que tiene 40. Es de Hama, una ciudad siria que constituye uno de los principales escenarios de los años de guerra civil. Se fue cuando empezó la guerra y volvió el año pasado para dar a luz a su hija. Quedó atrapada en el asedio de la ciudad.

“Durante el día había bombardeos durante dos o tres horas, por la noche era peor”, dice.
Consiguió escapar a través de túneles construidos por los franceses en los años 20 y dio a luz en un hospital. Desde allí llegó al norte de Líbano, donde ahora vive en un gigante centro comercial abandonado junto a otras 120 familias. Es caluroso, sofocante y claustrofóbico.

Hajar significa ‘huida’ en árabe. En el Antiguo Testamento, Hajar (Agar) era la concubina de Abraham y la madre de Ismael, el fundador del pueblo árabe. Fueron expulsados al desierto pero Dios oyó sus lamentos y los salvó.

4.000 años después se produce una súplica similar. Levantando sus ojos a los cielos, Hajar dice: “espero que Dios escuche nuestras oraciones por la paz en Siria y que un día podamos volver a casa”.