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Aquí, en el campamento Khamsa Dagaig en la región de Darfur Central, el aire está cargado del ácrido olor de carbón ardiendo y estiércol de animales. Amina* ha vivido aquí por los últimos diez años, desde que huyó de su aldea cuando estallaron los combates.

Tenía 16 años cuando llegó.

“Era el mes de octubre, todos nosotros (los aldeanos) estábamos trabajando arduamente en la cosecha. Yo estaba durmiendo cuando oí que nuestra aldea estaba siendo atacada”, recuerda Amina con la mirada fija en el horizonte.

“Yo no sabia quién nos disparaba o por qué, tenían la cara cubierta. Primero llegaron en camellos y caballos, luego en vehículos pesados y finalmente llegaron a pie. La gente gritaba, corría y había incendios por todos lados. Yo tenía tanto miedo que salí corriendo sin siquiera ponerme zapatos”.

Amina* en el campamento Khamsa Dagaig en la región de Darfur Central. Foto: Annie Bungerouth/ACT-Caritas

Muchos poblados en Darfur han sido reducidos a círculos de cenizas – quemados y arruinados por el continuo conflicto – los que han sobrevivido no han tenido más opción que trasladase de las áreas rurales a los campamentos.

Este año se conmemoran diez años desde que la NCA dirigió la enorme respuesta humanitaria al conflicto de Darfur. El organismo de socorro ha estado trabajando en condiciones muy difíciles para suministrar ayuda vital y atención, operando clínicas médicas y de nutrición, proporcionando agua potable y salubridad, operando escuelas y apoyando iniciativas de pequeños agricultores.

Estos servicios vitales llegan a más de un millón de personas al año, lo que la convierte en una de las operaciones de socorro más grandes en el terreno.

Bajo el tórrido calor del sol matutino, caminamos junto con Amina que va a recoger su ración diaria de agua entre estrechos callejones dickensianos en medio de viviendas improvisadas. Sus dos hijos caminan zigzagueando frente a ella, llamando a sus amigos. Ir a recoger agua del grifo comunitario es un evento diario para ellos. Ella camina pausadamente detrás de ellos, meciendo su bidón de plástico blanco en la mano, con la misma cadencia que sus pasos.

Uno creería que el hecho de que exista un grifo comunitario en esta área de un campamento con 20.000 habitantes no es nada del otro mundo, pero para Amina y sus vecinos significa un gran logro.

Uno de los grandes éxitos del increíble programa humanitario de NCA durante los últimos diez años en Darfur es cómo, junto con los habitantes, la organización logró llevar agua al campamento. “Cuando llegamos a este campamento, el agua era un gran problema” dice Amina. “Teníamos que caminar hasta el valle para ir a recolectar agua y esto era peligroso porque nos amenazaban los nómadas, que nos pegaban y nos atacaban.

Pero necesitábamos ir a recoger agua para nuestros quehaceres diarios, así que no nos quedaba otra opción que salir del campamento”.

Para cubrir esta obvia necesidad, los habitantes del campamento formaron comités y, con el apoyo de NCA, elaboraron un plan de acción ambicioso y vital: utilizarían la tecnología moderna – paneles solares – para traer agua potable limpia a las comunidades.

Uno creería que el hecho de que exista un grifo comunitario en esta área de un campamento con 20.000 habitantes no es nada del otro mundo, pero para Amina y sus vecinos significa un gran logro. Foto: Annie Bungerouth/ACT-Caritas

Amina, miembro de uno de los comités de agua del campamento, recuerda haberse quedado mirando intensamente el enorme agujero del pozo recién cavado; ella, junto con otras mujeres, había llegado al lugar del pozo a llevarles comida a los hombres que estaban excavando los cimientos. Al igual que la mayoría de mujeres y niñas de su vecindario, ella comprendía la importancia que este proyecto tendría para sus vidas.

Los paneles solares proporcionan energía para bombear el agua utilizando una pequeña cantidad de la energía producida. Dado que el tórrido calor de finales de la mañana le arranca a uno la piel del cuerpo, yo sí podía creer que los paneles estaban trabajando horas extras, asegurando veintinueve litros de agua para cada uno de los habitantes del campamento.

Amina camina de vuelta, ahora balancea el bidón en su cabeza, sin derramar una gota, estará de regreso y segura en casa en menos de diez minutos.

El día que tuvimos agua en el campamento fue el mejor. Después de diez años de vivir aquí seguimos enfrentándonos a muchos desafíos, pero al menos no tenemos que preocuparnos de ir a traer agua.

“Shukran – gracias”.

En medio del calor y el polvo, Amina sigue teniendo el valor de ver al futuro y soñar con la paz.

“Me dio tristeza que mis hijos hayan nacido aquí en los campamentos, ellos no saben nada acerca de nuestra aldea, no saben cómo cultivar la tierra. Pero cuando finalmente llegue la paz, podré retornar con mis hijos y enseñarles cómo sembrar las semillas en la tierra.

Yo rezo para que Dios me de fuerza y nos ayude a cambiar esta vida y a traer la paz”.

*El nombre ha sido cambiado a solicitud de la persona.