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Para entrar al campamento Hamadia en la región de Darfur Central en Sudán, uno tiene que atravesar un llano paisaje muy semejante a la superficie lunar, de la tierra arenosa se levantan hornos para ladrillos de adobe.

Los hornos los operan jornaleros. Toma dos días hacer 1.000 ladrillos que se venden por unas cuarenta libras sudanesas, el equivalente de unos 7U$D dólares.

El campamento Hamadia alberga a más de 68.000 personas, y durante los diez años NCA ha visto cómo ha cambiado la naturaleza de los campamentos, de tiendas de campaña improvisadas a viviendas más permanentes fabricadas con adobe. Foto: Annie Bungerouth/ACT-Caritas

Hay burros por todos lados, amarados a vetustos carromatos de madera que aguardan para transportar los ladrillos vendidos y a su dueño.

El impacto medioambiental de encender los hornos es evidente – los bosques han sido diezmados, no hay protección contra el calor abrasador de los rayos del sol o las haboub (tormentas de arena) de la estación. Me cuentan que cuando los vientos de las haboub son “fuertes” le pueden levantar a uno los pies del suelo.

Conducimos por las escabrosas calles de terracería del campamento, aparcamos el 4×4 y continuamos el viaje a pie. Los niños nos siguen como al flautista de Hamelín, llamando a sus amigos para que se unan a la serpenteante fila. Uno de los jeques locales sale y los ahuyenta, ellos se dispersan tan pronto como aparecieron.

La contraparte de Caritas, Ayuda de la Iglesia Noruega, ha estado operando sus programas vitales de ayuda en la región de Darfur durante diez años. El campamento Hamadia alberga a más de 68.000 personas, y durante los diez años NCA ha visto cómo ha cambiado la naturaleza de los campamentos, de tiendas de campaña improvisadas a viviendas más permanentes fabricadas con adobe.

La gente encuentra cada vez más difícil el poder retornar a sus aldeas debido al continuo conflicto entre el gobierno y grupos rebeldes, y a la lucha interétnica entre tribus; por consiguiente, está haciendo lo que puede por forjarse una vida en los campamentos.

Llegamos a un claro, casi un oasis de tranquilidad a excepción del ruidoso generador que bombea agua por el mosaico de pequeñas parcelas de tierra cultivadas con una combinación de forraje y alimentos como sorgo y quimbombó. El generador alimenta los paneles solares del sistema de irrigación, que riega las parcelas.

*Mohammed se pasea por las hileras de su sorgo recién sembrado, su pequeña herramienta para limpiar la mala hierba – conocida como “kiering kwie” brilla al sol mientras su mano experta arranca la mala hierba. Erguido, con el sudor resbalando lentamente por su frente, examina su labor. Está satisfecho.

“Aprendí estas habilidades [arrancar la mala hierba] en mi aldea cuando era pequeño, cultivar alimentos para mi familia y también para venderlos en el mercado era una vida pacífica.

Me fui hace seis años porque llegaron hombres armados y lo quemaron todo”.

Mohammed ha podido cultivar suficiente comida para su familia y también gana algo de dinero por sus cosechas. Foto: Annie Bungerouth/ACT-Caritas

La agricultura es la forma tradicional de vida para muchos sudaneses en el área rural. Sin embargo, la gente que se vio obligada a abandonar sus hogares por causa del conflicto lo perdió todo – sus valiosas propiedades, su tierra, su ganado, sus herramientas y sus semillas.

La NCA ha sido la fuerza impulsora que ha ayudado a que las comunidades de los campamentos se vuelvan más autosuficientes.  Han alentado la creación de cooperativas de agricultores – mujeres, hombres, jóvenes y familias vulnerables – se reúnen y dividen la tierra en secciones. Trabajan juntos cuidando sus parcelas que en total suman unas quince hectáreas de tierra por cooperativa.

Tienen un sistema de ahorro mediante el cual el dueño de cada parcela contribuye al alquiler de la tierra.

La NCA trabaja con agricultores como Mohammed y su familia, brindando apoyo con formación sobre cómo mejorar el suelo y el cultivo de la tierra para mejorar cosechas, además de con semillas y herramientas.

Existen desafíos; aquellos cuyas parcelas se encuentran más lejos de la estación de bombeo no siempre reciben suficiente agua para irrigar sus cultivos y tienen que recurrir a transportar agua con burros.

Mohammed ha podido cultivar suficiente comida para su familia y también gana algo de dinero por sus cosechas. Él cultiva pienso para burros – entre seis y ocho costales por cosecha – que vende en el mercado por alrededor de 300 libras sudanesas y cultiva quimbombó y sorgo para la cesta familiar, cualquier excedente también lo vende.

“En los primeros días, cuando llegamos aquí, yo no tenía nada; no había ni siguiera una fuente de agua. Dependía del PMA para obtener comida. Fueron días muy oscuros, no poder mantener a mi familia.

Ahora estoy muy contento porque mis manos están ocupadas cultivando alimentos.

NCA me ha devuelto la dignidad. Me siento orgulloso cuando superviso mis cosechas.”

*El nombre ha sido cambiado a solicitud de la persona.