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Por Fabrice Boule’ y Harriet Paterson. Fotos por Alexandra Way/Caritas Switzerland

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La música se escapa por la ventana de un edificio a punto de desmoronarse mientras la noche cae en la ciudad de Homs. Nour Ghozam, 12, canta mientras su hermano mayor Rafi, 18, la acompaña al piano. Él es talentoso, sueña con ser músico. A ella le encanta la poesía.

Su padre, Houssam, los acompaña tocando el laúd árabe, un instrumento de cuerdas. Rita, su madre, escribió la letra de la canción. En una habitación en un cuarto piso, suspendida sobre una ciudad en ruinas, en medio de la gran tragedia que ha consternado a Siria, este es un raro momento de belleza.

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Homs fue la primera ciudad que cayó en la guerra en Siria. Entre 2012 y 2014, gran parte de la ciudad fue destruida durante un brutal conflicto entre rebeldes, islamistas y el ejército sirio.

“Apenas logramos salir”, recuerda Houssam, mientras nos cuenta cómo la familia escapó por poco de Homs cuando la ciudad estalló en guerra. Más de la mitad de los 1,4 millones de personas que vivían en Homs fueron desplazadas o asesinadas.

Mientras continuaban los combates, la familia se refugió durante cuatro años en un pueblo cercano. Houssam es tan buen cocinero que logró encontrar trabajo en un restaurante y salir adelante. Los niños fueron a la escuela. Cuando las fuerzas del gobierno retomaron Homs, la familia volvió. “Antes de la guerra, yo trabajaba en dos restaurantes”, recuerda Houssam. “Teníamos una casa, vivíamos bien”.

Sin embargo, al regresar encontraron su casa destruida. Con el tiempo encontraron un apartamento en un bloque de viviendas levemente menos dañado que las ruinas de los bombardeos que lo rodean. Incluso quedan algunos muebles decentes en el piso. El dueño les hace un buen precio porque está contento de que esté habitado.

“Realmente extraño a mi familia”.

Ahora, las esperanzas de los padres para el futuro están puestas en Nour y Rafi, sus inteligentes y talentosos hijos. Rafi sueña con encontrar apoyo para ir a estudiar música en el extranjero. Nour escribe poesía, canta y está feliz de haber encontrado a algunos de sus amigos de antes que también han retornado a Homs. La vida, sin embargo, está lejos de ser la misma.

“Antes, toda mi familia vivía en este vecindario”, recuerda Nour con tristeza. “Me encantaba ir a casa de mis primos. Ahora están esparcidos por todo el país, o en el extranjero. Realmente extraño a mi familia”.

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La familia de Ali Al-Ahmad ha sido desbaratada por la muerte de su amado primogénito, Mohamad, asesinado en la guerra con tan sólo 22 años. Su historia simboliza la de tantos sirios cuyas vidas nunca volverán a ser las mismas, aunque la paz se alcanzara mañana.

En 2012, Ali y su esposa, Zahra [los nombres han sido cambiados], huyeron junto con su familia de su granja, en las afueras de Alepo, cuando los islamistas trataron de reclutar agresivamente a Mohamad y a su hermano. “¿Puede creer que me ofrecieron dinero a cambio de mi honor, a cambio de las vidas de mis hijos?”, exclama Ali indignado. “No nos quedaba otra opción más que huir a Damasco”. No obstante, su hijo aún no estaba seguro.

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“Me ofrecieron dinero a cambio de mi honor, a cambio de las vidas de mis hijos”.

“Prefiero no tener dinero, pero que mis padres se sientan orgullosos de mí”, les dijo Mohamad con valentía a los reclutadores del IS. En lugar de unirse a ellos, Mohamad se alistó en el ejército sirio y, en agosto de 2016, murió en combate en Deir es-Zor.

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Su familia ha estado a la deriva desde entonces. El hermano más allegado a Mohamad era Hussein, que ahora pasa encerrado en su habitación sin hacer nada. “No ha salido de casa desde que murió su hermano”, dice Ali, su padre, con preocupación. “Él no está bien”. A veces, Hussein tienen violentos ataques de ira y destruye cosas en su pequeña vivienda.

Mientras tanto, su madre pasa horas acuclillada en el suelo con la espalda contra la pared, incapacitada para trabajar. “Sólo pienso en mi hijo. Eso es todo”, dice con una voz monótona, su mirada vacía. Su pérdida es irreemplazable.

La familia vive ahora en Jaramana, un suburbio de Damasco desbordado de desplazados por la guerra, todos van cada viernes a visitar la tumba de Mohamad en una aldea a 25 kilómetros de distancia.

“Estamos vivos. Pero eso es todo.”

“Antes de la guerra llevábamos con sencillez, pero teníamos todo lo que necesitábamos”, murmura Ali, parpadeando para enjugar las lágrimas mientras se lleva al pecho un retrato del hijo que perdió. “Olivos, algunos animales de crianza, comida, los niños en la escuela”. Ahora, a pesar de que trabaja incansablemente haciendo labores manuales en el vecindario, apenas gana la mitad de lo que necesitaría para cubrir las necesidades básicas de su familia. “Cuando encuentro trabajo comemos. Cuando no… Estamos vivos. Pero eso es todo.”

En una calle lateral, a unas cuantas cuadras, trabajadores de Caritas han registrado a más de 5.000 familias, incluyendo a la de Ali. Las familias reciben cupones que canjean por los artículos que más necesitan en tiendas que fijan precios justos. Debe ser difícil para un padre de familia orgulloso y trabajador aceptar ayuda, pero Ali admite que, de lo contrario, no podría arreglárselas.

Ali también recibe ayuda con el alquiler de las tres habitaciones en el tejado de un edificio a medio construir en donde vive la familia y Caritas también le brinda apoyo a su hijo menor, Hassan, de doce años para que pueda asistir a la escuela. Hassan se queda en la escuela para recibir lecciones adicionales para ponerse al día y recuperar la educación que perdió mientras vivía bajo el control del IS, que no permitía que los niños asistieran a la escuela. Dado que, de acuerdo con la OCAH, 1,75 millones de niños no asisten actualmente a la escuela, Siria tiene una generación perdida cuyas oportunidades de vida están en ruinas.

Brindar ayuda a los damnificados por la guerra en Siria es la operación de socorro de mayor envergadura de Caritas en el mundo.

Las organizaciones Caritas llegaron a más de 280.000 personas en Siria en 2016, trabajando desde seis centros en todo el país: Homs, Damasco, Alepo, la zona costera, Hassakeh y Horan. Aquí, 1.400 empleados de Caritas trabajan de la mano con más de 3.000 voluntarios y un número similar de sacerdotes y religiosas.

El cálculo básico al que se enfrentan es sombrío: la brecha entre las necesidades de la gente y los recursos que tienen es abismal. Los organismos de socorro, las organizaciones internacionales y las autoridades locales están tratando de cubrir dicha brecha atendiendo las necesidades básicas más apremiantes:

ALIMENTOS Y CALOR

Caritas distributes vouchers which allow families to decide what they most need, like food, clothes and detergent. Displaced people starting life from scratch are also given basics like stoves, mattresses and blankets.

UN LUGAR DONDE VIVIR

En un país en donde la mitad de la población se ha visto obligada a abandonar sus hogares, encontrar vivienda es un gran problema. Los alquileres en áreas seguras se han disparado debido a la alta demanda. Caritas ayuda a la gente a pagar el alquiler y a obtener precios justos.

ASISTIR A LA ESCUELA

Uno de cada tres niños en Siria no asiste a la escuela – eso representa alrededor de 1,75 millones de niños y niñas. Caritas ayuda a los niños a ir a clases proporcionando uniformes, libres, pasajes de autobús y comidas.

UN MÉDICO PARA CUERPO Y MENTE

La atención médica en Siria ha colapsado: 12,8 millones de personas necesitan asistencia médica. Caritas distribuye medicinas y deriva a personas a hospitales y clínicas con acuerdos de precios fijos. El apoyo psicológico es fundamental para esta población traumatizada, especialmente para los niños.

“Ayer, está gente tenía una casa, una familia, un empleo. Hoy no tienen nada”.

Una mujer llega a la puerta del centro de Caritas en Jaramana. Zeinab Ibrahim [el nombre ha sido cambiado] huyó de la región de Ain al-Fijah con sus dos hijas. Los islamistas han estado en control desde enero, impidiéndole a la población salir. Zeinab y sus hijas escaparon por la noche, arriesgando sus vidas. No eran los primeros disturbios a que se enfrentaban. En 2011 ya se habían visto obligadas a abandonar Babila debido a los intensos combates. Ahora no tienen nada más que la ropa que llevan puesta.

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El Dr. Louis Kawa, director del centro, explica cómo la gente llega a diario por docenas. La mayoría, como Zeinab, lo han perdido todo. “Nos tienen que pedir ayuda para poder comer”, dice el Dr. Kawa suspirando. Antes de la guerra, el edificio en donde Caritas opera era un centro médico a cargo del Dr. Kawa, que es cirujano ortopédico. Él tomó la decisión de quedarse para ayudar a la gente hastiada de la guerra que llama a la puerta.

Los jóvenes y los ancianos

Abduljahib Kutaib, su esposa Salwa Mohamad Ali, y sus cuatro nietos, Yamen, Taim, Aya y Mohamad viven en un apartamento húmedo y sin ventanas. Dos de los niños son hijos de una de sus hijas, que fue asesinada por la bala de un francotirador. Los otros son hijos de otra hija, que está ocupada atendiendo a su esposo que tiene cáncer.

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Los abuelos vivían en Deir ez-Zor, pero tras el asesinato de su hija comprendieron que se tenían que ir de inmediato. Vinieron a Jaramana. Ambos están enfermos y sus nietos padecen problemas respiratorios debido al frío y la humedad en el apartamento. La familia sobrevive únicamente de la ayuda de vecinos y de Caritas y otras organizaciones.