
Más de 2.500 personas
trabajaron como
voluntarios para
Caritas Japón.
Credits: Wilfried Maisy/Caritas Japan
“Abrí la puerta y el agua lo inundó todo. La
gente gritaba: ‘¡apúrense y escapen!”, Satoshi
Onodera tiene más de 60 años y ha vivido
mucho tiempo en la costa este de Japón.
“Nunca había visto un tsunami tan grande”, dijo
refiriéndose a la colosal ola que azotó su
pueblo natal, Kamaishi, en marzo de 2011.
Junto con cientos de personas, él y su esposa
corrieron cuesta arriba hacia un templo que se
convirtió en centro de evacuación
improvisado.
“Llegó una segunda ola, que era enorme.
Los edificios estaban flotando. No podía creer
que fuera real”, nos cuenta.
A lo largo de la costa, cientos de miles de
personas huían a tierras altas, llamando a gritos
a sus seres queridos y viendo cómo sus
hogares eran engullidos en remolinos de agua.
El tsunami mató a más de 15.000 personas y
provocó miles de millones de dólares en daños.
Onodera y su familia se salvaron. Onodera,
miembro de la pequeña pero vibrante
comunidad católica de Kamaishi, fue uno de
los primeros supervivientes en iniciar lo que se
convertiría en la respuesta de Caritas a la
catástrofe. Mientras 250 personas se
acurrucaban para vencer el frío en el templo,
“había dos o tres cobijas para 10 personas”,
recuerda –Onodera empezó a trabajar con los
líderes locales para ayudar a sus vecinos. “La
primera prioridad era conseguir agua”, dijo.
“Luego, tres comidas al día. Hacíamos 100
cuencos de arroz para cada comida, también
teníamos leche, sopa y postre”.
Puesto que el gobierno y el ejército japonés
pudieron suministrar alimentos y muchos
servicios esenciales en los primeros días de la
crisis, el tsunami requirió de un tipo de
respuesta diferente de Caritas. En Kamaishi y en
otras poblaciones costeras, Caritas Japón
cubrió los vacíos, movilizando a miles de
voluntarios durante un año. Los voluntarios
retiraron toneladas de escombros en los
vecindarios y limpiaron montañas de barro de
los hogares de ancianos, ayudaron a los
pescadores a recuperar sus medios de sustento
y atendieron comedores populares. Crearon
“cafés locutorios” en los sótanos de las iglesias,
a dónde los damnificados podían acudir y
compartir sus temores y penas; los voluntarios
de Caritas confortaban a gente traumatizada,
por la experiencia que había vivido.
Más de un año después del tsunami, las
poblaciones costeras del Japón están
volviendo nuevamente a la vida y los
damnificados están empezando a sanar. “Doy
gracias a Dios por estar vivo”, dijo Keiko Kikuchi,
una mujer de 79 años que corrió a una colina
para escaparse de morir ahogada. Después, los
voluntarios de Caritas limpiaron su casa y los
caminos aledaños. “Sin los voluntarios no se
hubiera podido hacer nada”, dijo.
Gracias a los donantes de Caritas de todo el
mundo, los supervivientes del tsunami en
Japón recibieron ayuda concreta. Sin embargo,
ante todo, recibieron apoyo moral. Saben que
no están solos.