Marion visita Caritas Jordania para llevarse alguna provisiones.

Credits: Michelle Hough/Caritas

“A veces tengomiedo cuando veo a la policía. Sime encuentran,me enviarán de vuelta ami país. Allí no tengo nada, no hay nada que comer. ¿Qué haría allí? ¿Cómo podría vivir?, dice Marion*.

Marion, de 50 años, dejó su casa en Eritrea y llegó a Jordania hace nueve años. La agencia a la que se apuntó le aconsejó que dijera que era secretaria, porque así sería más fácil conseguir el permiso de trabajo. En realidad ella iba a trabajar como empleada doméstica. Después de cuatro años, perdió su trabajo. Quiso cambiar su permiso de trabajo, por el de empleada de hogar, pero no lo consiguió. Desde entonces está sin documentos.

Marion no tiene una casa, ni un trabajo, ni dinero para retornar a Eritrea, pero ella ha dejado allí algo muy importante: sus hijos. Tiene cuatro, entre 12 y 20 años, y están creciendo sin ella. Su rostro cansado se arruga en una mueca y se rasca bajo las costillas: “Tengo un colon irregular. La causa es que por la noche pienso mucho en mis hijos. Nos los veo desde que eran muy pequeños. Por eso he perdido mucho peso”.

El padre de los niños es de Etiopía, donde vivían todos juntos. Luego, en 1998, por la guerra entre ambos países, Marion tuvo que retornar a Eritrea con los niños. “A él no lo he visto desde entonces. No sé si está vivo o muerto”, comenta ella. Los niños viven con la madre de Marion. Ella solía enviarles dinero de su salario. Sin embargo, ahora ella trabaja poco, porque no tiene los documentos en regla. “A veces trabajo, pero también intento esconderme. ¿Quiere saber por qué me pongo esto?”, pregunta ella agarrando un velo azul en su manos, “porque así paso desapercibida, parezco una musulmana. Pero no lo soy, yo soy cristiana”.

Marion comparte una habitación con otras dos mujeres. Le cuesta 17 dinares (unos U$24) al mes. Cuando trabaja contribuye a pagar el alquiler, cuando no lo hace depende de la ayuda de sus amigas. Ella intenta trabajar, al menos uno o dos días al mes, por miedo de que la detengan y la lleven a la cárcel.

Retornar a casa no sería fácil. Con las leyes actualmente en vigor, ella tendría que pagar una multa por cada día que ha vivido en Jordania sin documentos. Tras cinco años sin permiso de residencia, ella le debe al estado unos 3.000 dinares (más de U$4.200). Es una cantidad superior a sus medios. Su única esperanza es que el Rey firme una amnistía, que a veces concede para permitir que los inmigrantes retornen a sus países sin pagar multas.

Caritas ha ayudado a Marion tratando sus problemas de salud. En esta visita al centro comunitario de Caritas Jordania, ella ha recibido también un paquete con comida: lentejas, té, aceite, azúcar, leche, queso y pastillas de caldo. Ella dice que su fe y su comunidad parroquial la han ayudado mucho. “Sólo Dios sabe lo que pasará. Espero ponerme buena para cuando vea a mis hijos”, concluye Marion.