Caritas se asegura de que los migrantes estén informados de los riesgos de viajar al extranjero, antes de tomar una decisión.

Credits: Laura Sheahen/CRS

“Le dije a la agencia que no comía yme dijeron que les daba igual si yo pasaba hambre”, dice Julia.

Julia*, una mujer de 48 años de Sri Lanka, estaba desesperada y llamó a su agencia de empleo de Arabia Saudí. Ella había emigrado varias veces para trabajar como empleada doméstica en el Oriente Medio, una vez a Dubái y otra a Jordania. Aunque en los otros dos países ella pasó algunas dificultades, nunca tuvo que pasar lo de ahora: casi inanición.

Los ricos empleadores de Julia – un médico y una maestra – comían poco en casa. Pasaban los días y, de vez en cuando, le daban una tostada o un poco de carne. “Un día me dieron un poco de pollo frito y luego pasaron dos o tres días sin nada de comer”, nos cuenta Julia. Como centenares de mujeres de Sri Lanka, que emigran al extranjero para trabajar como empleadas domésticas, Julia no podía salir de la casa de sus empleadores. La puerta estaba cerrada con llave. En su caso, ella ni siquiera podía ver el exterior de la casa. A merced de sus empleadores y su agencia, ella estuvo trabajando durante meses, no sólo para sus empleadores, sino también para sus parientes.

Julia ya tuvo que sufrir malos tratos en Jordania, donde trabajaba desde las 5 de la mañana hasta tarde en la noche . “Sólo dormía unas cinco horas cada noche”, recuerda ella. Ganaba unos U$100 (€78) al mes, sueldo típico de las domésticas de Sri Lanka en el extranjero. Pero por lo menos allí comía.

En Arabia Saudí, tenía que lidiar no sólo con el hambre, sino también con el recelo: “La señora tenía miedo de que su marido se enamorara de mí y, por eso, no me dejaba que hablara con él”, señala Julia.

Aunque su agencia le había prometido U$133 (€103 euros) al mes, sólo le pagaba U$88 (€68). Tras cuatro meses de hambre, Julia le dijo a la señora que se quería ir. Por lo menos tuvo suerte porque la dejaron marchar.

Julia está de nuevo ahora en Sri Lanka y vive cerca de Kandy. Su marido no tiene trabajo y la maltrata. Tiene poco dinero para su hijo y está recibiendo ayuda y capacitación de Caritas Kandy (SETIK). Caritas facilita la formación a las migrantes que retornan, con cursos de costura, cultivo de champiñones, pintura de tejidos y jardinería. El objetivo es darles opciones a las mujeres para que puedan ganar dinero en su propio país.

Para las que deciden emigrar al extranjero, Caritas y la Comisión Católica de Migrantes de Sri Lanka facilitan asesoramiento, con el fin de evitar la explotación de las mujeres. Les aconsejan que dejen una copia de su pasaporte en Sri Lanka o les dejen a sus parientes los datos necesarios para ponerse en contacto con los empleadores. Ponen pósters de sensibilización en los templos, las iglesias y las oficinas gubernamentales, para asegurarse de que las mujeres sepan lo que tienen que hacer para estar seguras.

Caritas Kandy ha creado un grupo denominado Rakawarna Hawla (“Reunión de guardia”) en el que algunas ex empleadas domésticas les explican a otras mujeres los riesgos y retos de trabajar en el extranjero.

Para las migrantes que retornan, tras sufrir maltratamiento, Caritas facilita ayuda financiera. En los casos más graves, Caritas ayuda a poner denuncias y seguir acciones legales. “No sólo les concedemos préstamos, sino que les facilitamos capacitación y ponemos en evidencia sus talentos”, dice el P. Roy Clarence, Director de la Comisión Católica Migrantes (diócesis de Kandy).

Julia está en el grupo y aprende con entusiasmo a crear un jardín salva espacio. Tras una vida a merced de los demás, ahora tiene acceso a aptitudes que la ayudarán a ser independiente.