de S. Em.a Óscar Andrés Cardenal Rodríguez Maradiaga, S.D.B., Presidente de Caritas Internationalis

El sesenta por ciento de la población mundial vive con el seis por ciento de los ingresos mundiales. De la noche a la mañana, se encontraron billones de dólares para salvar a los bancos de la crisis económica mundial, mientras que los países pobres han esperado decenios para que se cumplan las promesas de ayuda.

El paquete de salvamento de 800 mil millones de USD, puesto a disposición por el Gobierno de los Estados Unidos en noviembre de 2008, equivale casi al importe total de la ayuda para el desarrollo suministrada durante los últimos 10 años, por los 23 países más ricos del mundo.*

Si bien es importante salvar la economía mundial, debemos colocar a la humanidad entera en su centro. Un mundo basado en la globalización de la avaricia, en lugar de que en la globalización de la solidaridad, nunca ha sido sostenible ni deseable.

Nuestro temor es que las personas más pobres, que son las que menos se han beneficiado en decenios de crecimiento económico desigual, sean las que paguen el precio más alto por esta locura. La pobreza se está agravando, pues 100 millones más de personas necesitan ayuda alimentaria. Durante los próximos cinco años, es posible que mueran hasta 400.000 niños más al año como consecuencia de la crisis económica.

A medio camino del plazo del proyecto del milenio, para sacar a millones de personas de la pobreza antes de finales de 2015, la financiación de los países ricos sigue situándose por debajo de la cuantía prometida y necesaria.

Si fracasamos porque no alcanzamos los Objetivos de Desarrollo del Milenio, no es sólo por la falta de recursos o porque no mejoramos la manera de emplear la ayuda, ni tampoco por no reducir ulteriormente la deuda exterior o porque carezcamos de un sistema comercial que sea más justo.

Como afirmé en las Naciones Unidas en septiembre, lo que tenemos es pobreza de imaginación. No tenemos que imaginar un ‘Primer Mundo’ o un ‘Tercer Mundo’, sino un mundo en el que nuestra obligación para con los pobres sea compartida.

Reinaba la esperanza en 2008. Y había tanta esperanza entre los jóvenes que encontré en Australia, durante la Jornada Mundial de la Juventud, que creían en un “Programa para un mundo mejor”. Para ellos, las posibilidades son tan ilimitadas como su imaginación.

En este año de San Pablo, debemos esperar que el Apóstol inspire a los líderes de los países más poderosos del mundo para que experimenten su propia epifanía. El viejo sistema de ciega avaricia debe transformarse en otro en el que nuestros ojos estén abiertos a la justicia y la dignidad para todos.

*OECD