Bringing food to flood victims in India.

Credits: Caritas India

Para que la respuesta cristiana a la crisis ecológica sea creíble, es necesario que lamisma se base en un conocimiento profundo de las fuentes que determinan la identidad cristiana. Lamás prominente de éstas es la Biblia, que para los cristianos es “la fuente de revelación y la base de su fe”.18 Sin embargo, los textos bíblicos no ofrecen pautas para tratar problemas como la destrucción del medioambiente y el cambio climático. Los peligros que afrontamos actualmente, no se conocían en tiempos bíblicos. Por lo tanto, se debe tomar en cuenta esta distancia histórica, a la hora de examinar los problemas de nuestro tiempo a la luz de los textos bíblicos. La Biblia no es un manual demoralidad, es un punto de referencia que afirma nuestra identidad y nos ofrece una base para debatir estos temas desde una perspectiva cristiana.

La creación | Entre el diluvio y el arco iris | Elmensaje del Reino de Dios | Reflexión cristiana y ética

La creación

El punto de partida de toda la actividad cristiana es la noción bíblica de que el mundo es una creación de Dios. La responsabilidad cristiana por el medioambiente comienza apreciando la bondad de toda la creación. En el principio: “vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Génesis 1, 31).

La historia de la creación, tal y como se narra en el libro de Génesis, nos obliga a tratar la obra de Dios con responsabilidad. Dios crea al hombre y a la mujer a su imagen y los exhorta a cuidar debidamente de la Tierra (Génesis 1, 27- 28). Por lo tanto, de entre todas las creaciones de Dios, se les ha dado a hombres y mujeres la tarea especial de asumir la responsabilidad por la creación.19 No obstante, ellos no sean el Creador; son parte de esa creación, no sus dueños. El Papa Benedicto XVI aclaró esta postura: “En la medida en que la Tierra se consideró la creación de Dios, el deber de ‘someter’nunca fue entendido como una orden de esclavizar, sino como el deber de ser el guardián de la creación y desarrollar sus dones; de colaborar nosotros mismos activamente en el trabajo de Dios, en la evolución que Dios puso en el mundo, para que los dones de la creación sean apreciados y no pisoteados o destruidos”.20

Entre el diluvio y el arco iris

La fragilidad de la responsabilidad de cuidar de la creación, que Dios le ha encomendado a la familia humana, se puede ver en la prehistoria. Para el hombre y la mujer, la naturaleza es impredecible y llena de peligros (Génesis 3, 17-19); y no son capaces de cumplir con su responsabilidad, como guardianes de este orden. Sin embargo, el pacto que Dios hace con Su pueblo después del diluvio marca un nuevo comienzo (Génesis 9). Este nuevo orden mundial toma en cuenta la relación de rivalidad entre la familia humana y los animales. En adelante, hombres y mujeres podrán matar animales para alimentarse (Génesis 9, 3); sin embargo, al mismo tiempo, su responsabilidad por la creación es más amplia, pero siguen sin tener el poder ilimitado para disponer libremente de la misma (Génesis (9:5-7).

En varios de los otros textos del Antiguo Testamento, se pueden encontrar referencias al entendimiento del mundo como una creación; por ejemplo, en los Salmos o en el Libro de Job, en donde Dios revela la grandeza de su obra. Todas estas referencias tienen en común la noción de la presencia compartida de Dios en su creación, que es un don que se ha otorgado en abundancia. Hombre y mujer deberán actuar en la Tierra como custodios y pastores. Tienen la responsabilidad de la creación en fideicomiso, y deben“cultivarla y cuidarla” (Génesis 2:1). Sin embargo, el conocimiento esencial de la creación, su origen y su punto de partida residen con Dios (Job 38,39).

Elmensaje del Reino de Dios

La noción del mundo como creación, intrínseca al Antiguo Testamento, también se da por hecho en el Nuevo Testamento; por ejemplo, Jesús proclama que el Reino de Dios está próximo (Marcos 1,15) y que la salvación ya está presente en la realidad de la creación y la vida; pero al mismo tiempo, de forma misteriosa, permanece oculta y se debe buscar constantemente.21 El mundo, a pesar de todo su conflicto y ambivalencia, es una creación; el hogar de la influencia redentora de Cristo y el principio del Reino de Dios.

“El creyente reconoce en la naturaleza el maravilloso resultado de la intervención creadora de Dios, que el hombre puede utilizar responsablemente para satisfacer sus legítimas necesidades—materiales e inmateriales—respetando el equilibrio inherente a la creación misma. Si se desvanece esta visión, se acaba por considerar la naturaleza como un tabú intocable o, al contrario, por abusar de ella. Ambas posturas no son conformes con la visión cristiana de la naturaleza, fruto de la creación de Dios”.22

Reflexión cristiana y ética

La Biblia no proporciona ningún reglamento concreto, para tratar la política climática. El buscar orientación en los textos bíblicos, no elimina la necesidad de justificar razonablemente los estándares éticos. Las posturas cristianas, que quieran ser difundidas de manera convincente en una sociedad pluralista, deben exponer el pensamiento en el que se basan e integrarlo a un diálogo provechoso con otras disciplinas. La moral sólo puede exigir aquello que es compatible con el sentido común y apropiado al contexto. Por lo tanto, es necesario contar con criterios normativos acordes. Los principios de la ética social ofrecen un enfoque para esto.

La dignidad humana: La narrativa cristiana que revela la creación del hombre y la mujer “a imagen y semejanza de Dios”, también se encuentra en la discusión filosófica de la persona humana. Común a ambos conceptos es la atribución de la dignidad a la persona humana, un valor incondicional que prohíbe cualquier explotación. Este concepto, tal y como se encuentra también en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, se debe tomar en cuenta al examinar el cambio climático. El respeto a la dignidad humana es un valor central de la tradición cristiana. Abarca a la persona en su totalidad, en todas sus dimensiones, e incluye el derecho a la vida, que es sagrada en todas las etapas. El cambio climático y sus consecuencias amenazan el derecho fundamental de todo ser humano a la vida, tanto en la actualidad, como para generaciones futuras.

“Nuestro maltrato del mundo natural denigra nuestra propia dignidad y santidad, no sólo porque estamos destruyendo recursos que son necesarios para las generaciones futuras, sino porque estamos participando en actividades que contradicen lo que significa ser humano. Nuestra tradición nos llama a proteger la vida y la dignidad de la persona humana y es cada vez más claro que esta tarea no se puede separar del cuidado y la protección de toda la creación”.23

La solidaridad y el bien común: En la tradición católica, el deber de solidaridad define el bien común universal: “es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común;” estar dispuesto “a ‘perderse por el otro’ en lugar de explotarlo”.24 Asimismo, ante las “estructuras de pecado”, la solidaridad nos exhorta a sacrificar nuestros intereses propios por el bien de los demás y el planeta que compartimos.

La solidaridad les imputa obligaciones extraordinarias a las democracias industriales. “La crisis ecológica revela la apremiante necesidadmoral de una nueva solidaridad, especialmente entre las naciones en vías de desarrollo y aquellas altamente industrializadas25., escribió el Papa Juan Pablo II. Trabajar por el bien común requiere que promovamos el florecimiento de toda la vida humana y toda la creación de Dios. El bien común requiere, especialmente, solidaridad para con los pobres, quienes a menudo no tienen los recursos para hacerle frente a muchos problemas, incluyendo los impactos potenciales del cambio climático. Nuestras obligaciones con la única familia humana se extienden en el espacio y el tiempo. Nos vinculan a los pobres, que viven entre nosotros y en todo el mundo, así como a las generaciones futuras. El mandamiento de amar al prójimo nos invita a considerar a los pobres y marginados de otras naciones como verdaderos hermanos y hermanas, que comparten junto con nosotros la misma mesa de la vida, preparada por Dios para que la disfruten todos.

Todas las naciones tienen la responsabilidad compartida de abordar el problema del cambio climático mundial. Sin embargo, históricamente las economías industriales han sido responsables de la mayor cantidad de emisiones de gases de invernadero que, de acuerdo con los científicos, están causando la tendencia al calentamiento. Asimismo, su considerable riqueza, sofisticación tecnológica y creatividad empresarial, les dan a estas naciones una mayor capacidad para encontrar respuestas útiles a este problema. Es necesario ajustar los recursos energéticos, tanto en las políticas de los países ricos, como en las rutas de desarrollo de los países pobres, para evitar que el impacto sea aún más grave.

Los principios de solidaridad y el bien común nos recuerdan que somos responsables unos de otros, y que debemos trabajar para lograr condiciones sociales, que aseguren que todos los individuos y grupos de la sociedad puedan cubrir sus necesidades y explotar al máximo su potencial. Cada grupo de la sociedad debe tomar en cuenta los derechos y aspiraciones de los demás grupos, y el bienestar de toda la familia humana.26

El Papa Juan Pablo II dijo: “No podemos interferir en un área del ecosistema, sin prestarle la debida atención a las consecuencias que tal interferencia tendrá en otras áreas y al bienestar de las generaciones futuras27. Las respuestas al cambio climático deben reflejar nuestra interdependencia y nuestra responsabilidad común, por el futuro de nuestro planeta. Cada nación debe sopesar sus propios intereses, respecto al bien común general, y contribuir equitativamente a las soluciones mundiales.

Subsidiariedad: La mayoría estará de acuerdo con que, aunque el actual uso de combustibles fósiles haya fomentado y siga fomentando considerablemente el crecimiento económico y el desarrollo, proporcionando beneficios para muchos, existe una inquietud justificada en cuanto a que, conforme los países en vías de desarrollo vayan mejorando sus economías, y emitan más gases de invernadero, necesitarán ayuda técnica, para atenuar daños adicionales al medioambiente y la atmósfera. Muchos de los pobres en estos países viven en situaciones degradantes y desesperadas, que a menudo los llevan a adoptar prácticas agrícolas e industriales, que son nocivas para el medioambiente. En muchos casos, las pesadas cargas de la deuda, la falta de oportunidades y las injusticias económicas en el mercado mundial, aumentan las tensiones ambientales de los países pobres. Los países en vías de desarrollo tienen derecho a un desarrollo económico, que pueda ayudar a la población a salir de la pobreza extrema.

Las naciones industrializadas ricas tienen los recursos, el conocimiento práctico y la capacidad empresarial, para producir automóviles más eficientes e industrias más limpias. Estos países deben compartir estas tecnologías emergentes, con los países menos desarrollados y asumir una mayor parte de la responsabilidad financiera, con el fin de consentir a los países más pobres la adquisición de dichas tecnologías. Esto ayudaría a los países en vías de desarrollo a adoptar tecnologías energéticamente eficaces, más rápidamente y mantener al mismo tiempo un crecimiento económico y un desarrollo saludables. Las industrias de los países desarrollados que operan en las naciones en vías de desarrollo deberían tomar la iniciativa, en la protección del medioambiente.

Ninguna estrategia para hacer frente al cambio climático mundial tendrá éxito sin el liderazgo y la participación de Estados Unidos y otras naciones industrializadas. Sin embargo, cualquier estrategia exitosa también debe reflejar la genuina participación e inquietudes de los más afectados y menos capacitados para soportar las cargas. Las naciones en vías de desarrollo y las naciones pobres deben tener un lugar legítimo en la mesa de negociaciones. La genuina participación de los más afectados es una necesidad moral y política para el fomento del bien común.28

Sólo a través del desarrollo equitativo y sostenible podrán las naciones pobres ponerle freno a la continua degradación medioambiental y evitar los efectos destructivos del tipo de sobreexplotación que ha utilizado irresponsablemente los recursos naturales.29 Es necesario empoderar a los países pobres, esto significa que hay que ayudar a los pobres para que se ayuden a sí mismos.

Sostenibilidad: El problema del cambio climático es, ante todo, una cuestión de sostenibilidad. El principio de sostenibilidad parte de la responsabilidad por las futuras generaciones, ya que a menos que se protejan adecuadamente los recursos naturales, a medio y largo plazo, no será posible vivir una vida digna en la Tierra.

Los primeros en sufrir las consecuencias del cambio climático son los países pobres y sus ciudadanos. Aquí, el desafío es hacer que la opción cristiana por los pobres sea una firme realidad. Es una injusticia estructural que aquellos que menos han contribuido al problema del cambio climático, porque viven en regiones menos desarrolladas y menos industrializadas, sean los primeros en sentir los efectos. Sin sostenibilidad ecológica, los triunfos en la lucha contra la pobreza tendrán únicamente una duración limitada. Es por eso que la sostenibilidad se incluye en los Objetivos de Desarrollo del Milenio de la ONU para combatir la pobreza, porque el cambio climático afecta particularmente a los más pobres y exacerba la pobreza. El desarrollo económico desenfrenado no es la respuesta para mejorar la vida de los pobres. La doctrina social católica nunca ha aceptado el crecimiento material como un modelo de desarrollo. La “mera acumulación de bienes y servicios, incluso en favor de una mayoría“, como dijo el Papa Juan Pablo II, “no basta para proporcionar la felicidad humana”.30

No obstante, el cambio climático no es únicamente un problema para los pobres - afecta a todos, afecta el estilo de vida de todos y afecta a las generaciones futuras. Por lo tanto, la sostenibilidad es también una cuestión de responsabilidad por la creación, que es al mismo tiempo la base de la justicia mundial y la justicia intergeneracional. El uso que hacemos del medioambiente representa para nosotros “una responsabilidad para con los pobres, las generaciones futuras y toda la humanidad”.31

A pesar del grado de certeza que se ha alcanzado, en relación con el problema del cambio climático, todavía tenemos que actuar en medio de la incertidumbre, ya que no es posible pronosticar con exactitud cuáles serán la velocidad y la intensidad o los efectos regionales del cambio climático, en los próximos años.

“El principio de previsión es una ayuda para la toma de decisiones, que reduce los riesgos y protege los medios naturales de sustento, para las generaciones futuras. [...] Además del principio de que la parte responsable tiene la responsabilidad por los daños y del principio de precaución, el enfoque cristiano también pide el principio de proporcionalidad: La buena causa - la protección del medioambiente para el bien de la humanidad y la creación - no siempre justifica los medios [...] p.ej. cualquier daño ocasionado, no deberá ser mayor que el beneficio obtenido”.32

El verdadero desarrollo promueve la moderación, e incluso la austeridad, en el uso de los recursos materiales. Asimismo, fomenta un enfoque equilibrado del progreso humano, coherente con el respeto de la naturaleza. Adicionalmente, invita a fomentar enfoques alternativos de la buena sociedad y el uso de modelos económicos, con mejores estándares de bienestar, y no centrados únicamente en la productividad material. El verdadero desarrollo también requiere que las naciones prósperas busquen formas de reducir y reestructurar su excesivo consumo de los recursos naturales. Finalmente, el verdadero desarrollo también supone fomentar el uso adecuado de tecnologías agrícolas e industriales, para que el mismo no sea únicamente un avance tecnológico, sino que la tecnología beneficie a la gente y mejore la tierra.33