En busca de una ética global: Prólogo
![]() Cuba after Hurricane Ivan struck in 2004 El mundo está abriendo los ojos a la realidad del cambio climático. Los científicos están de acuerdo en que está sucediendo – y que la humanidad lo está provocando. Los ingenieros afirman que contamos con la tecnología para reducir las emisiones de carbono. Los economistas dicen que no nos podemos dar el lujo de ignorarlo y han diseñado incentivos ingeniosos para motivar a los líderes empresariales a que desempeñen su parte. Asimismo, los políticos se han dado cuenta de que deben hablar de las causas, aunque sea de la boca para afuera. Sin embargo, nadie tiene una solución “mágica”. La respuesta al cambio climático se encuentra en manos de la humanidad, en un sentido renovado de solidaridad y en darse cuenta de que todos tenemos el deber de trabajar para lograr el bien común. En su reciente encíclica, Caritas in veritate, el Papa Benedicto XVI nos dice que “La solidaridad es en primer lugar que todos se sientan responsables de todos”2. Desear el bien común y esforzarse por él, dice, “es exigencia de justicia y caridad”.3 Venceral cambio climático tendrá un precio y la mayor proporción de dicho precio deben pagarla, con toda razón, aquellos que más se han beneficiado del crecimiento y del desarrollo que están ocasionando el cambio climático. Al igual que la crisis financiera mundial, la crisis del cambio climático se puede considerar como el producto de préstamos excesivos: hemos tomado prestado de la atmósfera y de la biodiversidad del futuro. Como ha señalado el economista Dieter Helm: “Hemos estado generando una enorme hipoteca medioambiental, sobre las posibilidades de consumo de futuras generaciones”.4 Además, se puede argumentar que el mundo desarrollado ha tomado prestado del potencial de desarrollo de los países más pobres. Hay que pagar estos “préstamos”, no existe un fondo atmosférico mundial que nos vaya a sacar de esta crisis. Los préstamos excesivos han financiado el consumo excesivo y, por lo tanto, corresponde que aquellos que están en la mejor posición para actuar sean también quienes tengan la responsabilidad de hacerlo. La conclusión ineludible es que, en un espíritu de solidaridad y en la búsqueda del bien común, los excesos del pasado deben abrir paso a estilos de vida moderados, que permitan el desarrollo de todos los pueblos y de generaciones futuras. Como señala Helm: “Quizá tengamos que preservar más ahora, bajando nuestro nivel de vida, no sólo para pagar los préstamos financieros, sino también para pagar los préstamos medioambientales”.5 Esta sugerencia no es nada nuevo. Hace casi 40 años, el Segundo Sínodo de Obispos indicó: “Los que ya son ricos están obligados a asumir un estilo de vida menos material, con menor despilfarro, para evitar la destrucción del patrimonio que ellos, por absoluto deber de justicia, deben compartir con todos los demás miembros del género humano”. Lo nuevo es que ahora hay economistas que respaldan los argumentos de la iglesia.6 El Papa Benedicto también hace un llamado a la sociedad para que examine a fondo su estilo de vida. Citando a su predecesor, Juan Pablo II, el Pontífice dijo: “Es necesario un cambio efectivo de mentalidad que nos lleve a adoptar nuevos estilos de vida, ‘a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones’”.7 Sin embargo, la idea de aceptar un nivel de vida reducido, no será precisamente algo que les dará popularidad a los gobiernos. Será necesario contar con líderes valientes, que promuevan una cultura menos consumista. Y éstos necesitarán contar con el apoyo del pueblo. Es por eso que Caritas Internationalis se está centrando en las dimensiones éticas, morales y teológicas, de la crisis del cambio climático. Los argumentos científicos y económicos son importantes, mas no son suficientes. Para poder cambiar el mundo, tenemos que cambiar el comportamiento humano; y el cambio fundamental en el comportamiento humano se tiene que basar en una convicción profundamente arraigada, no en la conveniencia a corto plazo. En este documento, las organizaciones miembros de Caritas hablan del sufrimiento que ya se está padeciendo como resultado de eventos meteorológicos extremos; examinaremos los argumentos teológicos, morales y éticos relativos al cambio climático; exploraremos las obligaciones ineludibles que nos atribuye la doctrina social católica; examinaremos el trabajo que las organizaciones Caritas están llevando a cabo en el terreno, para ayudar a la gente a superar los devastadores efectos del cambio climático y qué puede hacer Caritas Internationalis, a escala mundial para promover un cambio real y eficaz. El Papa Benedicto habla de la necesidad de una “justicia intergeneracional”. “Debemos considerar un deber muy grave el dejar la Tierra a las nuevas generaciones, en un estado en el que puedan habitarla dignamente y seguir cultivándola.”8 La justicia está al centro de la estrategia de Caritas Internationalis, para abordar la crisis del cambio climático. Sin justicia no puede haber una solución sostenible. |
|