17-year-old Aysha Cader is one of the more than 1,300 students at the Zahira Muslim College in Galle, Sri Lanka. Caritas Sri Lanka built a new classroom building at the school after the tsunami destroyed several buildings on campus. Such efforts are part of a broad inter religious effort in Galle and elsewhere in Sri Lanka.

Credits: Snyder/Caritas

David Snyder

Con su cara en forma de lágrima, más pronunciada todavía por el pañuelo que le cubre la cabeza del uniforme del colegio, Aysha Cader pensó al día que el tsunami azotó su aldea: “Yo estaba trabajando en el jardín, cuando oímos un fuerte grito”, recuerda Cader. “Cuando vimos el agua, salimos corriendo hacia la montaña”.

Ella era en su temprana adolescencia, cuando el tsunami arrasó las costas de Sri Lanka, en 2004. Cader tiene hoy 17 años y estudia en la Zahira Muslim School de Galle, un lugar lleno de recuerdos, tanto académicos y actuales, como viejos recuerdos, para los más de 1.300 estudiantes musulmanes que comparten este campus, porque se convirtió en un campamento para desplazados del tsunami. Como todos y todo en esta comunidad, también el colegio sufrió pérdidas, en total, más de 100 estudiantes y profesores murieron, y dos de los edificios escolares fueron arrasados por las aguas.

“Después del tsunami, yo vine al campamento (en los jardines del colegio) y me puse muy triste”, dice Cader, que era alumna de ese colegio desde la primaria. “Yo me preguntaba, si alguna vez podría volver a ser lo que era”.

En pocas semanas, se reanudaron las clases, pero fue muy difícil, nos cuenta Cader. Los estudiantes y los profesores estaban traumatizados por las pérdidas sufridas. Las aulas resultaban estrechas, los estudiantes estaban incómodos, apretados, porque había menos aulas. “Fue muy difícil volver a los estudios, después del tsunami, porque estábamos apretamos en las aulas”, recuerda Cader. “Antes del tsunami éramos 40 estudiantes en cada clase y después éramos 60”.

Los meses sucesivos a la catástrofe, las iniciativas de ayuda en Sri Lanka pasaron de la ayuda de emergencia, a programas de recuperación y rehabilitación. Caritas Sri Lanka supo los problemas de Cader y sus compañeros del colegio. Tras reunirse con la administración de colegio, Caritas se ofreció a construir un nuevo edificio con más aulas, para mitigar las dificultades de los estudiantes. En agosto de 2007, comenzó la construcción de un edificio de dos plantas, que tendría electricidad y ventiladores centrales de techo, en todas las seis nuevas aulas – algo que no tienen los otros edificios del campus. En febrero de 2008, fue completado el nuevo edificio y se organizó un acto oficial en el colegio, para su inauguración.

“No se ha vuelto completamente a la normalidad”, dice F.I. Kathim, que lleva 12 años enseñando inglés en la Zahira School. “Pero poco a poco se van haciendo progresos”.

Para Caritas Sri Lanka, el proyecto formaba parte de un inmenso esfuerzo de reconstrucción de viviendas e infraestructuras, tras la desgracia del tsunami. Además de las más de 7.500 viviendas reparadas y construidas por Caritas, desde 2005, la agencia ha trabajado en la reconstrucción de consultorios, salas de reuniones y colegios en las comunidades damnificadas.

Sin embargo, ayudar a la recuperación de las cicatrices físicas de la catástrofe es sólo una parte del trabajo que Caritas está realizando en Sri Lanka. En una nación en la conviven varias religiones, por ejemplo, en una misma comunidad encontramos hinduistas y cristianos, musulmanes y budistas, las iniciativas de Caritas en Sri Lanka, han sido trasversales, sin tener en cuenta las creencias religiosas de los beneficiarios, incluso mucho antes del tsunami. Quizás ahora eso es más evidente, con la Fundación para el Compromiso Interconfesional por la Paz, un grupo de líderes de las principales religiones del país, que se llevan reuniendo regularmente desde hace 25 años, con el fine de intercambiar sus perspectivas. El presidente del grupo, Ven. Kegalle Pangharawa, un monje budista, dice que el grupo surgió tras los conflictos interconfesionales que se registraron en Galle, en el 1982. “No teníamos planeado tener una organización como ésta, pero surgió de manera natural”, dice Pangharawa. Y añade: “Había un conflicto entre la población, y yo estaba frustrado por lo que había visto. Por ello, intenté decirle a la gente que fuera pacífica y pensé que si los líderes religiosos vivían en armonía, también la población lo haría”.

De esa cooperación surgió la Fundación para el Compromiso Interconfesional por la Paz – un grupo en el que están representados los budistas, los hinduistas, los musulmanes y el clero católico. El grupo hace regularmente apariciones públicas, en aniversarios, ocasiones y actos, y ha sido llamado por el Gobierno para que sea la representación más visible de la armonía interconfesional en Sri Lanka. Además, los miembros del grupo participan en numerosos foros, nacionales e internacionales, para la promoción de la paz. Su mensaje es muy sencillo, nos dice el Ven. Ridiyagama Visuddhi: “No existe sangre cristina, budista, ni musulmana. Somos de religiones diferentes, pero como seres humanos somos todos iguales”.

Desde la creación oficial de la Fundación, sus miembros empezaron a asistir a los festivales y fiestas de los otros miembros, y educaron a estudiantes de todas las religiones en los diferentes colegios religiosos de toda la ciudad. Cuando llegó el tsunami, recuerda Ven Pangharawa, ese sentimiento fuerte de comunidad y comprensión mutua permitió al grupo unir fuerzas y recursos sin conflictividad.

“Durante la crisis del tsunami, no unimos más y sin ningún tipo de discriminación, ayudamos a los damnificados del tsunami y trabajamos en gran solidaridad”, nos cuenta Ven Pangharawa.

Volviendo a la Zahir Muslim School, Aysha Cader sabe por experiencia directa lo que supone esa cooperación interconfesional. Recordando los días después del tsunami, cuando se preguntaba cómo podrían reconstruir el colegio, Cader dice que los estudiantes del Zahir aprendieron de memoria las lecciones de los líderes religiosos de Galle, cuando asistieron a las clases en su nuevo colegio: “La población está muy contenta, porque Caritas no tenía en cuenta la religión, sólo ayudaba”.