Caritas Sri Langka beneficiary John Kennedy Ranjini shows visiting Caritas staff some of the produce she is able to once again grow in her fields, thanks in large part to grant and loan money she and her daughter received from Caritas in the wake of 2004 tsunami.

Credits: Snyder/Caritas

de David Snyder

Era el grito de un pescador que estaba allí cerca, recuerda John Kennedy Ranjini, que fue el primero en avisarla del peligro inminente. Miró hacia arriba, desde su pequeño puesto de alimentos y dulces, y vio una gran pared de agua que se acercaba imponente y amenazadora – y como hicieron otros millones de personas en toda Asia, esa misma mañana, salió corriendo para salvar su vida. “Había algunos pescadores en la playa, que empezaron a gritar, escapando. El agua a mí ya me llegaba hasta las caderas”, dice Ranjini.

Y mientras decenas de millares de otras personas no corrieron la misma suerte, Ranjini sobrevivió al tsunami, que azotó Sri Lanka el 26 de diciembre de 2004. Al día siguiente, Ranjini encontró a sus tres hijas, que temía haber perdido en el maremoto. Estaban sanas y salvas, en un campamento cercano. Sin embargo, como su casa estaba a sólo 200 metros de la playa, no había esperanza de poder tener una casa para regresar. Con ella también desapareció su puesto de venta de pollos y toda la cosecha de su pequeño huerto, todo lo que tenía para mantenerse.

Ranjini, como otras muchas personas damnificadas por el tsunami, vivió los meses sucesivos hundida en la desesperación. Con su marido trabajando fuera del país, Ranjini y sus hijas tuvieron que afrontar la incertidumbre de la vida solas. Se dirigieron a un colegio cercano, donde recibieron comida y artículos esenciales de las agencias de ayuda humanitarias. Una de esas agencias era Caritas Batticaloa – EHED (Eastern Human and Economic Development), el centro diocesano local de Caritas Sri Lanka, que ya conocía a Ranjini y a otras personas de la comunidad, a través de unos proyectos de EHED para la generación de ingresos, realizados antes del tsunami en la aldea de Sandhipuran, donde vive Ranjini. Una vez establecida en un refugio provisional con sus hijas, Ranjini y otros miembros de la comunidad encontraron a algunos cooperantes de EHED, que estaban visitando las áreas afectadas, con el fin de comprobar quienes eran los residentes locales más necesitados de las viviendas permanentes, que Caritas Sri Lanka iba a empezar a construir.

“Los cooperantes de EHED convocaron una reunión, en la que nos informaron del proyecto de construcción de viviendas de EHED, en la zona y nos dijeron que las solicitáramos”, recuerda Ranjini. Ella lo hizo y su hija mayor también, que ya estaba casada. Poco después ambas figuraban en la lista para la asignación. EHED tenía un programa único de autoayuda, que permitía a los futuros propietarios de casa contratar a albañiles locales, que en un determinado plazo serían reembolsados por su trabajo, por parte de Caritas, en cada nueva fase de la construcción. Ranjini encontró a un albañil que empezó a construirle su casa. Seis meses más tarde, en enero de 2007, se mudó del pequeño y apretado refugio, en el que había estado viviendo ese tiempo a unas de las 7.773 viviendas construidas por Caritas Sri Lanka, hasta esa fecha.

“Yo lo pasé bastante mal, el tiempo que vivimos en el refugio provisional, hacía mucho calor, era imposible la privacidad, las niñas no podían estudiar. Pero cuando nos mudamos, por fin me pude sentir relajada”, nos relata Ranjini.

Sin embargo, la promoción de Ranjini de damnificada-desplazada a propietaria de una vivienda es sólo una parte de su historia. Consciente de que quienes lo habían perdido todo necesitarían algo más que una casa, para ayudarles a recuperarse, EHED ofreció con cada hogar un oportunidad para que el beneficiario tuviera acceso a préstamos y subvenciones, por valor de 20.000 rupias – unos 125 euros – para comenzar a reconstruir sus medios de sustento. Primero dividieron a los beneficiarios en grupos y luego facilitaron capacitación para la gestión de negocios y contabilidad. EHED se aseguró de que el dinero provocara un impacto a largo plazo, en quienes tuvieran acceso a subvenciones y préstamos. Como ella ya estaba familiarizada con esos trámites, tras su precedente experiencia con los grupos de ahorro, antes del tsunami, Ranjini aprovechó rápidamente esta oportunidad. “Tras la creación de los grupos, EHED nos facilitó la capacitación técnica, por ejemplo para llevar la contabilidad. Pero yo ya sabía como hacerlo, porque había hecho antes la capacitación”, nos señala Ranjini.

Cuando el primer préstamo y subvención estuvieron a disposición de su hija, que estaba en el mismo grupo de Ranjini, las dos mujeres usaron todo el dinero para comprar simientes, con las que volvieron a sembrar sus valiosos cultivos de chiles, en la tierra que la familia cultivaba antes del tsunami. Cinco meses más tarde, también llego el préstamo y la subvención de Ranjini. Con ese dinero, junto con las primeras ganancias del huerto, Ranjini abrió una pequeña tienda, enfrente de la casa de su hija, también construida por Caritas, en la que vende dulces y otros artículos, a los aldeanos que van a la cercana mosquea. Siendo una mujer de negocios inteligente, Ranjini se dio cuenta enseguida de la necesidad de un molino en la aldea y, por ello, utilizó el resto del dinero en la primera cuota por la compra de dos maquinas para moler, y pidió el resto a un respetable prestamista conocido. El pequeño negocio tuvo éxito enseguida. “No hay molinos en esta zona, por eso la gente llevaba los chiles a otra parte para molerlos. Poco después de que pusiera el molino, todos empezaron a venir aquí con sus chiles”, nos cuenta Ranjini.

Ya han pasado tres años, desde que el tsunami azotó esta pequeña comunidad de la costa oriental de Sri Lanka, y la vida está volviendo poco a poco a la normalidad. De nuevo, los pescadores pueden conseguir su sustento del mar, con redes y barcas por fin reparadas. Por doquier han ido surgiendo nuevamente pequeñas tiendas y mercados, en las calles de Sandhhipuram, negocios que mantienen a la población local. El marido de Ranjini ha regresado del extranjero y ahora está ayudando a la familia, trabajando en la parcela de chiles, que representa gran parte de sus ingresos. Para Ranjini, propietaria de su vivienda y de un pequeño negocio, ahora le parece muy lejano aquel día que al regresar a casa no encontró nada de su vida pasada. “Hay muchos cambios. Tengo una casa mejor y mi hija también. Antes no teníamos electricidad en casa y ahora la tenemos. Y, gracias a la capacitación, ahora puedo ganar buenos ingresos”, concluye Ranjini.