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Buscando la paz: los desplazados de Sri Lanka quieren regresar a casa
![]() Like all who fled to the Sinhala Maha Vidhalayam displaced camp in Batticaloa, Sri Langka, Anthony Lenard receives support from Caritas Sri Lanka and other humanitarian agencies - including plastic sheeting, clothing, pot and pans, food and water. Anthony Lenard tenía pocas alternativas cuando la guerra en Sri Lanka, que se llevaba gestando desde hacía tiempo, le puso de nuevo al corriente de la situación. Con su aldea en llamas y su madre asesinada en un bombardeo, él reunió a su familia y se marchó al único lugar que consideraba seguro: “Por un lado estaba el mar y por el otro la violencia. La única opción era venir aquí”, dice Lenard. ‘Aquí’ se refiere a los cálidos y húmedos jardines de un colegio de Batticaloa, ciudad de la zona oriental del país, donde ahora hay un campamento para unos 185.000 desplazados, tras la última ola de violencia, registrada en la zona oriental de Sri Lanka, ya predispuesta para la batalla. A primeros de 2007, el momento álgido del conflicto, se desplazaron 308.000 personas, a causa de los enfrentamientos, que ya han provocado la muerte de 70.000 cingaleses desde 1983. Conocí a Lenard trabajando con Caritas Sri Lanka, que ha estado ayudando a los afectados por el conflicto, con una serie de programas. Para Lenard y las otras 360 personas del campamento de Sinhala Maha Vidhalayam, en Batticaloa, esa ayuda era en forma de comida, ropa, letrinas y artículos no alimenticios, como utensilios de cocina. Esta ayuda comenzó cuando Lenard y su familia llegaron a Batticaloa, a primeros de agosto de 2007. Lenard es católico y se dirigió a la Iglesia, tan pronto como llegó a la ciudad, sede de la Oficina para el Desarrollo Económico y Humano de la zona oriental, de Caritas Sri Lanka. “Me dirigí a la Iglesia y las autoridades eclesiales organizaron el traslado a este lugar”, recuerda Lenard. Al llegar con los demás al edificio escolar vacío, que se convertiría en su casa, Lenard cuenta que las familias presentes acordaron entre ellas el lugar donde ubicar el campamento, ya que las agencias humanitarias, incluida Caritas Sri Lanka, trabajaban para responder a las más esenciales de sus necesidades. Él, junto a su esposa, sus tres hijos mayores y sus gemelos de 14 años – un niño y una niña - llenaron rápidamente dos pequeñas habitaciones del colegios, con sencillos tabiques de plástico. “Cuando llegamos aquí, éramos pocas familias y nos organizábamos bien solos. Luego empezaron a llegar otras familias”, señala Lenard. Como para otras muchas personas de la zona nororiental de Sri Lanka, en la que el conflicto en las últimas décadas se ha convertido en algo familiar, ésta no es su primera experiencia como desplazado. Precedentemente, en dos ocasiones, en 1985 y 1990, tuvo que escapar con su familia. Y lo peor es que esta zona costera sufrió graves daños en 2004, por el tsunami, que provocó la muerte de decenas de millares de cingaleses y destruyó millares de hogares. Caritas Sri Lanka fue rápida a responder a esa crisis y, desde 2004, ha construido y arreglado más de 7.500 viviendas para damnificados por el tsunami. Los enfrentamientos que estallaron en 2007 suponen una nueva y desafiante crisis, para los habitantes de los distritos de Batticaloa y Trincomalee. Mientras la mayoría de los desplazados por la violencia del distrito de Trincomalee ya han regresado a sus casas, Lenard teme regresar a su aldea, cerca de la localidad de Muthur, porque ha sido escenario de algunos de los peores enfrentamientos registrados. En muchas zonas de Sri Lanka, el conflicto étnico y religioso, provocado por el mayor conflicto entre las fuerzas gubernamentales y un movimiento étnico separatista, ha sido acusado de un gran número de asesinatos y secuestros. “Temo por la seguridad de mis hijos. Nos han llegado noticias de disturbios étnicos y por ello no quiero arriesgarme. Yo quiero regresar, pero antes de hacerlo necesito asegurarme de que mis tres hijos mayores salgan del país. Estoy intentando organizar su emigración”, confiesa Lenard. Cuando la ayuda de Caritas pasó de la emergencia, al refugio y sustento de quienes regresan a casa y para la reconstrucción, Lenard y otras 20.000 personas se quedaron en los campamentos de los distritos de Batticaloa y Trincomalee, incapaces o sin ganas de regresar a sus hogares Lenard es un electricista cualificado y se mantiene con pequeños trabajos de electricidad, consiguiendo contratos una o dos veces al mes. Su hijo mayor tiene trabajo como en una empresa local de suministro de telecomunicaciones, y la familia ha añadido una tercera habitación a la pequeña parte del edificio escolar que ocupan, cuando otras familias se fueron. Con la ayuda de Caritas, los gemelos están yendo al colegio local. “Al principio fue otro problema, porque el colegio era nuevo y tuvieron que ambientarse. Fue difícil para ellos echarse amigos, pero ahora ya se han acostumbrado”, dice Lenard. Pero la vida sigue siendo difícil en el campamento, incómoda y llena de incertidumbre. Excepto por el lujo de la TV, salvada de su casa, en un viaje de regreso a Muthur. La familia tenía poco, aparte de lo que recibieron de las organizaciones humanitarias. Aunque la responsabilidad de su familia añade mayor tensión a su vida como desplazado, Lenard se ha comprometido firmemente a dar seguridad a sus hijos y también está seguro de lo que le queda por soportar, hasta que pueda regresar a su casa. “No será un buen momento para regresar, hasta que no cesen los enfrentamientos y haya armonía” añade Lenard.
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