Credits: Bridget Burrows/CAFOD

“Vivo en Nazerete, una zona de la aldea de Tombura. Hace cuatro años que llegamos aquí procedentes de la República Centroafricana, donde vivía como refugiada. Deje mi tierra en 1990 a causa de la guerra. Huimos a pie, nos llevo dos semanas llegar a la República Centroafricana. Mi marido murió a causa de una enfermedad en el exilio. También murieron algunas de mis hijas. Me quedé con un hijo y una hija, hasta que mi hija también falleció. La vida en el exilio era muy difícil, no había manera de ganarse el sustento y había perdido a cuatro miembros de mi familia. Entonces, escuche que había vuelto la paz, así que regresé. Cuando llegué de nuevo a casa en el Sudán, me sentí feliz porque ese era el lugar en que había nacido.

Antes nos abastecíamos de agua en un pozo perforado situado cerca de aquí, pero ahora que el pozo no funciona, tengo que caminar mucho para llegar a un manantial, cosa que no es fácil para una persona de mi edad. Voy una vez al día. Tardo unas tres horas entre ir y venir. Casi siempre voy yo, pero, a veces, cuando estoy enferma, mando a mis nietos, aunque por lo general ellos están en la escuela.

Una de las dificultades con que tropezamos es que cuando vamos al manantial tenemos que dejar a los niños en casa. Cuando estamos afuera, los niños pueden hacer cualquier cosa, hasta beber agua no potable cosas por el estilo. Además, nos da miedo la distancia que tenemos que recorrer, pues los del LRA siguen escondidos entre las matas y nosotras somos mujeres. Mi nieto se enfermó por tomar el agua de la fuente, le vino diarrea, nauseas y dolor de cabeza al mismo tiempo. Cuando mi nieto se enferma, yo me desespero porque no tengo dinero para pagar la atención médica.”