Worina Bosco was an LRA soldier.

Credits: Caritas

Para los achioli de Uganda, el que un malhechor pise un huevo crudo es un símbolo ceremonial de purificación y perdón. Es parte de la limpieza tradicional a que los pueblos y aldeas están recurriendo después de los 20 años de insurgencia, notorios por sus sádicos abusos.

La guerra entre el gobierno kampala y el Ejército de Resistencia del Señor (LRA) en el norte ha finalizado. La mayoría de los 1,2 millones de personas que huyeron a los campos de refugiados ha retornado a sus hogares. Como resultado de los acuerdos de paz, ex-rebeldes han depuesto las armas y han regresado a sus pueblos.

Lo líderes del LRA siguen a la fuga y sus soldados están cometiendo atrocidades; pero se han ido de Uganda y se esconden en las entrañas de las selvas tropicales en la República Centroafricana, el Congo y Sudán. Ahora son la pesadilla de otros

Ha empezado la reconstrucción del torturado norte luego de la prolongada y brutal guerra. Hay muchas heridas que sanar conforme las comunidades retornan a pueblos que ahora son fosas comunes o deben acoger de nuevo a ex-asesinos.

Todos tienen una historia que contar sobre secuestro, asesinato, tortura y violación. En un pueblo, los habitantes fueron obligados a construir una fosa cubierta, luego fueron amontonados dentro de la misma mientras se le prendía fuego. Quienes tenían la mala suerte de sobrevivir el primer día eran llevados de nuevo a la fosa al día siguiente. Caritas ayudó a los sobrevivientes a construir un monumento conmemorativo en el lugar.

Quienes escaparon de un ataque del LRA en otro pueblo, volvieron a sus hogares a encontrar a sus parientes cocidos en ollas. A algunos habitantes del pueblo les cortaron los labios con machete como señal de advertencia para que otros no hablaran.

Asimismo, decenas de miles de niños fueron secuestrados y obligados a unirse a las filas del LRA. La iniciación era recibir 150 latigazos. Se consideraba que los que sobrevivían eran lo suficientemente fuertes para viajar con el LRA, convertirse en soldados, esclavos sexuales o cargar animales. El castigo por saltarse las reglas podría ser severo y fatal.

“Cien de nosotros tuvimos que formar una larga fila y caminar encima del muchacho hasta que se muriera”, dijo Jennifer, quien relata lo que el LRA hacía con la gente que trataba de escapar.

Jennifer tenía 12 años cuando los rebeldes la secuestraron y se la llevaron al monte, en 1998. Se la dieron a un comandante rebelde como una de sus cinco esposas. Su vida se convirtió en una pesadilla de violación, marchas forzadas, enfermedad, hambre y brutales golpizas.

Jennifer fue liberada en 2003, cuando helicópteros del gobierno atacaron el campamente en el que estaba, matando a su esposo. Ella escapó por el monte, con tres meses de embarazo y herida por fragmentos de metralleta en el pecho y la pierna durante el ataque. Miembros del LRA la persiguieron, pero ella logró evadir sus balas y llegar a un lugar seguro antes de que pudieran capturarla.

En el centro de acogida de Caritas recibió alimentos, orientación y dio a luz a un niño al que llamó Jok. Jennifer cuenta que aprendió de nuevo la diferencia entre el bien y el mal. Luego fue trasladada a un campo de refugiados y cuando terminó la guerra en 2006, volvió a casa.

Sin embargo, no fue bien recibida. Su padre murió, su madre se volvió a casar y nadie quiere saber de ella. Está determinada a seguir adelante con su vida, pero criar a su familia sin medios de sustento no será fácil. Por ahora, Caritas le está proporcionando alimentos hasta que pueda valerse por sí misma.

Worina Bosco era soldado del LRA. Obligado a combatir después de haber sido secuestrado en ruta a casa después de la escuela, dijo: “Uno quema casas, quema vehículos, mata a los enemigos, mata gente; uno mata porque si no el LRA lo mata a uno”. Él también escapó y recibió ayuda de Caritas.

Ser aceptado no ha sido fácil. “Si pasa algo malo o si uno de los secuestrados hace algo malo”, dijo, “nos echan la culpa a nosotros. Dicen que seguimos siendo miembros del LRA. Dicen que nos seguimos comportando como si siguiéramos en el monte”. Dice que ahora se ha unido a la policía para que la gente no se meta con él.

Atoo Christian vio a los rebeldes desde su jardín, pero el terror la paralizó y no pudo huir. Tanto ella como su hermano fueron secuestrados por el LRA.

Su hermano sigue desparecido, probablemente está muerto o sigue luchando con el LRA en su nueva campaña en el Congo, Sudán y la República Centroafricana. Ella escapó ateniéndose a las consecuencias. Fue rescatada y Caritas la amparó en uno de sus centros de acogida. Caritas ayudó a otros 3.500 niños secuestrados en sus centros de acogida.

“No es fácil para algunos niños que han escapado”, dijo Atoo, “la vida no es fácil y muchos regresan al monte a unirse a las filas del LRA”.

Ochaya Michael era combatiente del LRA. Él también fue secuestrado cuando era adolescente y fue forzado a convertirse en niño soldado; peleó en batallas y fue testigo de atrocidades. Escapó cuatro veces, pero lo volvieron a capturar. Pasó ocho años secuestrado.

Ahora está de vuelta en su pueblo, Bolippii. Al principio, su experiencia fue similar a la de otros niños secuestrados. “Pero Caritas ha estado operando programas de construcción de la paz en su comunidad, lo que ha ayudado a unirlos”, dice.

Bolippii fue invadido por el LRA y la comunidad huyó a campos, más de 30 fueron recapturados, y muchos fueron masacrados en el pueblo. Cuando los sobrevivientes retornaron al final de la guerra, quedaba muy poco. Están en un área muy remota, a más de una hora por un camino de tierra de la carretera más cercana. Lo primero que hizo Caritas en la comunidad fue discutir sus necesidades.

Margaret, una anciana del pueblo, dijo: “Al principio queríamos regresar al campo, por todos los malos espíritus; pero Caritas nos ayudó a hacer una ceremonia tradicional de purificación. Luego las cosas empezaron a mejorar y gente se sentía segura para regresar”.

“Antes de la guerra, la comunidad actuaba como una unidad, con amor; pero la guerra dividió a la gente. La gente también estaba traumatizada. Había renunciado a la vida. Cuando volvieron, hubo disputas por cuestiones de tierras. Los ancianos estaban muertos y se habían perdido las marcas de los límites, nadie sabía a quién le pertenecía qué”.

Además de suministrar alimentos y apoyo para el sustento, Caritas fomentó actividades de construcción de la paz y actividades para aliviar el trauma. Éstas incluyeron que la comunidad expresara sus experiencias y los desafíos a que se enfrentan ahora a través del baile, el canto y la actuación. Cantan acerca de la paz, ponen en escena obras de teatro sobre los peligros del alcoholismo o bailan para celebrar su retorno.

“Caritas nos dio buenos consejos,” dijo Margaret, “nos dio capacitación sobre prevención de conflictos; nos enseñó acerca de protección de menores; operó un centro de orientación; nos ayudó con nuestro sustento llevando a cabo una feria de semillas”.

Ahora Ochaya Michael encabeza la banda de pueblo, que Caritas ayudó a montar. Está integrada por personas que fueron secuestradas y escaparon. Es una posición de prestigio para Michael: “Me ha ayudado a relacionarme mejor con la comunidad”, dijo.

Bolippii y el norte de Uganda todavía tienen un largo camino que recorrer. La falta de agricultura implica que el hambre es un problema. Hay que reconstruir los hospitales y las escuelas. Muchos sufren traumas severos. Muchos han perdido su infancia. Sin embargo, piensan que con la paz han ganado su futuro.