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Los migrantes a bordo de los trenes rumbo a Estados Unidos no están solos
16 March 2012 ![]() Acompañada de sus hijas y sus nietas, Carmen se dirige a la vía férrea que pasa a pocos metros de su casa. Al ver la luz del tren, ellas se acercan más a las vías y extienden los brazos cargados de bolsas de comida. Acompañada de sus hijas y sus nietas, Carmen se dirige a la vía férrea que pasa a pocos metros de su casa. Las mujeres reparten las cajas a lo largo de un kilómetro. Al ver la luz del tren, ellas se acercan más a las vías y extienden los brazos cargados de bolsas de comida. “Que Dios los bendiga”, gritan los migrantes subidos a bordo del tren de mercancías. Pocos minutos después, el tren se ha ido. Vuelven a la cocina de Norma. Desde hace ya 15 años que Norma y las otras distribuyen comida, ropa y medicinas para los migrantes que viajan a bordo de los trenes. Todos los días, cada vez que un tren pasa por su comunidad, ellas van con los brazos tendidos, cargados de lo que la caridad les permite ofrecer. “Afortunadamente, Dios está con nosotros y la comida se multiplica”, dice Rosa, una de las hermanas de Norma. Ella recuerda cómo fue que empezó todo. “Un domingo, salimos con una de mis hermanas a comprar pan y leche. De regreso a la casa, nos llamaron un par de personas que iban montadas en un tren que pasaba al lado de nuestra casa. ‘Comida, denos algo que comer’ gritaban. Ante su desesperación, les dimos lo que habíamos comprado. Cuando llegamos a la casa, estábamos atemorizadas de cómo iba a reaccionar nuestra mamá. Pero ella simplemente nos dijo que había que ir a comprar más comida para el día siguiente. Desde entonces no hemos parado”. Actualmente se preparan y se distribuyen a diario más de 200 bolsas de comida. Todas las mujeres de la familia participan en la preparación y la distribución de la comida para los migrantes. Las más jóvenes ayudan en la cocina hasta que son lo suficientemente mayores para acercarse al tren y participar en la distribución. “La emoción que uno siente al distribuir comida entre los migrantes que van encaramados es indescriptible”, dice una de las nietas de Carmen. “Además, cuando veo a mi madre y a mi abuela cargando cajas, sé que debo ir a ayudarlas”. En el verano, no es raro ver a más de 200 migrantes a bordo de un mismo tren. Esta noche no hay más que una veintena. “Es por la inclemencia de las noches de invierno”, explica Norma. Quienes pasan en esta época del año tienen que batallar no sólo contra el frío, sino también contra en cansancio, el hambre y los criminales que les amenazan”. Las Patronas son conscientes de que deben ayudar a los migrantes que quieren cruzar hacia los Estados Unidos. Cada uno de ellos es un hermano, un esposo o un hijo que ha abandonado su comunidad para ir a buscar trabajo al vecino país.
“El mes pasado, un joven se cayó del tren, perdió ambas piernas", cuenta Bernarda, otra hermana de Norma. “Los migrantes nos gritaban lo que había pasado y nosotras logramos recogerlo y llevarlo al hospital. Ahora ya salió de peligro”. En otra ocasión, las Patronas montaron una barricada frente a las fuerzas policiales que habían llegado a arrestar a los migrantes que iban montados en el tren. “Nosotras les dijimos que si querían arrestarlos, nos tendrían que arrestar a todos. Desde entonces no hemos tenido problema con los servicios de migración”, dijo Norma. La Caritas parroquial ayuda al grupo de las Patronas dándoles cupones de caridad que les permiten recibir donativos de pan de un mayorista de la región 4 veces por semana. El Padre Julián, responsable de la Caritas en la comunidad, siempre encuentra ocasión para ensalzar el trabajo de estas admirables mujeres y motivar al resto de la población a solidarizarse con su labor. “Mientras Dios me de fuerzas, dice Carmen, tanto los hombres como las mujeres que se han visto obligados a subirse a estos trenes para sobrevivir seguirán viéndome salir a su encuentro”.
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