Protegiendo a los niños refugiados en Tailandia

«Mis padres me enviaron aquí para que pudiera ir a la escuela», dijo Kay Doh*, un niño de 13 años que vive en un campamento de refugiados en la frontera entre Tailandia y Myanmar. «En mi aldea no había educación más allá del 4º grado».

Kay Doh proviene del este de Myanmar, hogar del pueblo karen, el segundo grupo étnico más grande del país. Los karen han estado envueltos en un prolongado conflicto con la mayoría burmana desde 1948, justo después de la independencia de Myanmar.

La guerra y el abandono han dejado las áreas de los karen sin escuelas y hospitales, y a la gente en la miseria. Los combates, los abusos de derechos humanos y la pobreza han obligado a decenas de miles a abandonar sus hogares.

Mae Ra Ma Luang campo de refugiados en Tailandia.

Mae Ra Ma Luang campo de refugiados en Tailandia. Foto por COERR

Cerca de 120.000 miembros de los karen y otros grupos minoritarios viven en nueve campamentos en Tailandia, a lo largo de la frontera. El alto al fuego en Myanmar en 2012 ha abierto la posibilidad de un retorno a casa, pero también significa que se ha reducido la ayuda para los habitantes de los campamentos.

El campamento en donde vive Kay Doh se llama Mae Ra Ma Luang. Se encuentra en un área remota, en la cima de las montañas, en medio de la jungla. Pequeñas chozas de madera bordean una empinada quebrada, un río divide el campamento en dos. Es posible cruzar el río por una par de puentes de cuerdas.

«Mi hermano y yo salimos de casa hace cuatro años», dijo Kay Doh, cuyos padres se quedaron en su granja al otro lado de la frontera. Muchos niños son enviados a los campamentos porque ahí tienen mejor educación y recursos médicos que en su lugar natal.

Él vive en una choza dilapidada. «Mi hermano se fue a vivir a una granja cercana para trabajar», dijo. Era la casa de un tío nuestro, que ahora se ha mudado a Norteamérica. Tiene una sartén, algunos cubiertos, un par de platos y nada más.

«Lo peor es el hambre», dijo. La reducción en financiación implica que la ayuda a los campamentos ha bajado en 20 por ciento. La ración de arroz es de 12 Kg al mes.

Luego está la soledad. «Mis amigos de la escuela no me visitan porque soy muy pobre. Y no puedo visitar a mis padres porque es demasiado caro», dijo.

Cada dos días lo visita Mae*, una señora de sesenta y tantos años, afectuosa y con un rostro amable. Ella comprueba que él esté bien o si necesita algo. «Es un buen chico y puede cocinar y lavar su ropa», dice. «Pero a esa edad, realmente no es capaz de cuidarse a sí mismo».

Kay Doh and Mae from COERR

Kay Doh y Mae para Coerr. Foto por Nicholson/Caritas

Mae también es una refugiada que vive en el campamento y es uno de los más de 360 miembros del personal de la comunidad que trabajan para COERR, la Oficina Católica para Ayuda de Emergencia y Refugiados, parte de Caritas Tailandia.

COERR ayuda a unos 10.000 refugiados y trabaja en los 9 campamentos, en donde se centra en niños que viven solos, huérfanos, que viven con parientes o que se encuentran en cualquier otra situación vulnerable.

El personal de COERR en el campamento realiza visitas a domicilio para asegurar que los niños vayan a la escuela, que estén saludables y para ver si hay algún problema serio que los esté afectando, además de cubrir ciertas necesidades básicas como útiles escolares o velas.

Paw-Paw* es otra niña a quien Mae visita con regularidad. La refugiada, de 12 años, ha estado en el campamento desde hace cinco años, vive con su tío, su tía y sus cinco hijos desde que sus padres murieron de la misma enfermedad pulmonar.

«Mi tío bebe mucho», dijo. «El pasado abril volvió a casa borracho y me pegó con un palo. No salí corriendo porque pensé que empeoraría las cosas. Tenía mucho miedo».

Cuando Mae, la encargada de su caso, se enteró, le dijo a la niña que fuera a visitar a amigos cuando su tío estuviera borracho. Luego se sentó con el tío y la tía y les dijo que no era posible que él se siguiera comportando de esa manera, que iba contra las normas del campamento y que si continuaba así ella acudiría a las autoridades.

«Los niños que viven en el campamento sin sus padres tienen más probabilidades de ser objeto de abusos», dijo Nongnuch Boonhue de COERR, que trabajan en programas de protección infantil. «Mediante nuestro mecanismo de visitas a domicilio podemos reducir esto».

Además de las visitas, COEER lleva a cabo actividades para los niños en su centro en el campamento. «Organizamos juegos y alentamos a los niños a que hablen de su pasado, su presente y sus anhelos para el futuro», dijo Nongnuch Boonhue.

La clave para el éxito del programa es la confianza entre el niño y el trabajador social.

La clave para el éxito del programa es la confianza entre el niño y el trabajador social. Foto por Nicholson/Caritas

«Hablamos acerca de los derechos del niño a través de teatro y de dibujos», dijo. «Ellos dibujan el cuerpo humano y marcan las áreas que otras personas no deberían tocar. Les enseñamos que antes de tomar una decisión deben informarse para poder tomar la mejor opción».

La clave para el éxito del programa es la confianza entre el niño y el trabajador social. Aung*, 28, es otro habitante del campamento que trabaja para COERR.

«Yo mismo fui un menor solo». Llegué al campamento para recibir educación y porque no quería que me reclutaran como soldado», dijo. «Cuando hay guerra, hay pobreza. La guerra es fuente de pobreza».

Ahora, él supervisa a unos 40 niños, realizando visitas a domicilio, asegurándose de que estén bien y alentándolos en la escuela. «Es fabuloso poder cuidar a niños que están en la misma situación en la que yo estuve. Me siento como su segundo padre», dijo.

A Aung le preocupa tener que volver a Myanmar, lo cual ocurrirá en los próximos 3 años. COERR está dando capacitación en medios de sustento para que cuando los refugiados tengan que volver cuenten con las habilidades necesarias para sobrevivir.

«El campamento es seguro. Creen que habrá más combates si viven en Myanmar», dijo Nongnuch Boonhue. «Pero en los campamentos tampoco tienen libertad. No pueden salir a buscar trabajo. Se sienten como pájaros atrapados en una jaula. En los campamentos no hay un verdadero futuro».

*Los nombres de los refugiados han sido cambiados.

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