Caritas ayuda a los desplazados en el norte del Kurdistán iraquí

Por Romain de Vries, Director de Emergencias Internacionales, Secours Catholique

«A mi mujer, a mis hijos y a mí nos pararon en un retén. Nos tuvieron en una celda durante nueve meses. Ahí me torturaron a menudo».

Este hombre relata su historia como si fuera una pesadilla. Su voz suena cansada. Su rostro no muestra señales de odio, pero sus facciones son demacradas y sus ojos reflejan tristeza. Su expresión muestra la falta de entendimiento hacia un pueblo obligado a salir de la tierra en la que ha vivido durante más de 2.000 años.

«Tuvimos mucha suerte. Nos liberaron al pagar un rescate… porque aceptamos volvernos musulmanes».

Al ver nuestro asombro, se sintieron obligados a señalar, casi como excusa: «Realmente no nos volvimos musulmanes. Lo hicimos porque no teníamos otra opción… ¿Nos entienden?»

Hace 45°C en la sombra. Estamos en Zakho, al noroeste del Kurdistán iraquí, no muy lejos de las fronteras con Turquía y Siria. El Estado Islámico no ha llegado ahí… al menos no todavía. En una construcción en obras, cientos de yazidis se hacinan en albergues improvisados. Algunos de ellos sólo pudieron encontrar albergue en los sombríos sótanos de un edificio a medio construir, viviendo como fantasmas. Todos ellos provienen de un pueblo llamado Sinjar, de donde tuvieron que huir en el verano de 2014 cuando se enfrentaron a la locura mortífera de los fanáticos vestidos de negro. No saben nada de sus parientes y amigos que no pudieron salir a tiempo. Sin embargo, todos son conscientes de su suerte: los hombres degollados, matrimonio forzado y esclavitud para las mujeres y los niños.

IDPs in Iraq

Caritas Iraq ayuda a cristianos y yazidis desplazados en Dohuk. Foto por Dechamps/Caritas Bélgica

Caritas ha ayudado a estas personas desplazadas desde que llegaron a Zakho. Además de brindarles ayuda material (víveres, ayuda para alojamiento, kits de cocina y de higiene, cupones, atención médica), también se ofrece orientación psicológica, especialmente a niños, que reciben cuidados específicos y educación en escuelas improvisadas. Estas actividades, realizadas en condiciones muy difíciles por miembros de Caritas, algunos de quienes también han sido desplazados, son tan sólo un pequeño ejemplo de la excelente labor que la organización realiza a nombre de miles de civiles – principalmente cristianos y yazidis – en dondequiera que estén en Irak.

En Dohuk, al sur de Zakho, la situación es igualmente trágica. A primera vista, pareciera un pueblo pacífico en el Oriente Medio. Los negocios están abiertos, el tráfico es bulliciosos, los niños juegan en las calles y la encantadora luz oriental embellece las paredes blancas de las casas. Si uno se molesta en ver más de cerca, el entorno es notablemente menos romántico. Escondidas en todas partes, en iglesias, escuelas y sitios abandonados, hay familias que lo han perdido todo… todo excepto su dignidad y quizás la esperanza de volver algún día a sus hogares en la región de Mosul. Aunque esta esperanza se mantiene, en parte, gracias al apoyo que brinda Caritas, se reduce cada vez que llegan noticias de saqueos y ocupación de las casas que estas familias han tenido que dejar atrás. Y si se les pregunta si creen que volverán a ver algún día su tierra natal, miran al cielo con un silencio nostálgico.

Ya sea en Zakho, Dohuk o en cualquier otro lado, hasta ahora la mayoría de estos desplazados han podido recibir ayuda de Caritas y de otras organizaciones humanitarias e incluso de poblaciones vecinas que, a pesar del grado de indiferencia que existe muchas veces, también saben cómo mostrar amabilidad. Sin embargo, aunque es nuestro deber ayudar a nuestros hermanos y hermanas a sobrevivir, una responsabilidad aún mayor es hacerles posible vivir. Y vivir no significa comer, beber y lavarse. Vivir significa poder darle un futuro a sus hijos, practicar su religión, coexistir en paz con el prójimo e irse a la cama sin preocuparse demasiado por el día siguiente. Esto es lo que Caritas está tratando de ofrecerles a hombres, mujeres y niños a través de sus programas y sensibilizando a las comunidades anfitrionas. No obstante, mientras el resto del mundo se conforme con una movilización cosmética con respecto al drama que se está desenvolviendo en el Oriente Medio, la vida diaria de estas almas errantes será, ante todo, trágica.

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