Una infancia en la calle

By Chiara Brunelli, Caritas Italiana in Djibouti

“Caritas est chez nous”

“Caritas es nuestro hogar”, eso es lo que me dijo un pequeño grupo de niños una mañana de un cálido enero, en Yibuti. Digo “cálido” aunque, como en Europa, enero forma parte de la estación más fresca del país. Lástima que “fresco”, para ellos, significa entre 28 y 30 grados al sol. Estamos en uno de los países más calurosos del mundo, en la región costera del Cuerno de África. Yibuti es un país pequeño, del que muchos ni siquiera han oído hablar, mientras que en realidad es impresionante su importancia estratégica, por eso es destino de oleadas de inmigrantes, procedentes de los países vecinos, sobre todo Somalia y Etiopía. Es la vieja historia: también se llega a Yibuti escapando de décadas de guerra y mucha pobreza, con la esperanza de encontrar una vida más fácil en un país que es un poco mejor, respecto a sus vecinos, por la presencia de numerosas personas y organizaciones de todo el mundo, en particular militares y personal de la ONU. Por lo tanto, es más fácil conseguir algo de dinero medicando o prestando pequeños servicios, como limpiar zapatos o lavar coches.

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Foto por Van Wyuytswinkel/Caritas

Entre los muchos inmigrantes, los hay de todas las edades. Caritas Yibuti se ocupa de algunos que tienen entre 6 y 17 años, aunque es difícil establecer una edad, porque no tienen documentos que lo demuestran. Huyen por las mismas razones que los adultos, o porque son los últimos de una familia numerosa, sin medios para cuidar de ellos también. Así es la realidad del Centro diurno de Caritas, para niños de la calle: cada día, a las 8 de la mañana, unos ochenta de estos niños llegan para ser recibidos en un pequeño espacio que ofrece a los huéspedes comida, la posibilidad de lavarse y lavar la ropa, una pequeña enfermería y algunas actividades especificas para ellos, como clases de alfabetización, bricolaje, deportes, costura, etc. Los niños están generalmente sanos, aparte alguna enfermedad curable común en África, que padecen algunos de ellos, incluyendo infecciones de la piel. En los casos graves, los niños son ingresados en un hospital concertado con Caritas. Algunos vienen de manera constante y otros menos, pero los registrados (que han pasado más de una vez por Caritas) son casi 450 niños, que viven en la calle, en la playa, frente a un supermercado o un restaurante. Niños indocumentados y, por tanto, con pocas posibilidades de formar parte plenamente de la sociedad. Son niños que han nacido en Yibuti, de padres yibutianos o extranjeros, o que llegaron a Yibuti procedentes de Etiopía y Somalia. Son niños que crecieron demasiado rápido, pero que siguen siendo niños, mientras que su condición les obliga a valerse por sí mismos, para encontrar una manera de ganar algo de dinero (los famosos 20 a 30 céntimos de dólar al día que ellos confían a los cooperantes, para su custodia, mientras están en el centro) y un sistema para sobrevivir. Cuando llegan a Caritas, resurge su espíritu infantil, el juego sigue siendo una prioridad, así como buscar el afecto o el apoyo humano.

Trabajar en el Centro de Caritas es a la vez impresionante y fascinante. Impresiona conocer la historia de cada niño y adolescente que vive en la calle y es fascinante descubrir cómo consiguen sobrevivir y crecer como todos sus coetáneos. Es sorprendente ver la cantidad claramente mayor de niños que de niñas. Y eso es debido a varios factores, el principal de ellos que las chicas, a menudo, se quedan en casa para ayudar con las tareas domésticas y, por lo tanto, no las dejan partir tan fácilmente como a los varones. También sucede, lamentablemente, que las niñas que viven en la calle a veces son detenidas por la policía, para que limpien sus oficinas y luego las ponen en libertad pocas horas después.

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Foto por Van Wyuytswinkel/Caritas

También hay casos como el del pequeño Khalifa, que salió ingenuamente de Etiopía a sólo 8 años, junto con otros amigos y se encontró en un mundo que no siente suyo y en el que no quiere vivir. Se fue porque otros amigos le convencieron a dejar su casa para buscar aventura, sin reflexionar demasiado en una opción de adulto. Tal vez esperaba algo diferente, quizás pensó que sería más fácil retornar a casa. Caritas ha empezado a trabajar también en casos como éste pero, por desgracia, no es fácil tampoco hacer que los niños retornen al lugar de dónde salieron, porque es necesario un largo proceso de acompañamiento y reintegración en las familias de origen. Lo que sí conseguimos realizar es integrar a un gran número de niños en un programa escolar y a un pequeño grupo de adolescentes en una escuela de formación profesional para aprender un oficio. Sin embargo, todos estos niños siguen siendo clandestinos.

Caritas Yibuti es el único organismo del país que se hace cargo de estos niños, un fenómeno en constante crecimiento y que no puede pasar desapercibido. El trabajo que realiza Caritas es de gran ayuda, pero es necesario resolver los problemas subyacentes en esta situación, porque la realidad no se puede ocultar y hay que abordarla a nivel nacional, pero no sólo. La cuestión más apremiante, en mi opinión, es la documentación que no existe para demasiados niños. No tener una identidad equivale oficialmente, por desgracia, a no tener un lugar en la sociedad, independientemente de que sea el país propio o uno anfitrión. La cuestión no hay que abordarla únicamente desde Yibuti, hay que compartir el deseo común y la voluntad de los demás países involucrados, en este caso, muy cerca geográficamente. Asegurar un futuro digno para aquellos que tienen el coraje de tratar de construírselo debe ser una prioridad de todos los países. De manera que “casa propia” no sólo sea el centro en el que pasar pocas horas al día, sino toda la sociedad en la que se vive.

Caritas Internationalis

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