Fe y religión en la labor humanitaria

Desgraciadamente, las catástrofes son algo muy frecuente en Filipinas, mi país. El coste es enorme en términos de vidas humanas perdidas, medios de subsistencia destrozados, infraestructuras destruidas y sueños rotos. Pero aún así, lo que estas comunidades tienen en abundancia es fe y esperanza. Estas virtudes son las que conducen a estas personas a reconstruir sus vidas y comunidades desde los escombros.

No hay ni que decir que el amor que sienten por sus familias es lo que las mueve a creer y tener esperanza. Cuentan con el apoyo de la sociedad civil local, incluidas las organizaciones confesionales, entre las cuales Caritas juega un papel principal. Juntas, estas organizaciones locales desempeñan un papel clave en la respuesta humanitaria ante el caos generado tanto por los desastres naturales como por aquellos provocados por la mano del hombre.

Fotografía: Val Morgan/SCIAF

Fotografía: Val Morgan/SCIAF

Estas organizaciones viven y trabajan sobre el terreno. Son una parte vital de las comunidades: se encuentran en la zona antes de que esta se vea sacudida por cualquier catástrofe y también permanecen mucho tiempo allí una vez pasada la emergencia. Sufren con aquellos que sufren. Por este motivo, poseen una riqueza de conocimientos y una gran sabiduría que nacen de la fe, la esperanza y la empatía. Entienden la cultura, la cual juega un papel crucial en cualquier esfuerzo de recuperación.

Sin embargo, cabe destacar que el actual sistema de donantes para labores humanitarias, presente incluso en algunos organismos de la ONU, no logra, con demasiada frecuencia, reconocer estas organizaciones o implicarlas, incluidas las instituciones confesionales. Estos organismos tienden a dirigir la respuesta humanitaria desde arriba, en lugar de valorar la experiencia y la práctica de aquellos que ya viven y trabajan en las comunidades.

Se ha comprobado que esta forma de trabajar desde arriba hacia abajo no es ni eficiente ni efectiva y no da la debida consideración a las comunidades que están siendo atendidas. Muchas organizaciones confesionales proponen una visión global en la que se apoye a las personas, especialmente a aquellas que pasan necesidad, para que lleguen a convertirse en “dignos agentes de su propio destino” y sean reconocidos como agentes de la transformación de la sociedad, en lugar de como meros beneficiarios de la caridad de otros.

La Cumbre Mundial Humanitaria es una oportunidad para abordar este problema. Necesitamos mejorar la cooperación en el ámbito humanitario ofreciendo apoyo a las organizaciones nacionales y locales para que puedan encabezar la respuesta humanitaria utilizando su experiencia comunitaria y su sabiduría, en vez de operar conforme a un modelo general único.

Tenemos que mejorar la cooperación y coordinación, asegurándonos de que los recursos se encuentren disponibles a nivel local. La organización Charter4Change se ha propuesto como meta que para 2018 se haga llegar el 20 por ciento de la financiación humanitaria de los signatarios a las ONG del sur, así como que a las ONG se les conceda acceso directo a los donantes. Este es el mínimo indispensable. Hay que poner el listón mucho más alto. En Caritas, estamos a un nivel de casi el 100%, pues organizar comunidades y trabajar con ellas son nuestra idea y nuestro objetivo.

La experiencia de Caritas confirma que las instituciones locales son las que ofrecen amplias redes de infraestructuras esenciales que funcionan como medios de refugio, cuidado y educación para la población afectada. Las parroquias, los templos de la localidad y las pequeñas comunidades cristianas son ejemplo de ello. Nuestra experiencia nos ha enseñado que muchos supervivientes de los desastres requieren de primeros auxilios emocionales y espirituales, pues necesitan de suministros de socorro. Es necesario que invirtamos en estas redes y las reforcemos, de manera que puedan resistir a las crisis. No son simplemente complementarias o paralelas a los servicios o administraciones públicas, que a menudo se encuentran sobrepasadas en sus capacidades.

Los donantes deberían destinar sus recursos cada vez más a estas iniciativas locales que promueven la actuación a nivel local. Necesitamos colaboraciones duraderas y multisectoriales que preparen a las comunidades para las catástrofes y las ayuden a recuperarse. Ya hemos comprobado lo que supone la utilización efectiva de la tecnología, la comunicación social y la asistencia económica de las organizaciones confesionales locales. El uso apropiado de la innovación debe poner siempre a las personas afectadas en el centro de nuestra acción.

El sistema debe estar dispuesto a invertir en la construcción de las capacidades de estas organizaciones locales a largo plazo. La formación adecuada y el desarrollo de infraestructuras y sistemas pueden reforzar la credibilidad y eficacia de las mismas.

El tipo de colaboración de la que hablo ya existe y se está abriendo camino en algunos lugares. Por ejemplo, en los países afectados por el ébola, Caritas ha trabajado con la OMS en la realización de planes para llevar a cabo entierros dignos y de forma segura, ofreciendo una perspectiva religiosa.

El año pasado vimos el compromiso por llevar a cabo un cambio profundo y duradero con la adopción, en París, de un nuevo acuerdo mundial sobre el clima y con la presentación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible en Nueva York, iniciativas ambas que precisan de la participación activa de las comunidades locales. No podemos ignorar el papel que juega la fe en la justicia ecológica y en el desarrollo humano integral.

Este año, la Cumbre Mundial Humanitaria nos brinda la oportunidad de transformar las estructuras de poder y control en el actual sistema humanitario y de hacer que las organizaciones locales puedan ejercer su derecho a sentarse a la mesa.

El Papa Benedicto XVI dijo lo siguiente durante su viaje al Reino Unido: “Donde hay vidas humanas de por medio, el tiempo es siempre limitado: el mundo ha sido también testigo de los ingentes recursos que los gobiernos pueden emplear en el rescate de instituciones financieras consideradas ʻdemasiado grandes para que fracasenʼ. Desde luego, el desarrollo humano integral de los pueblos del mundo no es menos importante. He aquí una empresa digna de la atención mundial, que es en verdad ʻdemasiado grande para que fracaseʼ.”